Aulas universitarias inseguras

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Toda la discusión está enfocada hoy en cómo garantizar la seguridad en las aulas escolares. Bien, porque en esa etapa de la vida educativa vienen dándose los más graves atentados a la dignidad de los profesores.

Pero no debe olvidarse que, naturalmente, las pequeñas fieras se proyectan desde los audaces quince añitos hasta los prepotentes veinte.

Y cuando no se ha logrado corregir tempranamente una tendencia a la violencia, son entonces las aulas universitarias las que devienen profundamente inseguras. Los que agreden son los mismos, pero cuentan con cinco años más de maduración en sus malos hábitos.

Es lo que estamos percibiendo en nuestras clases buena parte de esas decenas de miles de mujeres y hombres que enseñamos a nivel superior. Y es, paradojalmente, lo que no imaginan ni comprenden quienes redactan protocolos y procedimientos para la docencia, quizás sin haber impartido por años una clase universitaria de pregrado.

Y, perdón, en esto no se puede hablar sino desde la primera persona: llevo algo más de siete mil clases impartidas en la PUC, entre Derecho, Historia, Administración y College. A esa experiencia se suman otras mil sesiones en diversas otras universidades y más de dos mil clases a universitarios en variados ámbitos cívicos, políticos y de formación espiritual. Sí: pasé hace un buen rato las 10 mil presencias con alumnos de pregrado (hubo un año loco, 2009, en que me tocó hablar 588 veces en 365 días).

¿Entiendo de “salas de clases”? Sí.

Recuerdo cómo entré, muerto de miedo, a explicar materia por primera vez, reemplazando a Gonzalo Vial, mi maestro. ¿Muerto de miedo por los alumnos? No, con pánico frente a mi propia ignorancia, pero completamente seguro de que iba a encontrar comprensión y apoyo en quienes eran apenas seis años más jóvenes que yo. Y así fue. Pero ya han pasado casi 42 años desde esa primera vez, y hoy la situación es justamente a la inversa: entro a clases apretado, tratando de disipar esa mezcla de tedio y miedo que las minorías agresoras han logrado inocular en el ánimo de muchos de nosotros. No disfruto, no vibro; los alumnos cuentan con mi presencia, no con mi docencia.

Liturgo y actor -escribí hace años- debía ser, en dosis equivalentes, el buen profesor universitario. Hoy, los ritos académicos -también la oración inicial a Dios- son rechazados explícita o veladamente por este o aquel alumno, que ejerciendo liderazgos autoasignados, asolan la libertad de cátedra y el ambiente de auténtica comunidad universitaria, con sus estériles gritos a favor de todas las causas del progresismo.

Y para qué decir, la actuación. Todo énfasis retórico, toda gesticulación, el humor y la ironía -¡toda la personalidad propia y única que cada profesor debe cultivar, la suya!-, todo eso es motivo hoy de una eventual grabación en el celular, de una exposición denigrante por las redes, de una denuncia judicial.

Liturgia y actuación eran además los instrumentos de profesores con convicciones, eran las legítimas armas de los educadores, de los formadores.

Y en esto sí que se acabó la docencia de verdad; en esto sí que las aulas universitarias se han ido dividiendo en dos mitades: las de quienes solo buscan agradar a sus alumnos “progresistas” con lo que quieren oír, y las escasas que van quedando -y por poco tiempo, además- de quienes intentamos seguir diciendo lo que nuestros estudiantes deben oír. Lo hacemos no por vocación al martirio, sino por lealtad con ese maravilloso pequeño grupo de jóvenes que aún sueña con aprender a amar la verdad.

Suena tragicómico el empeño de algunas universidades por cultivar nuevas metodologías, cuando al mismo tiempo se permite la aniquilación de la verdadera docencia.

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