Dos errores

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Por estos días se discuten dos iniciativas relacionadas con los niños. En una de ellas se pretende limitar las horas en que pueden transitar a solas, sin la compañía de un adulto. En la otra se sugiere introducir como regla constitucional la idea de que los niños incrementan poco a poco la capacidad de conducirse a sí mismos.

Es obvia la inconsistencia de ambas iniciativas: en una se priva a los niños de la capacidad de decidir cuándo y dónde transitar; en la otra se reconoce constitucionalmente una creciente capacidad de hacerlo.

La primera promueve el paternalismo; la segunda, la autonomía.

¿Cuál es correcta? Para saberlo hay que revisar los conceptos.

El paternalismo es la injerencia no consentida en la vida de un ser humano en razón de consideraciones relativas a su bien. Lo propio del paternalismo es que el sujeto que interviene en la vida de otro esgrime el bien de este último para hacerlo (aun cuando el sujeto intervenido no advierta ese bien). La autonomía, en cambio, es la capacidad de autogobierno que una sociedad democrática reconoce a las personas. Allí donde se reconoce la autonomía a un individuo, cualquier intromisión en sus decisiones (incluso en razón de su propio bien) sería incorrecta.

Es obvio que tratándose de personas adultas el paternalismo es moralmente incorrecto, porque supone que un tercero es capaz de saber mejor, con mayor lucidez, lo que conviene hacer o dejar de hacer a otro igualmente adulto. Entre adultos el paternalismo niega la igual libertad de las personas y supone que un sujeto tiene mayor capacidad de discernimiento que otro.

Pero si el paternalismo es incorrecto entre personas adultas, no lo es en las relaciones filiales. Ser padre o madre consiste, justamente, en ser capaz de discernir lo que es mejor para los hijos y a la luz de ese discernimiento intervenir en sus vidas. Un padre o madre que se negaran a intervenir en la vida de sus hijos —o que subordinaran cualquier intervención al previo consentimiento de estos últimos— estaría en verdad renunciando a ser padre. Por decirlo de otra forma, en el significado focal de ser padre o madre está la disposición a intervenir en la vida de los hijos aun cuando ellos no consientan en esa intervención. Por eso las relaciones al interior de la familia no son iguales a la relación que existe en la comunidad política. Mientras a esta última le repugna el paternalismo, las relaciones familiares lo reclaman. Y, como es obvio, conforme los hijos crecen y se acercan a la adultez, el paternalismo disminuye y la autonomía se incrementa. Y, al revés, mientras más niños son, el paternalismo es más fuerte, y la autonomía, menor.

Salta a la vista, sin embargo, que el paternalismo y los grados en que se ejerce (o el grado en que se reconoce la autonomía) es un asunto que debe pertenecer a los padres, y no a la municipalidad o al Estado. Si el Estado, un juez o un alcalde, si el Congreso o un concejo municipal, deciden (más allá de su deber de proteger los derechos) el grado en que un padre debe o no interferir con la vida de su hijo o hija, entonces es la propia función de padre o madre la que se está en algún sentido, por decirlo así, expropiando.

Es por lo anterior que tanto la idea del límite al libre tránsito para los niños (que se impulsa en las municipalidades) como la de que el Estado deba tutelar cuán progresiva sea la autonomía de los niños y las niñas (que se tramita en el Congreso) son igualmente incorrectas. La primera, porque transfiere el paternalismo de las familias a las municipalidades; la segunda, porque entrega la decisión de los grados de autonomía que deben concederse al control del Estado.

Es más fácil y más cómodo, desde luego, que sean las municipalidades las que digan hasta qué hora pueden transitar los niños y también más sencillo que sea el Estado el que regule la libertad que poco a poco ha de reconocérseles; pero una y otra aligeran a los padres del deber de discernir cómo enseñar a sus hijos. El ser humano, dijo Kant, es un animal que necesita un maestro; pero no dijo que ese maestro debía ser la municipalidad o el Estado.

Carlos Peña

Columnistas
Miércoles 03 de julio de 2019

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