Catastrofismos

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Vivimos tiempos catastróficos y nos esperan escenarios supuestamente peores, apocalípticos. En Occidente, miedos de esta índole no son novedad. Los ha habido, y de manera reiterada. Algunos fundados, otros meros desvaríos, pero que se haya sobrevivido a pesar de todo aconseja no sumarse al puro espanto.

El mundo medieval tuvo su cuota de horrores, miserias, epidemias, invasiones, guerras interminables. Hacia fines del primer milenio, se llegó a temer, incluso, la inminencia del fin del mundo. Aun así, Europa no se paralizó. El Apocalipsis produjo angustia, también esperanzas cifradas en una muy larga paz en que la humanidad se regeneraría antes del Juicio Final. “Lo que se llama milenarismo se nutría de esta creencia… la gente esperaba que, acabado un lapso de terribles penurias, la humanidad iría hacia el paraíso o bien hacia ese mundo, liberado del mal”, recuerda Georges Duby.

A los terrores de la Revolución Francesa le siguieron, reacción mediante, cien años de relativa paz en el Viejo Continente. Quienes vivimos bajo la Guerra Fría sabemos que pensar lo imposible sirvió para evitar el peor de los vaticinios: la destrucción atómica del planeta. Generaciones anteriores pudieron vencer al nacionalsocialismo y recuperarse tras dos guerras mundiales. De modo que ¿para qué ser catastróficos, si cabe mirarle la cara a las hecatombes sin paralizarse?

Lo que hace la industria de entretención (prensa, películas, política, Internet y cada vez más el academicismo cientificista) es lo otro. Espanta por espantar y se nos hace creer cualquier cosa. Alimenta nuestra predisposición adictiva a fobias y a desastres (reales o montajes), y satisface nuestros deseos de que ocurran cosas terribles para combatir nuestro aburrimiento depresivo cotidiano (el ennui de que habla Pascal). De lo contrario, todo es tan “penca”, no suficientemente real.

No es que para ello se precise ser original. Las cruzadas se remontan a la misma época (siglos XI al XIII) en que sobreviene el miedo apocalíptico. Las cruzadas de niños, un subgénero de las anteriores, en que miles de jóvenes atraviesan Europa, intentan liberar a Jerusalén bajo dominio moro (infructuosamente), y pretenden salvar al mundo, datan de 1212. Desde 1968 no hay generación que no haya sido convocada mediante films y canciones alusivas a estas “Children´s Crusades”.

Greta Thunberg y sus Fridays For Future son la última versión cuca de este periódico “rebobinamiento”. Su ciencia, sin embargo, es dudosa, su activismo apela al mero pánico, y su prédica lo ve todo en blanco y negro. No merece tanta cobertura e histeria. El antiguo Apocalipsis, en cambio, al concebir un Juicio Final, dejaba abierta la posibilidad de que la humanidad se redimiera. Y, en cuanto al castigo, Dios nos libre, sí que era en serio, eterno, no un puro desastre.

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