El gobierno de Chávez

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Luis Ugalde, s.j.

Según las encuestas y análi­sis sencillos, hay alta pro­babilidad de que Chávez gane las elecciones y poca de que pueda hacer un buen go­bierno; lo que significa una espe­cie de suicidio colectivo. Cual­quier persona sensata, sea chavis­ta o no, debe evitar esta fatal combinación y trabajar para cam­biarla democráticamente antes de que sea tarde.

El país necesita un cambio serio y profundo y no puede perder una oportunidad más. Hace 15 años empezó a enviar señales de alarma que fueron en incremento: cre­ciente abstención electoral, esta­llido social de Caracas, intentos de golpe militar, destitución del Pre­sidente, triunfo de un candidato presentado como antipartido… Pero los cambios han sido pocos, el deterioro avanza y la pobreza e incapacidad de enrumbar al país se profundizan. La situación no está para simplismos y cualquier futuro positivo pasa por la rápida recuperación de los equilibrios macroeconómicos, incremento de inversión (en gran parte extranje­ra) y empleo, para que el malestar social y la pobreza no sigan aumentando. Sin esta base poco se puede construir. La emoción y la racionalidad deben darse la mano y no excluirse.

Chávez con su «basta ya» anti­constitucional y armado tuvo la cualidad de encarnar simbólica­mente la espada vengadora contra todo lo malo de la política partidis­ta de medio siglo. Además tuvo el acierto de fracasar militarmente en ese golpe que hubiera parido un gran desastre nacional.

Desde entonces han pasado 5 largos años y el comandante tiene alta probabilidad de triunfo por la vía electoral. Pero permanecen las incógnitas que deben preocupar al país: ¿significa esto acabar con todo lo bueno que tiene la demo­cracia como sistema?, ¿hay alguna probabilidad de que el cambio que traerían los chavistas sea mejor que lo que tenemos?, ¿hay alguna otra posibilidad sobre el tapete electoral de mayor garantía de cambio positivo y efectivo?

Muchos se equivocan pensando, como el taxista de Puerto La Cruz, que nos justificaba su voto por Chávez «porque esto no puede estar peor». Lamentablemente po­demos estar mucho peor y probablemente hacia allá vamos si no hay una rápida recuperación de la sensatez.

De aquí a febrero de 1999 hay tiempo abundante para empeorar las cosas para Venezuela en el panorama internacional, latino­americano y nacional y se reduce el tiempo que requiere la creación de un clima positivo de gobernabi­lidad democrática que permita crear las condiciones para los difíciles cambios que necesita­mos. No hay mucho lugar para sueños gloriosos, ni constituyen­tes fundamentalistas que hagan nacer todo de nuevo y libre de pecado original.

No es que el Movimiento V República signifique la revolu­ción socialista a la cubana, pues la gente del núcleo de Chávez es anticomunista de toda la vida, excepto unos cuantos. Lo temible es esa incoherente y confusa «ga­lleta» mental que lleva camino de ahogar las buenas intenciones de cambio en una espantosa incapa­cidad. No soy de los que votaron por el Gobierno actual, pero, por desgracia, no veo ninguna razón objetiva para pensar que el equipo chavista viene con mejor brújula, más capacidad y más honestidad.

La Constituyente es un recurso electoral y para algunos chavistas (no para todos) un truco para establecer el autoritarismo. En el mejor de los casos una Constitu­yente democrática no dará frutos antes de enero del 2000 y para entonces han podido fracasar y caer, no uno, sino dos gobiernos. Con todo, es buena la discusión que se ha abierto con expertos sobre esto para precisar el modo democrático de hacerlo y no espe­rar resultados ejecutivos de una asamblea deliberante ni desviar la atención de las verdaderas ur­gencias.

No nos interesa Chávez como candidato, ni sus vagas ideas boli­varianas, ni sus citas bíblicas, ni los espejismos de poderes morales imposibles y autoritarios. Nos inte­resa su eventual gobierno en los dos primeros meses y el clima que, chavistas y antichavistas, van a crear de hoy a febrero.

Mirando desde el éxito del próxi­mo gobierno, «por ahora» vamos muy mal.

Más bien en estos meses se van desarrollando en ciertos ambien­tes tendencias a defender sus razo­nes (unos y otros) por la fuerza. No nos olvidemos de que todas las dictaduras, del signo que sean, se legitiman como salvadores de la patria, y son parte de la misma siembra fundamentalista y con­cepción política que elimina al contrario y que es totalmente opuesto a la mentalidad democrá­tica. En contraste me impresiona El Salvador que, después de una larga guerra con decenas de miles de muertos, fue a las elecciones y las partes enfrentadas pacífica­mente reconocieron el triunfo mí­nimo de unos y la legítima oposi­ción de los otros. Seguramente porque llevan en carne propia el costo de la guerra; pero nosotros no la hemos visto desde 1902.

Quienes quieran evitar el triun­fo del comandante, no tienen otro camino que persuadir democráticamente a la población de la inca­pacidad del Polo Patriótico de hacer buen gobierno y la propia voluntad y talento para hacer el cambio que Venezuela necesita de urgencia. Para quienes desean el triunfo de Chávez, quedan pocos días para demostrar que sí pueden hacer un buen gobierno en demo­cracia, crear un clima nacional e internacional positivo desde aho­ra, enterarse bien de por qué otros de buena intención fracasaron y dejar a un lado los fuegos artificia­les bolivarianos o zamoristas y el infantilismo de pensar que la patria nace con ellos. Es lo menos que el país puede pedir a quienes preten­den dirigirnos en esta coyuntura tan difícil. Lo que decimos del probable triunfo de Chávez, tam­bién es exigible -con matices dis­tintos- a los otros que pretenden la Presidencia, pero hay que exigir más al que tiene más probabilida­des y suscita más esperanza y más miedos y reacciones.

Los disparates ocurren más por omisión de unos e incapacidad de otros, que por mala intención; pero ocurren. Hace falta la sensa­tez y el realismo de la mayoría que crean el clima de diálogo, de nego­ciación y de cambio concertado y para eso hay que trabajar desde ahora. Mañana será demasiado tarde.

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