¿Es racional y democrático el plebiscito sobre la Nueva Constitución?

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Gonzalo Carrasco Astudillo

LL.M Magíster en Derecho UC

En general, la izquierda y ciertos sectores laxos de derecha tienden a ver en los mecanismos de participación democrática directa y especialmente en la figura del plebiscito, una herramienta considerada como expresión de máxima democratización, por cuanto en éste es el ciudadano quien vota favorablemente o no a una determinada opción. Que sea el pueblo quien escoja, que la ciudadanía sea escuchada: son los básicos argumentos para sostener su defensa.

Sin embargo, la afirmación de que el plebiscito es la expresión máxima de una decisión democrática, ya que ha sido oído el pueblo y la voz ciudadana es falsa y equivocada, o a lo menos, no cumple con los elementos necesarios para tomar decisiones razonablemente orientadas al bien común y al progreso, así como tampoco son necesariamente democráticas.

En primer lugar, uno de los más graves problemas que conlleva el plebiscito y otros mecanismos de participación directa es que el ciudadano normal no es capaz de tomar decisiones efectivamente racionales sobre aquellos problemas que son de complejidad extrema por su especialización. En efecto, si trasladamos esto a una Constitución Política, vemos que la compleja división de pesos y contra pesos de poderes políticos, la división de funciones entre sus distintos organismos y la difícil regulación en materia de derechos, tratados internacionales, materias que quedan sujetas a rango legal, plazos, recursos que impugnan decisiones de la autoridad, requisitos para obtener la nacionalidad, fundamentos que fijan el presupuesto financiero anual con una posterior ley, etc. son tan densos que resulta imposible entregar aquella decisión a un lego, al menos si pretendemos una decisión racional.

En segundo lugar, debilita el poder y las funciones de los representantes democráticamente electos, los cuales se transforman en meros operadores de campaña política que terminan por orientar todos sus esfuerzos a estrategias publicitarias hacia un apruebo o un rechazo, lo que tiene como efecto que su labor representativa en el orden institucional pierda sentido y eventualmente pueda influir hacia un abandono de deberes. Esto se proyecta con mayor evidencia si, en el caso del plebiscito chileno de la nueva Constitución, gana la opción apruebo con Convención Mixta, por cuanto el Congreso virará su acción por dos años solo a este proceso constitucional, dejando de lado sus funciones legislativas.

En tercer lugar, el plebiscito tiende a generarse en un marco de aislamiento sin que exista la posibilidad de poder discutir en grupos institucionales formales que aseguren un debate entre los ciudadanos que tomaran la decisión. Es cierto que se pueden originar cabildos o grupos de conversación “autoconvocados”, pero aquello está lejos de que toda la población con capacidad electoral participe de ellos. Por mucho que se vean grupos de conversación en parques, plazas, instituciones culturales o inclusive Iglesias, como sugirió Monseñor Aós, aquello constituye solo una ínfima parte del electorado total. Es decir, se vota sin debate, elemento central de la democracia.

Lo anterior lleva a la cuarta razón por la cual un plebiscito no asegura una decisión racional y democrática, y es que el plebiscito se juega en una cancha de suma cero, en virtud del cual la mayoría lo gana todo y la minoría lo pierde todo. En efecto, o se gana o se pierde respecto a la opción escogida. Esto colisiona radicalmente con la democracia y la idea de consenso, por cuanto excluye toda posibilidad de alcanzar acuerdos medios mediante concesiones al problema presentado. El todo o nada, el ganador y perdedor en estas opciones, genera una alta polarización social, lo que conlleva al grave riesgo de que la mayoría circunstancial actúe tiránicamente sobre la minoría, que dicho sea de paso, puede ser de un 49%.

En consecuencia, tal como señala Higley y McAllister, “en las sociedades complejas, la participación deliberativa es extremadamente inverosímil para todos aquellos a los que afecta la decisión colectiva, o incluso es manipulada por las elites políticas”. Además, puede transformarse en un mecanismo de amenaza para la acción de siguientes gobiernos.

Un mecanismo plebiscitario no transforma un régimen político en democrático. Solo cabe pensar en que el Régimen Militar chileno realizó más plebiscitos que cualquier gobierno de Michel Bachelet, por tanto ¿es factible afirmar que el Régimen Militar fue más “democrático” que los de Michel Bachelet? De esta manera, nadie sensato puede afirmar que la historia de los plebiscitos es la historia de la democracia. Más bien, la historia plebiscitaria tiende a ser aquella en que una mayoría con intereses corporativistas y sectoriales aplasta a una minoría importante del país. Esta es la razón por la cual Nicolas Maduro es el top one de los plebiscitos, sin que nadie razonable pueda afirmar que es el top one de la democracia.

Martes 28 de enero de 2020

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