Anomia

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José Joaquín Brunner

Asistimos a un grado de desorganización tal de la sociedad que se ha vuelto común hablar de anomia; un estado de desorden y ausencia de ley. En la tradición sociológica significa carencia de normas sociales o su degradación. Durkheim, sociólogo francés, la atribuía a una falta de regulación colectiva; sostenía que provocaba una alteración de la conducta social.

En Chile vivimos un estado anómico. Se ha normalizado la violencia contra personas, propiedades y símbolos. Además se ha producido un avance masivo del comercio ambulante, desorganizado el tráfico urbano, interrumpido el año escolar, alterado la PSU, cedido el control de las calles y perturbado la cotidianidad de todos.

En efecto, la anomia reemplaza comportamientos acostumbrados, considerados normales y legítimos, por conductas asociales o directamente antisociales.

El propio Durkheim, al analizar la sociedad francesa de fines del siglo 19, postuló que la anomia expresaba, por un lado, el rápido cambio impulsado por la revolución industrial y, por el otro, el desajuste en la condición humana entre el deseo infinito que la mueve y las circunstancias sociales que impiden su satisfacción.

Esta explicación aplica asimismo al Chile de hoy. En virtud de la revolución capitalista experimentada por nuestra sociedad, las normas y valores que definían los roles sociales y expectativas de una gran parte de la población —los pobres y la masa marginal de los años ochenta, casi la mitad entonces de las y los chilenos— han quedado obsoletos. Ya no son capaces de regular el comportamiento y las aspiraciones de los estratos emergentes de clase baja no pobre y de los nuevos estratos de clase media aún vulnerables y no consolidados.

Estos grupos han cambiado sus modos de vida y demandan satisfacciones económicas (empleo, ingreso), sociales (salud, educación, previsión), políticas (voz, participación, seguridad) y culturales (dignidad, trato igualitario, respeto) que el sistema no está en condiciones de otorgar. Agréguese a esto que, según decía nuestro sociólogo francés, la naturaleza humana es de por sí insaciable y sus deseos un mar sin fondo, al que ninguna satisfacción le resulta suficiente, sino que estimula nuevos deseos.

En ausencia de una fuerte regulación externa y límites autoimpuestos, dichos grupos poseen solo una alternativa. O se conforman con el malestar (malaise) que esa situación produce y ajustan sus expectativas a una lenta evolución y mejoramiento de sus condiciones de vida, o bien se rebelan y protestan, definiendo un nuevo horizonte de aspiraciones —una sociedad con distribución más igualitaria de oportunidades y beneficios—y buscan acercarse a él mediante su voluntad manifestada colectivamente. La protesta es pues consecuencia de la anomia y, a la vez, podría ser una forma de superarla.

https://www.elmercurio.com/blogs/2020/02/14/76364/Anomia.aspx

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