Ecología, ¿una nueva y feroz religión?

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Cada vez más las preocupaciones con el medio ambiente, el cambio climático, los pueblos originarios y el futuro de la humanidad se van transformando en una especie de histeria colectiva que aleja de la racionalidad y justifica las medidas más insanas.

Hace pocas semanas atrás, mediante un comunicado en su sitio web el grupo grupo llamado “Individualistas tendiendo a lo salvaje” se adjudicó el intento de ataque explosivo contra el presidente de Metro de Santiago, Louis de Grange.

El referido grupo se define como “eco-terrorista” y destaca que Metro “con sus proyectos futuros y los ya realizados sólo consiguen roer y destruir aún más la tierra, abriéndola y desgarrándola en cada vez más kilómetros”.

“Con nuestro atentado no buscamos acabar con la empresa Metro, ni que depongan sus proyectos, eso sería estúpido e iluso. Solo buscamos honrar la tierra con explosiones y sangre. Esta vez ha sido el representante máximo de Metro, ayer fue el de (la empresa minera) Codelco, mañana algún otro ejecutivo importante”, dice el texto haciendo alusión a ataques anteriores y anunciando otros futuros.

No se crea que este es solamente un grupúsculo sin importancia que hace noticia exclusivamente por sus atentados criminales.

Cuatro días antes del atentado, Alberto Curamil, agitador ambientalista del sur de Chile, quien está detenido en la cárcel de Temuco, acusado de robo con violencia y homicidio frustrado en contra de carabineros, recibió el denominado “Nobel Verde”.

Según nota de prensa, “El galardón fue instituido en 1990 por los filántropos Richard N. Goldman (1920-2010) y Rhoda H. Goldman (1924-1996) para (…) dar reconocimiento a individuos ordinarios que trabajan para proteger y mejorar el medio ambiente, y para inspirar a otros para que sigan el ejemplo de los ganadores del Premio”.

Los responsables del otorgamiento del premio no ignoraban su calidad de condenado por la justicia, al contrario: “Hemos seleccionado a Alberto Curamil para el Premio debido a su liderazgo feroz en la formación de coaliciones y para su defensa poderosa para proteger el río Cautín y el territorio mapuche. Él ha sido un defensor firme para su pueblo y para la tierra y los ríos y merece la atención y el respeto de la comunidad internacional”, declaró de Ilan Kayatsky, Director de Comunicaciones del Premio Medioambiental.

Esta semana pasada, una sensata carta publicada en el diario “El Mercurio”, del historiador y Premio Nacional de Historia Sergio Villalobos, sobre la artificialidad de imponer el uso de la lengua mapuche por parte del Estado dio lugar a un acalorado debate. En una de las réplicas, el diputado de izquierda Crispi escribió: “El dungun, mapudungun, mapuzungun, chedungun, entre otras formas de referirnos a una compleja lengua ancestral, es reflejo vivo de la cultura mapuche. En ella están entremezclados todos los elementos, tradiciones y rituales propios. La conexión con la ñuke mapu (o madre tierra) y la búsqueda del buen vivir (o küme-mongen) son solo algunas de las ideas que se pueden apreciar en este idioma, tan rico y profundo, que ni siquiera tiene una forma unívoca de hablarlo o escribirlo”.

O sea para el parlamentario en cuestión, la lengua mapuche y todas las otras que enumera, deben ser mantenidas por el Estado porque ellas se relacionan con la religión mapuche. Curiosa argumentación en boca de quien ciertamente se dice laico…
En sentido opuesto a toda esta propaganda, el Centro de Estudios Públicos dio a conocer una encuesta realizada a los mapuches mayores de 18 años y que viven en la zona de la Araucanía, dando como resultado que el 94% de ellos prefieren títulos de dominio individual y no comunitario. “De ellas, un 83% declaró que no son legítimas las acciones violentas de algunos grupos para recuperar sus tierras, mientras que un 50% cree que los mapuches tienen derecho a vender sus tierras. Por último, solo un 2% considera como prioridad aplicar una ley de cuotas indígenas”.

Sobre el tema cultura e identidad, la misma investigación informa que: “del total de la población encuestada, solo un 15% habla mapudungun, mientras que un 85% no lo hace. De la misma manera, un 56% no ha participado en ninguna ceremonia mapuche durante los últimos 12 meses. En cuanto a la religión, un 39% de los encuestados se declara católico; un 35%, protestante o evangélico, y solo un 5% dice pertenecer a una espiritualidad mapuche.”
En una palabra, los supuestos interesados no se interesan del griterío organizado en su nombre.
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Esta misma semana, lejos de nuestro País, la dirigente del partido ecológico Place Publique, de Francia, Claire Nouvian, también condecorada con el mismo premio internacional Goldman por el medio ambiente 2018, declaró en un conocido programa de TV de ese País que los escépticos del calentamiento global eran unos “tarados” a quienes no se les debería dar espacio en los medios de comunicación y que la comunidad científica era unánime en afirmar la tesis del calentamiento global producido por el hombre. Lo que dio lugar a otro acalorado debate después del cual los titulares declararon que: “El ‘calentamiento’  es muy caliente para confiarlo a ideólogos histéricos y religiosos.”

Pero seguramente que lo más grave de este panorama de “dogmatismos” ecológicos fue la aprobación de la “Instrumentum Laboris” para el Próximo Sínodo de la Amazonia, ocurrido también en la semana pasada.

De acuerdo a información de prensa “El Documento de Trabajo está dividido en tres partes que abordan los siguientes asuntos: la voz de la Amazonía entendida como escucha de ese territorio, la ecología integral y la Iglesia con rostro amazónico”.

En pocas palabras, los indios amazónicos pasarán de ser el conjunto poblacional más atrasado del mundo, a constituir el modelo para la Iglesia y el futuro de la humanidad.
Todo este cuadro de hechos y declaraciones, donde se mezclan medias verdades con irracionalidad dogmática e histérica, intenta constituir un enjuiciamiento a la civilización y el progreso para retrotraernos al “ideal” de las tribus, con sus atrasos, sus supersticiones y su paganismo.

Juan Antonio Montes Varas

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