Araucanía: el gran ausente

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Cada vez que estalla un nuevo drama en La Araucanía, en un lado aparece siempre un combativo grupo de miembros del pueblo mapuche, movilizados y apoyados en las sombras con recursos económicos, logísticos e ideológicos por unas cuantas ONG y sus agitadores nacionales y extranjeros.

Cualquiera que sea el conflicto específico de los tantos que hemos presenciado en estos años, ese polo no ha fallado nunca. Tomas de tierras, muertes propias y ajenas, quemas de inmuebles, de vehículos y de plantaciones; barricadas y asonadas; los detenidos, los panfletos y las redes de protección develan los contornos nucleares que tiene ese polo.

Al frente, a veces como agresor y en muchas oportunidades en condición de agredido, la otra parte en conflicto es muy variopinta y no presenta necesariamente un frente común (¡qué pena tener que hablar en estos términos bélicos, pero esa es la triste realidad!).

A veces son los agricultores y sus familias; en otras, los alcaldes, los gobernadores, los intendentes y hasta los ministros del Interior; frecuentemente, las forestales, las empresas de transporte y los emprendimientos turísticos; en otros momentos son las confesiones religiosas; con frecuencia la Multigremial y, casi siempre, Carabineros. Todos ellos, simplemente… no son un todo. Intentan coordinarse y a veces lo logran, pero en ciertas ocasiones, cada uno tira para su lado o mira para otra parte. Articular intereses tan diversos -aunque todos estén movidos por la intención de paz y progreso para La Araucanía- no es nada fácil, sobre todo si una vez por aquí y otra por allá, algunos de esos grupos fallan en la dimensión ética de su accionar.

Pero, aunque un polo del conflicto esté muy bien definido y el otro sea mucho más amplio y difícil de articular, la bisagra que permitiría acercar posiciones y que podría ser un actor decisivo, hoy apenas se involucra en el proceso de diálogos y rupturas, de concordia y lucha, con que nos sorprende La Araucanía a cada rato. Los grandes ausentes son los mapuches que han dejado la tierra para fundirse laboral, familiar, religiosa y culturalmente con el resto de los chilenos.

Por cierto, se ha contado con esos apellidos -¡y cómo importan los nombres en este drama, también cargado de simbolismos!- en la intendencia, en la Conadi, en las alcaldías, en los medios de comunicación, en el Parlamento, en las universidades y en muchas otras instancias sociales. Los esfuerzos de algunos mapuches por hacer de puentes, por acercar posiciones, han sido señeros, pero muy aislados (no han faltado tampoco los que desde la política, el periodismo o la poesía, se han sumado al polo indígena del conflicto, sin afán alguno de colaborar con una solución pacífica: maximalistas, ellos).

Que alguien haga algo por coordinar a esa enorme mayoría de mapuches que lloran desde la chilenidad el enfrentamiento de los suyos… con los suyos. Ese enorme porcentaje que le dijo que sí a la ciudad, al mestizaje, al castellano, al cristianismo, y que lleva dentro los genes habilitantes para utilizar palabras de concordia.

Bonito deseo, pero nula posibilidad de transformarlo en realidad si, por ejemplo, no toman esta bandera las universidades de la zona y se proponen, primero en el mundo de la cultura y de la investigación, articular a todos los mapuches que por sangre y buena voluntad podrían acortar distancias, acercando posiciones que parecen irreconciliables. Y después, lo mismo con los mapuches emprendedores, y con los deportistas, y con los pastores, y con los líderes sociales.

Renunciar a un intento de esa naturaleza significaría ofendernos unos a otros y despreciar quizás la última posibilidad de tener paz y justicia.

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