El papa Francisco y el destino eterno de las almas

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La finalidad de la Iglesia es la gloria de Dios y la salvación de las almas. ¿Salvarlas de qué? De la condenación eterna, que es el destino que aguarda a los hombres que mueren en pecado mortal. Nuestro Señor ofrendó su Pasión redentora por la salvación de la humanidad.

La virgen lo recordó en Fátima: el primer secreto que comunicó a los pastorcillos aquel 13 de julio de 1917 se inicia con la terrorífica visión del mar llameante del infierno. Escribe Sor Lucía que, de no haber sido por la promesa que les había hecho de llevarlos al Cielo, los videntes habrían muerto de la emoción y de miedo.

Las palabras de Nuestra Señora son tristes y graves: «Habéis visto el infierno, donde van a parar las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado». Un año antes, el Ángel de Fátima les había enseñado esta oración a los pastorcitos: «Jesús mío, perdona nuestras faltas. Líbranos del fuego del infierno. Lleva al Cielo a todas las almas, sobre todo a las más necesitadas de tu misericordia.»

Jesús habla en repetidas ocasiones de la Gehenna o fuego inextinguible (Mt. 5,22; 13,42; Mc. 9, 43-49), reservado para quienes persisten hasta el fin de su vida en el rechazo a la conversión. El primer fuego, el espiritual, consiste en estar privados de la posesión de Dios. Es la más terrible de las penas, la que constituye en esencia el infierno, porque la muerte deshace como por encanto los lazos del alma, que anhela vivamente volver a unirse a Dios, pero le es imposible si ha escogido libremente separarse de Él con el pecado.

La segunda es una pena misteriosa por la que el alma padece un fuego real, no metafórico, que acompaña inextinguible al de la pérdida de Dios. Y como el alma es inmortal, la pena debida al pecado mortal del que el pecador no se ha arrepentido dura lo mismo que la vida del alma: para siempre, por la eternidad. Esta doctrina fue definida por el IV Concilio de Letrán, el II de Lyón, el de Florencia y el de Trento.

En la constitución Benedictus Deus del 29 de enero de 1336, mediante la cual condena los errores de su predecesor Juan XXII sobre la visión beatífica, Benedicto XII afirmó: «Definimos que, según la común ordenación de Dios, as almas que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno, donde son atormentadas con penas infernales. (Denz. 531)

El pasado 29 de marzo, Jueves Santo, apareció en el diario italiano La Repubblica una entrevista al papa Francisco. Su ya acostumbrado interlocutor, Eugenio Scalfari, le preguntó: «Santidad, usted nunca me ha hablado de las almas que mueren en pecado y van al infierno para pagar por la eternidad. Me ha hablado, en cambio, de las almas buenas admitidas a la contemplación de Dios. ¿Y las almas malas? ¿Dónde son castigadas?»

A lo que el papa Francisco responde con estas palabras: «No son castigadas. Los que se arrepienten obtienen el perdón de Dios y se unen a las almas de los que lo contemplan, pero los que no se arrepienten y no pueden por tanto ser perdonados, desaparecen. No existe un infierno; existe la desaparición de las almas pecadoras.»

Estas palabras, tal como suenan, constituyen herejía. Ya empezaba a difundirse el rumor, cuando la Sala de Prensa vaticana intervino con un comunicado en que se lee: «El Santo Padre ha recibido recientemente al fundador del diario La Repubblica en un encuentro privado con ocasión de la Semana Santa, pero sin dar ninguna entrevista. Lo que publica hoy en el artículo su autor es el resultado de su reconstrucción, en la que no se reproducen las palabras exactas pronunciadas por el Papa. Por tanto, ninguna cita del mencionado artículo puede considerarse una transcripción fiel de las palabras del Santo Padre.»

