Católicos en retirada La relación actual entre la fe y la política

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¿Existen cristianos sin cristiandad? ¿Qué piensa usted? En Chile, el exsenador Ignacio Walker, quien fuera presidente del Partido Demócrata Cristiano, ha generado un amplio debate en torno a este tema después de publicar un artículo y un libro que llevan a la pregunta de la referencia. Se trata de textos escritos con intención de justificar su conducta política parlamentaria de 16 años como legislador que se reconoce católico y se declara demócrata y cristiano. En sus reflexiones exculpatorias se escuda en la libertad religiosa, en la conciencia moral, en el rol secular de los laicos en asuntos temporales y en el discernimiento ético; al respecto cita documentos eclesiales para afirmar que “somos cristianos sin cristiandad” (El Mercurio, 15 de noviembre de 2020).

La relación entre fe y política no es una cuestión nueva para los católicos. Lo nuevo es esta manera líquida y posmoderna de abordarla mediante reflexiones que han sido calificadas técnicamente de apostasía. En el curso de la polémica se ha mencionado al filósofo humanista cristiano Jacques Maritain para señalar que es inútil y casi burlesca la autocalificación de legislador católico que se atribuye el exsenador Walker.

Para Walker la Cristiandad está muerta

Walker ha sostenido que el político católico tiene que vivir al interior de una democracia pluralista, sin renunciar a la verdad que profesa, en una doble lealtad a la ley y la fe. Argumenta que el Concilio Vaticano II marcó un cambio de la Iglesia y de la relación con el mundo, cambio que constituye el certificado de defunción de la Cristiandad: “Lo que para algunos, los que sienten nostalgia por la cristiandad, puede ser una tragedia, yo lo veo como una gran liberación” (El Mercurio, 22 de noviembre de 2020).

Posteriormente ha dicho que “la Iglesia se aferró hasta donde pudo a la idea de cristiandad, hasta que esta encontró digna sepultura en las deliberaciones y los documentos del Concilio Vaticano II”. Quienes han seguido de cerca el curso de este debate han constatado la insistencia de Walker en buscar refugio y amparo en la libertad religiosa y en la conciencia para construir sus afirmaciones.

La defensa jesuítica 

En defensa de la posición walkeriana han salido los jesuitas Eduardo Silva, rector de la Universidad Alberto Hurtado (UAH), y Jorge Costadoat, exdecano de la facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC de CH), quien hace más de cinco años fuera despojado de la licencia canónica para enseñar teología, (pues según su obispo la enseñanza que impartía no concordaba con la fe católica, medida que fuera apoyada por profesores y colegas suyos).

A juicio del sacerdote Silva, Walker justifica su acción política en el marco de la renovación doctrinal que ha implicado el Concilio Vaticano II (CVII). A mayor abultamiento sostiene “la discontinuidad que hay entre la verdad revelada en el evangelio, la interpretación progresiva que va haciendo el magisterio en los distintos momentos de la historia de afirmaciones que tienen una variada relevancia en su credo y la práctica en conciencia de cada católico”.

Surge aquí la siguiente pregunta: ¿basta que un político católico respalde sus opiniones en materia de aborto y otros temas controvertidos apelando solo a su conciencia? Es sabido que una argumentación sólida requiere el apoyo de fundamentos racionales.

A su turno, Costadoat ha escrito que la Iglesia no tiene verdades en aquellas materias que el citado parlamentario legislara (aborto, eutanasia y otras). “El cristiano debe rendirse a la argumentación más convincente. No tiene verdad. Sin los demás, nunca podrá encontrarla”. Es decir, el cristiano de hoy no solo no tiene cristiandad, además carece de verdades cristianas que lo sostengan.

¿Cuál es el aporte de la catolicidad?: ¿la verdad plástica?

Pero, “¿qué catolicismo es este que se niega a proclamar la verdad que dice atesorar o que sostiene que no posee ninguna, salvo un mecanismo subjetivo (la conciencia) para alcanzarla?”, es la pregunta formulada por Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales, un hombre no creyente (El Mercurio, 23 de noviembre de 2020).

La cuestión planteada por Walker se inscribe en un ámbito de dimensión mayor. El mismo Peña pregunta: “¿hay algo que un político católico pueda decir a la sociedad que ya no haya dicho la sociología, la filosofía, la psicoterapia, la economía, las técnicas del yoga, la teoría de la justicia o la estadística?, ¿algo que haga relevante al católico en tanto tal, en la esfera pública?”.

Según Peña, “para un no creyente es insólito que haya teólogos y clérigos que respondan negativamente a esa pregunta”. Afirman que la verdad básica de la vida –qué es correcto y qué no– no tiene perfiles claros”. Los humanos solo contarían con la conciencia entendida subjetivamente para dibujarlos. (La relación y la tradición quedan fuera). “Disimular la verdad en la que se cree… significa para el católico abandonar su identidad”, concluye (El Mercurio, 27 de noviembre de 2020).

“En otras palabras, se trata de saber si la ética es o no autónoma. La cultura católica piensa que hay una ética que deriva de la condición humana y que de ahí deriva el pecado. Entonces el perdón adquiere así todo su sentido. Pero ese perdón no se obtiene aligerando la carga de ser católico a pretexto de la pluralidad humana, transformando la verdad que se dice revelada en una plasticidad infinita”.

¿Cómo volver a situar los valores cristianos en perspectiva cristiana?

Del análisis de las reflexiones de Walker se deduce que el pensamiento macizo de Jacques Maritain, maestro y guía de la vertiente demócrata cristiana chilena a la que el exparlamentario adscribe, ha sido apagado o ignorado. En El hombre y el Estado, Maritain anticipó que aunque “la edad moderna no es sacra, sino secular”, “aquellos cristianos que contemplan el futuro y esperan una nueva cristiandad, una nueva civilización inspirada por el cristianismo, saben que los Estados están forzados a decidirse por o contra el Evangelio.Tendrán que inspirarse en el espíritu totalitario o en el cristianismo”.

En este sentido lo más interesante de todo este revelador y extraño debate ha sido que Carlos Peña –un destacado académico no creyente– ha expuesto con lucidez y honestidad, el punto de vista que tantos católicos temerosos de ser minoría no han dado a conocer por ignorancia, cobardía o miedo. “La democracia y el diálogo necesitan de políticos convencidos de la verdad final de la condición humana, dispuestos a participar del debate democrático haciendo valer las razones a favor de esa verdad y sin acomodarla a la mayoría o a los vientos de la hora” (El Mercurio, 19 de noviembre de 2020).

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