Breve historia de la Revolución Cubana: de la esperanza inicial a la decadencia totalitaria.

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Chequeando noticias y correos electrónicos me apareció la respuesta de una amiga a un tuit que decía: “Vimos en familia la película Inocencia, de Alejandro Gil, un capítulo muy doloroso de nuestra historia. No olvidemos jamás que así como abundan los héroes, no faltan los mal nacidos por error en #Cuba, que pueden ser peores que el enemigo que la ataca. Viva siempre #CubaLibre!” Al concluir volví a leer el nombre del destinatario porque no entendía si se trataba de una broma, si era un truco de edición o una manera de encabezar una crítica.

El contenido era del actual presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, no tenía nada de trucado y no pertenecía a una soflama de su adolescencia en medio del entusiasmo por ir salvando capas en su ascenso al Himalaya del poder por la ladera de la furia incondicional. Nada de eso, fue escrito hace tan solo 24 horas, el 30 de diciembre del presente año, a las puertas del festejo del vulgo por una vuelta más de nuestro planeta alrededor del Sol, y sobre todo del 60 aniversario del triunfo de lo que en su tiempo fuese un faro de ilusión, de esperanza del pueblo cubano en la reanudación de un período democrático con la Constitución del 1940, y un haz de luz para sectores pre claros, intelectuales, obreros y campesinos de América Latina, que sentían la pulsión universal del cambio y no contaban, superados Cárdenas, Vargas y Perón, con un referente identitario a la altura de las expectativas.

Revolución que arribó al poder con el apoyo de todos los sectores cívicos cubanos, una sociedad muy polifacética, de gran presencia cultural, con una renta per cápita muy superior a las de la mayoría de países latinoamericanos de entonces, incluso superior a la de España. Los guerrilleros de la Sierra Maestra recibieron a lo largo de la isla el determinante apoyo moral y militante de de todos los partidos políticos, y logístico y de financiación de parte la burguesía y pequeña burguesía cubana, de gran parte del exilio en Estados Unidos y Centroamérica. Incluso contó con las simpatías de no pocas estrellas de cine, de literatura, de pensamiento norteamericanas, como Errol Flynn, Ava Gardner, Allen Ginsberg y un sinfín de figuras de la época, la revolución de los barbudos.

La revolución de los barbudos equivalía a decir la rebelión de los irreverentes, de los iconoclastas, de los descontentos, de los inadaptados, de los estigmatizados, de los contestatarios, de los herejes. Así lo entendió el mundo mientras en Cuba la ciudadanía se iba percatando de a poco de que esa ilusión se alejaba a pasos muy aligerados de la realidad. Presos políticos de la propia ala, muertes sospechosas, exilios, prohibiciones, comenzaron a componer el panorama cotidiano que acompañaba a un genuino entusiasmo popular de las clases más paupérrimas y tradicionalmente desfavorecidas desde el principio de los tiempos en el reparto toda nobleza.

Con artimañas casi artísticas, un descollante Fidel Castro fue paulatinamente silenciando, encarcelando, fusilando, exiliando incluso reclutando, mediante la manipulación o la célebre persuasión “Vito Corleoniana” de la proposición que no se puede rechazar, a todos los sectores que en su momento fueron claves para el triunfo de aquel proyecto, pretendidamente común. Los que en la medida que fueron descubriendo las intenciones de Fidel, tanto de apropiarse del poder absoluto como de recostarse sobre la economía y protección de la Unión Soviética, comenzaron a conspirar o simplemente en mayor o menor grado mostrarse en desacuerdo.