Así pues, no se ha tratado de una entrevista, sino de una conversación privada que el Papa sabía muy bien que se convertiría en entrevista, porque ya había sucedido lo mismo en las cuatro entrevistas previas de Scalfari. Y si, a pesar de la polémica suscitada por las entrevistas precedentes con el periodista de La Repubblica, sigue considerándolo su interlocutor preferido, eso quiere decir que el Sumo Pontífice pretende ejercer por medio de esos coloquios una especie de magisterio mediático con consecuencias inevitables.

Ninguna frase –dice la Santa Sede–  debe considerarse una transcripción fiel, pero no se ha desmentido ningún contenido de la entrevista, de modo que no tenemos forma de saber si en algún momento se ha distorsionado el pensamiento bergogliano. En sus cinco años de pontificado, Francisco no ha hablado una sola vez del infierno como pena eterna para las almas que mueren en pecado. Para dejar claro su pensamiento, el Papa, o la Santa Sede, deberían reafirmar públicamente la doctrina católica en todos los puntos de la entrevista en que ésta ha sido negada.

Desgraciadamente, no lo han hecho, y da la impresión de que lo afirmado por La Repubblica no sea un bulo periodístico, sino una iniciativa deliberada destinada a aumentar la confusión entre los fieles. La tesis según la cual la vida eterna estaría reservada a las almas de los justos mientras que las de los malos desaparecerían es una herejía antigua que no sólo niega la existencia del infierno, sino también la inmortalidad del alma, definida como verdad de fe por el V Concilio de Letrán (Denz. 738).

Tan extravagante opinión fue expresada por los socinianos, los protestantes liberales, algunas sectas de corte adventista y, en Italia, por el pastor valdense Ugo Janni (1865-1938), teórico del pancristianismo y gran maestro masón de la logia Mazzini de Sanremo. Para dichos autores, la inmortalidad es un privilegio que Dios sólo concede a las almas de los justos.

La suerte de las que se obstinan en el pecado no sería una pena eterna, sino la pérdida total del ser. Esta doctrina es conocida también como inmortalidad facultativa condicionalismo, porque considera que la inmortalidad está condicionada por la conducta moral. El fin de la vida virtuosa es la perpetuidad del ser; el de la culpable, la autoaniquilación.

El condicionalismo casa con el evolucionismo porque sostiene que la inmortalidad es una conquista del alma, en una especie de ascensión humana, análoga a selección natural, que permite a los organismos inferiores transformarse en superiores. Nos encontramos ante un concepto al menos implícitamente materialista, porque la razón de la inmortalidad del alma es su espiritualidad: lo espiritual no puede disolverse, y quien afirma la posibilidad de dicha descomposición atribuye una naturaleza material al alma.

Una sustancia simple y espiritual como el alma no podría perderla sino por intervención de Dios, pero esto lo niegan los condicionistas, porque significaría admitir las sanciones de un Dios justo que premia y castiga en el tiempo y en la eternidad. Su concepto de un Dios sólo misericordioso atribuye por el contrario a la voluntad del hombre la facultad de autodeterminarse, escogiendo entre convertirse en una chispa que se disuelve en el fuego divino o extinguirse en la nada absoluta.

Las únicas opciones que le quedan al hombre en esta cosmología que no tiene nada que ver con la fe católica ni con el sentido común son el panteísmo y el nihilismo. Y para un ateo, de por sí convencido de que después de la muerte no hay nada, el condicionalismo elimina toda posibilidad de conversión, la cual procede del timor Domini: el temor del Señor, principio de toda sabiduría (Salmo 110, 10), a cuyo juicio nadie escapará. Solamente creyendo en la infalible justicia de Dios podremos abandonarnos a su inmensa misericordia.

Nunca como ahora ha sido más necesaria la predicación del destino último de las almas, que la Iglesia resume en los cuatro novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria. La Virgen misma lo recordó en Fátima, previendo la deserción de los pastores de la Iglesia, pero garantizándonos que nunca nos faltará la asistencia del Cielo.

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