Columna de Héctor Soto: Una fuerte desazón

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Tal vez, alguna vez sepamos qué tan en riesgo estuvo el sistema político tras el estallido. Hay quienes creen que nunca la democracia chilena estuvo más al filo de la cornisa que la noche del 12 de noviembre. Y porque aún no se han desclasificado los datos que llevan a pensar así, el tema sigue abierto y, por ahora, no es más que un pozo de conjeturas.

Lo que sí está claro es que los grupos violentistas y la izquierda antisistémica llegaron a tener la completa convicción de que faltó muy poco -quizás otra manifestación gigantesca, tal vez una revuelta más o un atentado que no se hizo- para haber tumbado al gobierno y al modelo. A diferencia de la otra percepción, la de la noche negra, esta no necesita justificarse a sí misma. En política -como en casi todo, por lo demás- la gente ve solo lo que quiere ver. Y si se vio al país colgando de un hilo, entonces estaba colgando de un hilo.

Da lo mismo que esa composición de lugar se haya ajustado o no a la realidad. Esto no la hace menos creíble entre quienes quieren creérsela. Y es este el factor que explica la desazón, la indignación, la descompensación severa con que los grupos más radicalizados asistieron al brusco cambio de agenda que implicó la irrupción del coronavirus. La primera reacción fue atribuirlo a una maniobra distractiva del gobierno. La segunda se tradujo en un estado de negación: esto es mentira, aquí no pasa nada, es otro invento de los medios y el poder. Como la realidad dijo otra cosa, la tercera reacción fue criticar al gobierno porque actuaba tarde o porque actuaba temprano, da lo mismo, lo importante era criticar. Más de alguien debe haber identificado en los primeros días de esta emergencia, a eso de las nueve de la noche, algunos aislados caceroleos melancólicos, patéticos y solitarios. Correspondieron a activistas rezagados que se quedaron pegados en la épica de las movilizaciones y que, en esta pasada, no lograron mover las agujas. La ciudadanía, obviamente, está en otra y este es un dato que no hace sino intensificarles la frustración. Tan cerca y tan lejos.

Uno de los tantos memes que circularon en la semana suponía contener información oficial de las autoridades sanitarias con el número de infestados, el número de muertos y el de resucitados. Era solo uno, Sebastián Piñera. Por supuesto, es un chiste. Nada asegura que los factores que desencadenaron las movilizaciones de los últimos meses, y que pusieron al gobierno contra las cuerdas, se vayan a desvanecer con la misma rapidez y tan de sopetón como se manifestaron. Aquí no hay milagros ni magia. Pero en lo que sí el chiste acierta es que la pandemia cambió la agenda y ha puesto al gobierno en una cancha completamente distinta, que tiene poco que ver con la gestión política, que es el ámbito donde Piñera se siente más incómodo, porque entiende menos, y mucho con la gestión pura y dura, que es un área donde se mueve mejor, porque tiene que ver con el manejo de los recursos sanitarios y con las decisiones del Estado para enfrentar la crisis.

Si el gobierno lo va a hacer bien o mal ante el nuevo reto es algo que aún está en desarrollo. Las cosas parecían ir más o menos bien encaminadas hasta que se produjeron varias descoordinaciones el jueves -no solo comunicacionales-, a raíz de la entrada en vigor de la cuarentena total en siete comunas de Santiago. Sí, es cierto que no tenemos precedentes de experiencias así. Eso no excusa, sin embargo, que no se hayan previsto efectos obvios y muy importantes en la vida de las personas, lo cual se tradujo en aglomeraciones, confusión y rabia. El gobierno algo aprendió ese día y es que las cosas tienen que hacerse mejor.

Aun si se maneja bien en esta crisis, no necesariamente Piñera se salvará. El país perfectamente podría volver a las polarizaciones, desórdenes y desbordes de los últimos meses. El problema, y el gran temor, al menos para la gente que ha leído a Marx, es que lo que aconteció una vez como tragedia vuelva a repetirse, pero esta vez como comedia.

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