Así y todo, tras la declaración del carácter socialista de la revolución y de los lineamientos para los intelectuales de que “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada“, la intelectualidad universal, aun conociendo de primera mano el perfil represor que tomaba el proyecto “Involucionario”, decidieron sacrificarse a sí mismos en el caso en que les hubiese tocado ser cubanos, en beneficio de la masa, y apoyar sin fisuras el proceso, a la par que parte del pueblo humilde y parte del pueblo oportunista; el fascismo alcanza su punto más fuerte que con el protagonismo del pueblo unido. Y así, con la única oposición del campo capitalista y el apoyo absoluto del Segundo Mundo y las fuerzas progresistas mundiales, de a poco, tras los batistianos y contrarrevolucionarios, fueron ingresando a prisión trotskistas, descontentos del PSP, que era el Partido Comunista, cristianos demócratas. Luego empezaron a encarcelar a comandantes, oficiales del Ejército Rebelde que no simpatizaban con el comunismo, profesionales, empresarios amigos, después obreros y campesinos que ostentaban diferentes sensibilidades ideológicas, intelectuales. Hasta que el pueblo adocenado, asustado y monitorizado entendió que solo había un camino: “Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada”.

Cuando Ernesto “Che” Guevara, quien sí fuese entusiasta partícipe y precursor del carácter marxista leninista de la revolución, comenzase a percatarse de la desmedida ambición de poder de Fidel Guarapo Castro y la entrega incondicional de Cuba a una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) completamente distanciada de los postulados leninistas del internacionalismo proletario, de la solidaridad entre los pueblos, excusados por la Realpolitik a que los obligaba la coexistencia pacífica, ya era tarde. Acaso para no dejar apagar aquella fuerte llama inicial del Granma, se embarcó en diferentes expediciones revolucionarias, pero esta vez solo, con la aspereza del poeta coherente, decepcionado de las artes del poder, hasta concluir sus honrosos pasos en la selva boliviana, donde sería abandonado por todos los revolucionarios, hasta el instante en que se conoció su muerte, cuando retornaron los aspavientos de la lealtad incondicional para construir un mito a medida que se les fue de las manos y del limitado universo de sus mezquindades.

Después vendrían los años más estruendosamente recordados, las dictaduras latinoamericanas, los fuertes lazos comerciales de la URSS con la Junta Militar Argentina, y por traslación las negociaciones entre Fidel Guarapo Castro y Jorge Rafael Videla para no denunciarse mutuamente mientras en Argentina morían de las formas más horribles miles de militantes revolucionarios imbuidos precisamente por la Revolución cubana. Luego llegaría la amistad Reagan-Gorbachov, Perestroika y Glasnot, y Fidel decidiría que, aunque todo su pueblo muriese de hambre, menos por supuesto su clase aristocrática, resistirían la situación económica terrible que vivió Cuba. Al no existir más la posibilidad de bombardear Estados Unidos, de bañar de sangre guerrillera Latinoamérica, Fidel, con su sempiterno traje de iguana, se convirtió en “ecológico y pacifista”. El mismo que habría encolerizado de manera enfermiza cuando Nikita Jruschov retiró los misiles nucleares de Cuba tras negociar con Kennedy, porque ya no podría lanzarlos sobre Washington.

Así, a lo largo de estos sesenta años, ha sido un país gobernado por un solo partido político, una sola familia, una estructura de poder muy fuerte y bien establecida, mecanismos de control y de terror de suma eficacia, que han pasado por toda suerte de “revisionismos históricos”, de un cristianismo democrático, a una dictadura del proletariado, a una revolución martiana, a una revolución bolivariana, a una pantomima de elecciones para que se aupase un relativamente joven presidente no perteneciente a la prosapia y pedigrí de la Sierra Maestra, pero que hace solo 24 horas fue capaz de tuitear palabras que reviven al más intolerante y represor Guarapo.

Todo con tal de continuar atornillados al poder, y de impedir la implementación precisamente de la palabra más usada, gastada, restregada, despojada de sentido y vilipendiada de las que han hecho uso: revolución.

El autor es escritor. Es argentino pero se crió en Cuba. Hijo de Juan Martín, hermano menor de Ernesto “Che” Guevara. Vive en España.

https://www.infobae.com/historia/2019/01/01/breve-historia-de-la-revolucion-de-la-esperanza-inicial-a-la-decadencia-totalitaria/

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