Ceguera política

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Esta semana las evidencias volvieron a asomarse en la superficie, confirmando uno de los rasgos que definen al actual momento político: lo único que hoy puede congregar a las fuerzas de oposición es la férrea resistencia a las iniciativas oficialistas; y mientras más dura sea esa resistencia, menos espacio hay para que los sectores más moderados y dialogantes puedan hacer una diferencia. En efecto, en un escenario donde ya ni siquiera el triunfo del NO en el plebiscito es un factor de unidad, sólo el fracaso de Sebastián Piñera puede abrir alguna esperanza de convergencia opositora, una convicción que se retroalimenta además con las desinteligencias del propio gobierno.

Lo sorprendente es que La Moneda no tuviera claridad sobre esto desde el inicio, y que articulara su diseño político apostando a una lógica de colaboración y unidad nacional. Un diseño que simplemente no asume y no entiende lo que ha significado para el mundo de la centroizquierda ver a la derecha en el poder. Más aún después de lo que fue el gobierno de la Nueva Mayoría: el último intento por desacoplar al país de los resabios institucionales de la dictadura y de la herencia de su modelo económico. Una aventura que terminó para la centroizquierda con una estruendosa derrota política.

Pero el gobierno de Sebastián Piñera no asume el peso de esta realidad y opera como si estuviéramos en un escenario relativamente “neutral”, es decir, uno que permite discutir los proyectos en su mérito. Eso en política no existe y mucho menos aún en el Chile actual, donde un gobierno de derecha –aunque sea el segundo en una década- continúa representando para un importante segmento de la población una “anomalía” imposible de racionalizar. Si en toda democracia ya es difícil construir acuerdos entre adversarios, en Chile eso tiene hoy todavía una carga traumática, más cuando gobierna la derecha y no la centroizquierda, un sector que durante los veinte años de la Concertación quizá llegó a creer que nunca dejaría de hacerlo.

Dado que la derecha simplemente no entiende la envergadura de este problema, e insiste en funcionar como si en Chile la alternancia en el poder fuera parte de la normalidad democrática, puede darse el lujo de cometer errores como los recientes: nombrar ministro de Cultura a alguien que considera el Museo de la Memoria un “montaje”; o a un subsecretario que según diversos antecedentes aparece vinculado al encubrimiento de la autopsia del expresidente Frei Montalva. Y ahora, no calibrar adecuadamente lo que simbolizó para la centroizquierda la reforma tributaria del gobierno pasado.

Sólo esa profunda ceguera política puede explicar que el gobierno envíe dicha reforma al Congreso sin un exhaustivo trabajo prelegislativo, sin siquiera intentar acercamientos previos en torno a la línea gruesa del proyecto. O sea, que se exponga precisamente a lo que ahora está ocurriendo: la oposición convierte la defensa de su reforma tributaria anterior en un verdadero emblema político, y la usa para instalar un precedente de lo que será su forma de relacionarse con el Ejecutivo en lo que resta de mandato.

El gobierno puede argumentar que se encuentra ante una oposición cerrada y obstruccionista. Lo no puede decir es que su forma de hacer las cosas no ha contribuido a ello.

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