Chile verde

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Héctor Soto

Abogado por formación y periodista por oficio, ha ejercido por décadas la crítica de cine y fue editor de las revistas Capital, Mundo Diners y Paula. En la actualidad es editor asociado de Cultura de La Tercera y también columnista político del diario. Dirige el Diplomado de Escritura Crítica de la UDP y es panelista del programa Terapia Chilensis de radio Duna. Es autor del libro “Una vida crítica” (Ediciones UDP, 2013).

Se puede dar desde ya por descontado que los compromisos que salgan de este encuentro serán poco y nada en relación a lo que espera el ambientalismo más radical y apocalíptico. Si no literalmente, dentro de muy poco veremos a líderes y activistas dispuestos a cortarse las venas para paralizar la minería, cerrar las empresas con chimeneas, desmantelar la industria petrolera o prender las alarmas ante el aumento del consumo mundial de carne.
El Presidente Piñera vio en la idea de traer a Chile la COP25, luego de que el Brasil de Bolsonaro renunciara a organizarla, una oportunidad que no se iba a volver a repetir. Fiel a su naturaleza y a su biografía, decidió aprovecharla. Le convenía al país, puesto que lo colocaba en la primera fila de la causa ambiental; le convenía a su coalición, porque pasaba a identificarla con una causa que ha sido hasta aquí más propia de la izquierda que de la derecha, y le convenía también a él, porque fortalecería su liderazgo interno y también su proyección internacional.

Arriesgada, comprometedora y definitiva, en esta apuesta presidencial ya no hay vuelta atrás. Audacia es el juego y verde el color. En diciembre próximo, Santiago, aparte de ser la capital mundial del ambientalismo, será el escenario tanto del éxito como del fracaso de los esfuerzos de la comunidad internacional por revertir el cambio climático. Será también el lugar donde estarán presentes -con movilizaciones, denuncias, protestas y demandas- miles de ONG, de fundaciones, de movimientos y activistas vinculados a la causa ecológica.

Piñera podría cubrirse de gloria en esta coyuntura si finalmente llegan a construirse en Santiago acuerdos algo más estimulantes que los conseguidos el año 2015 en París, de los cuales, por lo demás, el Presidente Trump decidió marginar a Estados Unidos. Esa posibilidad no es remota. En la actualidad hay mayor conciencia del problema y debiera haber también disposición de la comunidad mundial a realizar esfuerzos mayores. Pero se puede dar desde ya por descontado que los compromisos que salgan de este encuentro serán poco y nada en relación a lo que espera el ambientalismo más radical y apocalíptico. Si no literalmente, dentro de muy poco veremos a líderes y activistas dispuestos a cortarse las venas para paralizar la minería, cerrar las empresas con chimeneas, desmantelar la industria petrolera o prender las alarmas ante el aumento del consumo mundial de carne.

La coalición para sanear el planeta es muy amplia. Incluye desde los partidarios del regreso a una economía pastoril, hasta gente que tiene muy buenos negocios en el ecosector; desde triunfadores del mundo de la sofisticación y la riqueza, hasta perdedores que terminaron debajo de la mesa de la globalización; desde oscurantistas que quieren volver al medioevo, hasta futuristas embriagados con la revolución de las tecnologías verdes; desde los arrogantes herederos de la ideología del progreso, hasta fatalistas que creen que esta guerra ya se perdió; desde naturalistas que nunca se movieron de las verdades de la dieta sana y los baños de sol, hasta movimientos políticos que ven en la actual coyuntura la posibilidad de conseguir lo que no consiguió Marx ni tampoco la revolución proletaria, esto es, la derrota final del capitalismo, a juicio de ellos, por esencia depredador. Es un enjambre de muchas sensibilidades e intereses. Pero que se erige contra un horizonte de horror al futuro, compartiendo la misma vehemencia e indignación. Es la primera vez que una generación quiere no hacer avanzar los minuteros de la historia, sino retrocederlos, con toda la locura y las inconsecuencias que eso comporta (porque nadie quiere bajarse del auto, del avión o del yate, ni pagar más por la energía o tener menos carne en el combo que compró).

¿Podrá controlar el gobierno todos los hilos de este encuentro? La respuesta más obvia es que no. Sobre todo si es efectiva, Santiago ganará puntos en el mundo diplomático, no hay duda, pero siempre quedará en deuda con la conciencia ecológica más radical. Esta es una pelea que no hay cómo ganar. Es difícil que el Presidente no lo haya evaluado así. Pero su cálculo debe ser que, así y todo, el país, la derecha y él serán capaces de capitalizar un retorno importante, toda vez que algunos de los líderes que vengan a Santiago, algunos pocos dirigentes de algunos pocos países, vuelvan a casa convencidos de que el desarrollo o es sustentable o simplemente no tiene a estas alturas ninguna presentación.

Es fácil ponerlo así. Pero eso significará -de no mediar desarrollos tecnológicos que por ahora ni siquiera sospechamos- alzas de costo de distinta magnitud en todos los órdenes de la producción de bienes y servicios. Estamos notificados: esta dinámica jamás terminará y se irá volviendo cada vez más exigente. Estamos recién comenzando. Llegará el momento en que no podremos creer lo fácil, lo barato y también lo irresponsable ambientalmente que fue el desarrollo hasta aquí. Recién estamos ante la COP25. De esa incredulidad se hablará quizás en la COP30. No antes.

Columna de Héctor Soto: Chile verde

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