Chile en crisis

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Gonzalo Carrasco Astudillo

Abogado

Se ha insistido en estos días en que parte del factor de crisis social del país viene dado por un rápido proceso de modernización capitalista, que si bien permite un mayor acceso al consumo, a su vez genera una desigualdad frustrante. Sin embargo, quisiera precisar un punto importante para efectos de dilucidar por qué no se trata solo de desigualdad.

Uno de los problemas del sistema económico actual es el fin último que éste tiene, es decir, la búsqueda de un constante crecimiento. Un importante sector de la derecha chilena y del sector empresarial ha operado desde la premisa fundamental de que la economía tiene como fin y objetivo último “el crecimiento”. Sin embargo, una orientación normativa y económica de este tipo termina por causar fisuras en la sociedad, ya que convierte las legitimas aspiraciones de un mejor estándar material, en una depredación salvaje que intensifica artificialmente necesidades, las cuales terminan por generar una profunda dependencia a una materialidad exterior (progreso material).

En efecto, tener como fin económico un crecimiento ilimitado, es mermar la aspiración clásica de una vida sabia y virtuosa, es favorecer un consumismo desaforado que nubla la razón y lleva a no entender el fenómeno de la desigualdad. Esta forma de comprender el “modelo” es la antítesis de la libertad y la paz, que sabe atrapar y manipular con gran expertiz la izquierda, la cual siempre tiende a dar golpe final de materialismo vacío, generando mayor desolación y violencia.

De esta manera, la pérdida del valor humano del mecanismo de producción económica, por ejemplo cuando la Isapre le pregunta a mi mujer si quiere un plan con útero o sin útero (como si los hijos se hicieran solos, sin intermediación de hombre) es aprovechada por un sector de la izquierda chilena ortodoxa (Frente Amplio, Partido Comunista, Partido Socialista) que intenta moldear a los chilenos que salen a la calle a manifestarse, iniciando una solicitud que parece festín de derechos, eliminando conceptos de deber, con frenetismo, sin serenidad, reclamando a la vida mucho más de lo que puede dar.

No es que la actividad económica sea un mal. La actividad empresarial evidentemente es lícita, sin embargo, el problema no se haya en la actividad, sino en el vicio de la persona que la ejecuta. En este sentido cabe preguntarse ¿Cuándo es ilícita la actividad económica? Cuando tiene como único y exclusivo fin el lucro ¿Cuándo es lícita la actividad económica? Cuando sirve para sostener el hogar, ayudar al pobre, al servicio social (bien común) con una ganancia repartida equitativamente.

Sin embargo, el funcionamiento empresarial actual no contribuye a sostener el hogar, genera fisuras morales y espirituales en el país, el cual queda prisionero del consumismo, que lleva a conclusiones tan dañinas como que es mejor no casarse ni tener hijos, ya que ellos traen más pobreza y constituyen una limitación a las ansias de seguir consumiendo, viajando a playas paradisiacas y a seguir emborrachándose de más hedonismo.

¿Qué corrientes de pensamiento han intentado dar soluciones? Las que denomino ideologías del resentimiento: ecologistas, feministas, teóricos del gender y otros istmos. No es casualidad la rabia con la que pronunció su discurso Greta Thunberg. Es la posición de buenos y malos, es la indignación que no pasa del haz emocional al haz de la razón y el diálogo deliberativo.

¿Qué soluciones arreglaran esto? Pues, ninguna modificación a la Constitución Política, ni mucho menos una asamblea constituyente, lo cual sería una derrota para la democracia chilena. Una de las soluciones pasa por entender que la economía no es ciencia exacta, sino ciencia moral, porque la actividad económica no es la ley de traslación de la tierra, es decir, automática. Es una decisión humana y por tanto moral. Mientras no se entienda aquello, ningún cambio legislativo, constitucional o de “modelo” traerá paz, concordia y autoridad.

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