El perro del hortelano

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Veintiséis personas tienen la misma riqueza que aquella del 50 por ciento más pobre de la población mundial (Oxfam, 2019). Es más, tal desigualdad ha aumentado, al menos desde los años 1980. Es entonces tentador proponer redistribuir directamente una parte de las grandes riquezas para mejorar el estándar de vida de los más pobres. Esta receta es bien intencionada, pero profundamente errada, dado que no considera lo que sucede con los incentivos para emprender, para invertir y para trabajar.

Para analizar la situación debemos primero preguntarnos cuál es el objetivo último de las políticas públicas. La respuesta dependerá de las preferencias sociales. Acá supondré que es de justicia que todos los habitantes tengan al menos los ingresos monetarios necesarios para realizarse plenamente. Esto implica erradicar la pobreza, pero no necesariamente igualar los ingresos y/o la riqueza.

Si entonces nos enfocamos en la pobreza, observamos que ella se ha reducido vertiginosamente desde los años ‘80, como resultado de altas tasas de crecimiento económico. A nivel global se estima que a lo largo de los siglos, y hasta 1980, la pobreza extrema solo se redujo al 40 por ciento de la población; en cambio, en los últimos 40 años, lo hizo a menos del 10 por ciento de la misma (Our World in Data). Es decir, en este último breve lapso, más de mil millones de personas dejaron de ser extremadamente pobres, un resultado espectacular.

Pues bien, las altas tasas de crecimiento económico que hicieron posible lo último se explican principalmente por la globalización y la marcada liberalización económica. La primera se inició después de la Segunda Guerra Mundial, y permitió la especialización y el aprovechamiento de economías de escala. La segunda se realizó -a partir de los años ‘70- en gran parte del mundo, pero muy especialmente en Asia (China e India). Ambas generaron los incentivos adecuados para un acelerado crecimiento económico global. Sin embargo, estos fenómenos y el rápido desarrollo tecnológico que los acompañó también se tradujeron en el alto grado de concentración de la riqueza que se observa actualmente.

Es decir, el mismo crecimiento económico que ha permitido la sensacional reducción de la extrema pobreza global, ha tenido como consecuencia un marcado aumento de la concentración de la riqueza. Se trata de una externalidad indeseada del sistema socioeconómico imperante que, sin embargo y mientras no afecte significativamente al proceso democrático,no nos debiera inducir a adoptar políticas públicas redistributivas que le hagan perder su efectividad. Extremar la adopción de este tipo de medidas sería actuar como el perro del hortelano, que no come ni deja comer.

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