El dique de papel secante

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Conocí, en los remotos tiempos de mi infancia, mucha gente respetable. Este último adjetivo era entonces como una especie de rótulo que las señoras de todas las edades y los hombres de más de cincuenta años, usaban en la frente. No siempre con el debido merecimiento, por cierto. Pero, en fin, lo usaban.

¿Habría hipocresía al usar este rótulo, cuando no era merecido? Sin duda alguna. No sé, sin embargo, si en esta materia es peor la hipocresía. A esta última, el Evangelio la estigmatiza con insistencia e indignación. Lo que equivale a decir que ella es un gran mal. No necesariamente el peor de los males. Un escrito francés, no recuerdo bien cual (*), afirmó que la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud. Al pensamiento no le falta “finesse”.

Hoy las cosas han cambiado. Son incontables los ambientes en que la respetabilidad es un adorno tan viejo, como una peluca empolvada o un sombrero de tres picos. Casi sólo se jactan de usarla los que están muy, pero muy desacreditados. El pobre adorno de antes sirve entonces sólo para engañar.

Sin embargo, hace cincuenta o sesenta años, la respetabilidad aún formaba parte de la moda. Y, como iba diciendo, conocí, en una parlanchina mezcla de auténticas e inauténticas, a muchas personas respetables.

A primera vista, la grey de los respetables me atrajo. Parecía refractaria a las estridencias vulgares del “jazz”, a la destemplanza que Hollywood esparcía por el mundo, etcétera. Fijé, pues, en ellos mi atención. ¿Qué pensaban? ¿Cómo encaraban el mundo nuevo de “après-guerre”? ¿Qué método usaban para contener la marea montante de no respetabilidad, de la vulgaridad? Me di cuenta entonces de que, abstracción hecha de las honrosas excepciones de rigor, los respetables eran fundamentalmente personas rutinarias que se sentían instalados en situaciones envanecedoras en un mundo harto, lento y cómodo. En consecuencia, no tenían ningún interés en cambiar nada. Y tampoco querían actuar para evitar que nada cambiara.

Entre ellos y los que formaban la nueva ola de aquellos viejos tiempos, había un mutuo acuerdo: los de la nueva ola no los escarnecían, no los incomodaban; simplemente hacían una reverencia ante su respetabilidad y seguían adelante. Los respetables, por su parte, dejaban que los de la nueva ola hicieran lo que mejor les pareciera. Cuando mucho, movían la cabeza y murmuraban algo. A veces, incluso, los respetables sonreían de un modo discreto. Recuerdo, por ejemplo, el caso de una señora muy respetable, que sonreía contando a sus íntimos la “última”

de un hijo suyo, poco respetable y muy holgazán. Salía ella de casa, a las primeras horas de la mañana, con la finalidad de asistir a misa, y comulgar. El ambiente de todas las iglesias era, en aquellos añorados tiempos, de la mayor respetabilidad. La señora iba, pues, cierto día a la iglesia. Y cuando cruzaba el jardín en dirección a la calle vio algo que se movía de una manera extraña. Era su hijo que volvía a aquella hora a casa. Completamente embriagado, comprendió, entre los vahos del alcohol, que no era conveniente que su madre le viera en aquel estado de degradación. Por esto se escondió detrás de un rosal. La madre, envuelta en su respetabilidad, consideró preferible “no ver” al hijo. Pero lo encontró gracioso. Y después contaba el caso, algo envanecida, a las amigas.

Atreverse a todo, pero tanto en cuanto sea posible a escondidas, esta era la línea de conducta de los no respetables para con los respetables. Permitir todo, fingiendo no ver, tal era la retribución de los respetables. Nadie discutía. Y así el mundo se fue deslizando lentamente hacia este atolladero de 1978, al que no querían llegar entonces ni los respetables, ni los no respetablesPero que, muy probablemente, fascinaba, en el subconsciente, tanto a unos como a otrosLa rana hipnotizada por la serpiente camina horrorizada en dirección a ésta. Pero, al mismo tiempo que horrorizada, va fascinada. Y nada hay que le impida seguir esta misteriosa fascinación, rumbo a la muerte.

En este sentido, recuerdo un señor muy “gentleman”, muy respetable, que creaba en torno suyo una atmósfera arquetípicamente opuesta al comunismo. Sin embargo, su posición frente al comunismo era enigmática. Nunca lo atacaba. Y cuando, a su alrededor, el tema se prolongaba, haciendo inexplicable su silencio, invariablemente profería en tono sentencioso: “En Brasil no hay motivo para temer al comunismo; el pueblo no está maduro para esto”. Yo sentía grandes deseos de imprecarle: “¿Qué es este proceso de maduración? ¿Es que el comunismo le parece un tumor que aún no está maduro para estallar en pus, o una fruta deliciosa que aún no está madura para atraer nuestro apetito?”.

Así eran los respetables de los años 20. En cada década la muerte vino segando a los respetables y trayendo una nueva ola de quincuagenarios que los sustituían. Estos eran entonces los hombres que, cuando jóvenes, se escondían detrás del rosal. Así, los respetables de los años 20 fueron sustituidos en sus butacones por los de los años 30, ya mucho menos celosos de su respetabilidad. Y así sucesivamente.

De esta manera, la respetabilidad -que no analizo aquí, sino como un mero adorno de la vida social- fue desapareciendo de la vida.

Digo, en otro pasaje de este caudaloso artículo, que el optimismo era el parabrisas de esta respetabilidad. Acabo de pensar en este optimismo al leer unos interesantes artículos escritos en la sesuda revista quincenal londinense “East-West Digest”, editada por la “Foreign Affaire Publishing Company”  (ediciones de la 2.a  quincena de diciembre de 1977, de la 2.a quincena de enero y de la 1.a quincena de marzo de este año).

Estos estudios muestran cómo el “Labour Party”, la agremiación política de izquierda del Parlamento británico, fue siendo muy lentamente intoxicado por el comunismo, y está a punto de ser hoy la punta de lanza de este último en el Reino Unido. El Partido Comunista es allí un corpúsculo de expresión electoral insignificante. El solo tiene valor -y lo va adquiriendo cada vez más- porque aumenta en todo momento el número ya considerable de puestos-clave que él detenta en el poderoso “Labour”. Y ahora, a juzgar por los estudios de la “ East-West Digest”, el comunismo ya está a un nivel más o menos irreversible en la médula del laborismo.

Ahora bien, era un dogma de muchos de los respetables de mi tiempo, que el laborismo no tenía nada de comunismo. Al contrario, constituía la mayor garantía de que el comunismo no tendría aceptación en la Inglaterra tradicional.

Esta misma respetabilidad optimista, en Brasil, como en todos los lugares en que existe, considera que los izquierdismos más o menos moderados son el dique del comunismo. Y a medida que el dique se hace más fuerte, consideran más lejos el comunismo. Hasta el momento en que se dieron cuenta de que, con relación al comunismo, las izquierdas son diques de papel secante. Le rompen las olas, pero se dejan empapar por sus aguas. De suerte que, al cabo de algún tiempo, el dique actúa como un filtro, y deja pasar por sus poros el agua en el área que debería defender.

Sin embargo esto, los respetables de antes no lo veían. Como no lo ven sus sucesores de hoy, tantos de ellos especialistas ultra técnicos en asuntos internacionales.

Y así avanza el comunismo. Con la ayuda de un “respetable” lector “papel secante”, quien, al leer este artículo, lo va a romper y a exclamar indignado: “Hagamos callar a este hombre, pues en esta época de libertad, no se puede tolerar que se digan estas cosas…”

¡Cómo si la democracia no fuera el derecho a discordar!

(*) “Les Maximes de La Rochefoucauld”, N. 218: “L’hypocrisie est un hommage que le vice rend à la vertu.”

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