Derechos humanos para los simios

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¿Puede haber alguien en su sano juicio que pida para los monos los mismos derechos de los humanos? Pues, aunque no debería, sí, los hay, y en aparente buen estado mental. Y por eso, desde hace varios años los primates en España gozan de algunos derechos que tienen los que aparentemente no lo son.

En efecto, desde allá se propagó el llamado Proyecto Gran Simio (PGS). En internet se lee que “el PGS es una organización internacional de primatólogos, psicólogos, filósofos y otros expertos que promueven una Declaración de los Derechos de los Grandes Simios de las Naciones Unidas, que otorgaría ciertos derechos morales y legales a los grandes simios”. Su lema es “La igualdad más allá de la humanidad”. Se trata de un grupo (de humanos, claro) que quiso incluir a los primates “en una comunidad de iguales otorgándoles la protección moral y legal de la que actualmente sólo gozan los seres humanos”. Los patrocinadores del proyecto en España justificaron su pretensión argumentando que “el hombre comparte el 98,4 por ciento de los genes con los chimpancés, el 97,7 por ciento con los gorilas y el 96,4 por ciento con los orangutanes”, y eso era suficiente para que los simios gozaran de la categoría de personas. En verdad, atendida la realidad actual de unos y otros, en ocasiones me da por pensar que quizás si en algunos casos los del PGS tengan razón.

En esos años, las noticias en España decían que los protectores de monos convencieron a los socialistas para que presentaran al Congreso de Diputados “un proyecto que equiparará al hombre con el mono, por lo que pedirá la inclusión inmediata de estos animales en la categoría de personas” y que se les otorgue, por tanto, “la protección moral y legal de la que actualmente sólo gozan los seres humanos”.

A pesar de que, por desuso, el vocablo “asombro” ya está por desaparecer del diccionario de la RAE, para los que aún entendemos su significado esto sí que es asombroso, ¿verdad?

De hecho, en el año 2008 durante el gobierno del señor Rodríguez Zapatero, el PSOE solicitó al Congreso de los Diputados que se reconocieran los “derechos humanos” de los simios. Decía en aquel tiempo el señor Pedro Pozas Terrados, Secretario General del Proyecto Gran Simio en España, “Exigimos que la comunidad de los iguales se haga extensiva a todos los grandes simios: los seres humanos, los chimpancés, los gorilas y los orangutanes”. No obstante, la cordura de los congresistas españoles de entonces impidió ir demasiado lejos en el tema. En junio del 2008, el Parlamento aprobó solo instar al gobierno para que, en un plazo de cuatro meses, llevara a cabo los “trámites necesarios para la adecuación de la legislación española a los principios del Proyecto Gran Simio”, informaba en esos días Libertad Digital, diario online de España.    

Así estábamos en el mundo hace 10 años. Hoy… bueno, la cosa ha ido cambiando. Indudablemente, para bien de los primates (y para no tan bien de los que no lo somos o, al menos, los que desconocemos el parentesco que se nos adjudica). Además de algunos países europeos, el Proyecto Gran Simio se nos acerca: ya ha entrado en México, Brasil y Argentina; por eso me pregunto, ¿cuánto falta para que el PGS llegue también a Chile?

Esto no es, pues, una extravagancia española, de hecho, ya no tiene nacionalidad; se ha ido expandiendo cada vez más por el mundo occidental y en Chile ya proliferan los adherentes a movimientos animalistas, tan cercanos al PGS como el pasto a los rumiantes. Al año pasado ya sumaban más de 200.000 personas entre miembros de múltiples ONG y de fundaciones con personalidad jurídica. Así las cosas, ¿quién pudiera asegurar que un día en nuestro país los simios no tuvieran un despertar glorioso por habérseles reconocido sus derechos “morales y legales”, tal como lo auspicia el PGS? De hecho, algunos anticipos ya se están dando y con el apoyo explícito del Gran Simio; en su página web se anota que respaldaron a una estudiante de Antropología Biológica de la Universidad de Chile, quien estaba haciendo su tesis sobre “El rol social de las hembras menopáusicas entre los Monos Araña”. ¿Qué tal? Desconozco si el trabajo ya fue publicado, pero tengo el mayor interés en conocer algo de ese rol social de las monas que ya van en retirada.

