Crisis del progresismo

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Tanto a nivel nacional como internacional, el progresismo (del cual soy parte) vive una crisis con escasas perspectivas de recuperación. Las izquierdas, que por momentos durante el siglo XX dominaron el debate de ideas y el clima cultural de la época, se hallan reducidas ahora a su mínima expresión, confundidas y apegadas al pasado.

Atrás quedaron los signos de su antigua vitalidad. Pienso en las “grandes” -aunque fracasadas- revoluciones socialistas; el éxito socialdemócrata europeo; el aggiornamento de la Iglesia Católica; el simbólico año 68 que iluminó el horizonte con una explosión de realismo mágico, marcando el fin de un viejo orden institucional que, paradojalmente, abrió las puertas hacia un capitalismo más liberal, global y posmoderno.

También a nivel local, nuestro deshilachado progresismo siente la tensión entre las fuerzas ascendentes de la historia, representadas por aquellas gestas aparentemente liberadoras y las que corren en sentido contrario y descienden hacia las derrotas: la desaparición del comunismo soviético, el retroceso del estado de bienestar, la crisis cultural de la Iglesia Católica, el agotamiento de las energías emancipadoras del 68 y su reemplazo por los fantasmas del autoritarismo liberal y los nacionalismos excluyentes.
En esta perspectiva histórica, ¿qué puede significar -en el tránsito de un siglo al siguiente- la convergencia buscada en Chile entre el PS, el PPD y el PR, luego de renunciar ellos mismos a su mejor identidad construida durante el tiempo de la Concertación?

Poco y nada. En efecto, el problema del progresismo, local e internacional, no es su división entre moderados y ortodoxos, o entre tradicionalistas y renovadores, ni tampoco la postura que adopte en Chile frente a la DC o el Frente Amplio. Más bien, es el terremoto ideológico grado nueve que echó al suelo sus catedrales y creencias, su visión de mundo y comprensión de la historia. Por eso mismo aparece pesado, conservador, industrial, analógico, burocrático, centralista. De pronto se ha vuelto anacrónico. Sus referentes han naufragado; su lenguaje suena hueco; su liderazgo intelectual está desapareciendo y rápido.

¿Qué ofrece hacia el futuro? Fuera de una invocación a “unirnos para ganar”, no mucho más. Atónito mira hacia Brasil, sin poder explicarse cómo Lula y Dilma -más el gran empresariado- dieron paso a Bolsonaro. En casa, ni siquiera hemos empezado a explicar nuestra derrota tras una gestión de reformas que se esperaba cambiaría el rostro de la sociedad en Chile y aseguraría su proyecto progresista.
En breve, el progresismo haría bien en tomar el peso a la crisis que atraviesa -atrapado entre un pasado que lo hunde y un futuro que se le escapa- antes de que sea demasiado tarde.

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