Empresa y Estado

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Lucía Santa Cruz

La calidad de la vida cotidiana de los chilenos se ha beneficiado con el auge de un sistema económico que reconoce y valora la contribución de la iniciativa privada al desarrollo de la economía y de la sociedad. Esto ha llevado al surgimiento de un número creciente de empresas modernas, competitivas y cada vez más sofisticadas. Gracias a ello, cuando despierto, prendo la luz, porque una empresa privada generó electricidad y otra me la distribuyó. Luego, compañías de agua potable y de gas me permiten una ducha caliente. Reviso mi teléfono y accedo a toda clase de servicios, por obra de una empresa de telecomunicación que compite con otras. Tomo desayuno con productos que pido por internet y que me traen a la casa. Almuerzo productos provenientes de cualquier parte del mundo y si se trata de tomar vino, puedo elegir entre cientos de opciones de cepas, calidad y precio. Viajo por carreteras construidas como resultado de concesiones a empresas privadas. Voy al médico y pago solo una fracción de su costo por pertenecer voluntariamente a una isapre, que me garantiza hospitalización gratuita en caso de emergencias graves.

Reviso mi cuenta de AFP y constato que el 75% de mi fondo acumulado lo debo no al monto de mis imposiciones, sino a la rentabilidad promedio real de 8% anual que mi AFP ha sido capaz de generar haciendo buenas inversiones por mí, lo cual representa, obviamente, utilidades mucho más altas que las que habría obtenido ahorrando en el BancoEstado. Hago todos mis pagos y transferencias y otros trámites bancarios desde la comodidad de mi casa, porque la industria bancaria chilena es una de las más avanzadas e invierte permanentemente en tecnología de punta. Formo parte de una universidad privada de reconocida y creciente calidad; ella, junto a muchas otras, ha permitido la expansión vertiginosa de la educación superior, formando a alumnos que en un 70% pertenecen a la primera generación en acceder a estos niveles educacionales. Y así, sucesivamente, a través de todo el día sé que mi vida, y en igual o menor grado la de todos, es más fácil, más confortable, con más tiempo libre que cuando la economía era prácticamente estatal y el sector privado vivía asfixiado. Al mismo tiempo, le debo relativamente poco al Estado, el cual no ha sido capaz de cumplir las funciones que le competen, pues, como tantos, he sido víctima de la delincuencia en tres ocasiones y estoy rodeada de personas que no han podido desarrollar sus talentos por falta de una educación pública de calidad.

Pues bien, ¿cómo explicar, entonces, que frente al desastroso e irresponsable fracaso de Essal en Osorno, la primera reacción haya sido clamar por la estatización de toda el agua potable?

Hay una respuesta obvia, pero también fácil y estéril, que atribuye todo el desprestigio empresarial a la existencia de una izquierda estatista, la cual sigue pensando que los medios de producción deben pertenecer al Estado. Eso es así, incluso en la nueva y joven izquierda, supuestamente progresista, pero que no ha sido capaz de ofrecer ni una idea nueva para el siglo XXI que vaya más allá de la reiteración de los mismos dogmas de los años sesenta. Nada de eso puede ser cambiado por la empresa. Lo que sí puede hacer es renovar sus propios paradigmas y leer correctamente los signos del nuevo Chile, que surgió como resultado de su propio éxito. Está frente a una población mucho más educada y consciente de sus propios derechos, que exige respeto y ser tratada como un par, y que espera que las empresas entreguen de verdad los servicios que prometen, que compitan por precio y calidad, y no con trabas, dilaciones y a veces incluso engaños. ¿Es posible que, habiendo yo contratado un servicio por teléfono, para cancelarlo me exijan que asista personalmente a una oficina en Maipú, o bien envíe certificado médico y permiso notarial? Y si yo he experimentado —y en reiteradas ocasiones— ira y frustración, ¿qué se puede esperar de los demás?

https://www.elmercurio.com/blogs/2019/08/02/71341/Empresa-y-Estado.aspx

 

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