Y leyendo sobre los monos empoderados, se me vino a la memoria el proyecto de ley sobre la llamada “Identidad de Género” que está ya aprobado por nuestro Parlamento; esta próxima ley nos augura un futuro tremendamente incierto en los resultados que se puedan derivar de su aplicación. El texto legal dispone que “Se entenderá por identidad de género la convicción personal e interna del género, tal como la persona se percibe a sí misma, la cual puede corresponder o no con el sexo verificado en el acta de inscripción del nacimiento…”. Solo esa “convicción personal e interna” bastará, pues, para pedir al Servicio de Registro Civil un “cambio registral” (así lo llaman). Muy pronto, entonces, por el solo ministerio de la ley seremos capaces de doblarle la mano a la naturaleza, transformándonos según lo que sintamos, en algo que no somos.

Los patrocinadores del señalado proyecto de ley, queriendo burlar la condición humana, pidieron que se reconozca la “sexualidad con la cual una persona se identifica psicológicamente o con la cual se define a sí misma”. Por eso, pensaba yo, si un día alguien amanece con una “identificación psicológica” distinta a aquella con la que se acostó y le diera ahora por sentirse un orangután, ¿podría pedir al Registro Civil la rectificación de su partida de nacimiento informando que ahora es un primate más, para que lo valide como tal? ¿Qué pudiera hacer imposible en estos tiempos que corren, una interpretación legal algo más laxa de la norma que permitiera acoger los sentimientos de aquel candidato a mono que alega que ahora su cuerpo simplemente ya no encaja con su mente? Pero, para nuestra tranquilidad (momentánea, eso sí), debo advertir que el proyecto actual está más bien dirigido al cambio de sexo y no es tan atrevido como para explicitar hechos de aquel otro corte, aunque (otra advertencia) tampoco es tan claro como para impedirlos. No obstante, como siempre ocurre con los legisladores vanguardistas, para avanzar seguros deben ir paso a paso, y pudiera llegar el minuto en que el asunto ya hubiera madurado lo suficiente como para que algunos de nuestros parlamentarios formaran una vanguardia pro-simia y consiguieran hacer más explícito el texto legal. Recordemos lo que ocurrió, por ejemplo, con las manoseadas “tres causales” para poder matar seres humanos antes de nacer: habiendo transcurrido apenas un año de aprobada aquella ley de “interrupción del embarazo”, ingresó al Parlamento en agosto pasado (señor Girardi de por medio, naturalmente), un nuevo proyecto que extiende el aborto libre a todos los casos imaginables, esta vez sin eufemismos, sin causal alguna de por medio.

Por lo demás, a esos innovadores les facilitaría el cambio si lo fundamentaran con la primera de las tres definiciones del término “género” que hace la RAE en su diccionario, cuando señala que se trata de un “Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes”. Y, ahora que los del Proyecto Gran Simio descubrieron que “el hombre comparte el 98,4 por ciento de los genes con los chimpancés, el 97,7 por ciento con los gorilas y el 96,4 por ciento con los orangutanes”, es seguro que la cosa no debería enfrentar mayores complicaciones cuando llegue su momento.

Por eso el tema me persigue. ¿Cuánto faltará para que también en Chile se den casos de personas (si aún no las hay) que se identifiquen psicológicamente con la personalidad de los gorilas chimpancés u orangutanes y que, queriendo ser del orden de los Primates porque así “la persona se percibe a sí misma”, pidieran su cambio registral? Bastaría una muy simple modificación legal que hiciera algo más explícito eso de “la vivencia interna”, “la identificación psicológica”, para que el Registro Civil pudiera acoger sus sentimientos. Así, habríamos dado un paso más largo que el de los tímidos españoles, y tendríamos que convivir con aquellos símiles de antropoides dando vueltas libremente por ahí. Siempre trato de evitar los desbordes de mi imaginación, pero solo pensar cómo andarían esos pseudo-monos paseándose soberbios y engreídos, me produce fuertes escalofríos.

Pero, bueno, mientras ello no ocurra, no pareciera ser tan urgente averiguar sobre el “rol social” de las hembras menopáusicas entre las monas araña, y más urgente será preocuparnos de los derechos “morales y legales” que podrían dárseles en Chile a nuestros espurios parientes.

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