Decantación y parálisis

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Estoy en un taco tupido intentando llegar a Santiago por la Ruta 68 y se me ocurre que lo sucedido el 2018 es como lo de las concesionarias cada final de año; aunque parchen y remienden, el servicio acaba en retrasos de más de una hora. Vea usted, cambia el gobierno, y no se logra gran cosa, salvo arreglos en la ruta.

Si aun admitiendo que Bachelet y su gobierno fueron, de hecho, un desastre, no deja de ser admirable cómo se las arreglaron para paralizar (la postrera genialidad de la Nueva Mayoría), confiando a sus sucesores, junto a la piocha y banda presidencial, la mera gerencia del legado hipotecado (el nuevo “rayado de la cancha”). De ahí esas decantaciones y atascos evidentes: la economía frenada (cualquiera de sus mejoras); el desempleo y enredo tributario, la insuficiente inversión y fuga de capitales, el alza del costo de vida; la gratuidad; los alaridos del activismo hincha organizado (feminismo, derechos sociales, Araucanía), y una inmigración a tontas y a locas.

Adicionales a esos otros azotes de responsabilidad transversal de vieja data: descontrol e ineptitud de fuerzas armadas además corrompidas, contaminación de Quintero, jubilaciones para llorar, paros portuarios, violencia estudiantil y destrucción de liceos emblemáticos ya no selectivos. Desafíos que han complicado a Piñera, él mismo ninguna novedad. ¿A la altura del mandato que obtuvo?, se preguntan en su conglomerado. Porque oposición partidista exitosa no ha tenido (ni siquiera del infantilismo frenteamplista). Con todo, aportillados sus nombramientos, empezando con el del hermano, luego de sus ministros (Larraín por visita a Harvard, Varela, Pérez, Rojas, Chadwick y Ampuero), La Moneda ha tendido a acomplejarse y conceder su buen poco, a fin de sobrevivir.

Esto último ocurre en todo orden de cosas en crisis, no solo con el gobierno. En la Iglesia (Bergoglio mediante); en universidades públicas y ni tan públicas (rehenes de sus circunstancias y deterioro creciente); en medios periodísticos, algunos dispuestos a convertirse en cajas de resonancia; en una opinión pública de repente “aggiornada” después de 45 y 30 años (recordemos esas borracheras de arrepentimiento póstumo: las celebraciones de este año), a fin de borrar complicidades. Por lo de la dictadura, cuando se era pinochetista, por la transición transada, cuando se consensuaban, por haberse hecho muy ricos (no más o menos), por ser la política cosa de élites, porque la nuestra es una sociedad segregada (¿recién ahora nos enteramos?).

Hago esfuerzos para resaltar algo positivo. Debe haberlo, pero el conjunto -y es el conjunto el que pesa a la hora de los balances- es decepcionante. De cuidado.

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