Chile contra el tráfico: mientras Europa retorna del fracasado projecto igualitario de educación, Chile lo toma como modelo

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Una inquietante reforma educativa

Alejandro Navas: “Cuando en los últimos años asistía a las movilizaciones de los estudiantes chilenos, veía con simpatía su reivindicación de una enseñanza de calidad. Me inquieta que ya no se hable más de ese objetivo tan razonable. