Ecología y política

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Hugo E. Herrera: “…ecologistas y políticos, cada grupo a su modo, tienden a mantener la separación de ecología y política. La separación, sin embargo, no se sostiene y puede ser perniciosa…”.

Tendemos a pensar separadamente la ecología y la política. Desde la política, hay una inclinación a considerar a la ecología solo como un asunto objetivo o determinado. Así, por ejemplo, se entiende que el problema de Quintero debe ser tratado por autoridades políticas, que luego pueden volver sobre sus negocios usuales, los cuales ya no serían —por supuesto— ecológicos.

Pero también los movimientos ambientalistas tienden a separar ecología y política. Las llamativas actitudes de Greta Thunberg (que viene aquí a replicar disposiciones habituales de ecologistas adultos), de enunciar críticas del tipo “ustedes los políticos” o de sentarse separada de “los políticos”, se apoyan en la noción de que la ecología y los ecologistas están a un lado y esos políticos al otro; en una parte la pureza de la causa, en la otra, la corrupción de los intereses.

Ecologistas y políticos, cada grupo a su modo, tienden a mantener la separación de ecología y política. La separación, sin embargo, no se sostiene y puede ser perniciosa.

En sus albores, la ecología alude no a una naturaleza pura, sino a la comprensión de un entorno que es ya humano. El medio ambiente es el contexto del cual depende la existencia humana y el cual, a su vez, está inescindiblemente imbricado con la acción humana. No existe naturaleza pura, tampoco política pura, sino, mucho más, interacciones entre medio ambiente y cultura, naturaleza y política.

La propia noción de “vida”, base de cualquier posible ecología, es hondamente humana. La espontaneidad que le atribuimos a lo vivo, que lo distingue de lo inerte, solo es comprensible a partir de la espontaneidad que experimentamos en cada uno de nosotros. Solo podemos saber de una actividad viva atendiendo a nuestra propia actividad. O sea, esa actividad a la que llamamos “vida” está inicialmente permeada de “humanidad”.

También “lo natural” como la dimensión de bosques primordiales, vastas extensiones, animales magníficos, como un ámbito de autenticidad distinto del “mundanal ruido”, supone la disposición cultural a apreciarla. No es casualidad que la noción de lo natural, como dimensión misteriosa de sentido en la que no tenemos control, haya surgido en uno de los movimientos filosóficos más sofisticados de la historia entera: el Romanticismo.

Esa unidad inicial entre naturaleza y cultura ha venido siendo reconocida por los propios estudios ecológicos. En sus momentos de mayor reflexividad, ellos se expresan como “ecología social”, “ecología humana”, “ecología política” o “historia ecológica”.

La separación, en cambio, la idea de una naturaleza impoluta opuesta a lo humano poluto, nos provee, ciertamente, de un lugar de escape desde el mundo moderno en el que habitualmente existimos. Se trata, allá, de un ámbito como de inocencia perdida, de temporalidad suspendida, ajeno a la historia. Ajeno, también, a la responsabilidad que nos impone la vida histórica. Porque el mundo, incluido el de “los lirios del campo” y “las aves del cielo”, no deja de ser afectado por las decisiones humanas. La existencia a la vista es, desde el inicio, natural y política, impoluta y poluta. Por eso, no tiene sentido, salvo como evasión, criticar a “los políticos” en aras de “la naturaleza”. Thunberg es tan política como cualquier político y tan natural como ellos.

Hacernos responsables de nuestras existencias, de nuestro mundo, sin huidas a lugares prístinos desde los cuales regresamos dispuestos a condenar en bloque; conformar una existencia compartida con sentido, requiere que seamos capaces de captar ese significado misterioso al que nos remiten los bosques y las montañas como uno entramado con la cultura: afectado por ella y que la afecta. La huida hacia la naturaleza pura tiende a coincidir demasiado fácilmente con la evasión respecto de ese mundo natural e histórico concreto del que somos responsables.

La separación de ecología y política favorece, del lado de la política ahora, una acción desarraigada, autocontenida, desentendida del carácter constitutivo de la naturaleza en nuestras vidas, del significado de la naturaleza para ellas. Con su estética y su poder, sus ritmos y su belleza, esa naturaleza no solo es el sustento de la existencia humana, sino sustento de una existencia con sentido. El paso desde una política racionalista a una telúrica, sustentable y lúcida del significado de la naturaleza, cuidadosa de la naturalidad, capaz de atender a la importancia estética y existencial del paisaje, solo es posible a partir de una rehabilitación de la conciencia de la unidad, en la que vengo reparando, de naturaleza y vida humana.

Hugo E. Herrera

http://www.elmercurio.com/blogs/2019/10/08/73084/Ecologia-y-politica.aspx

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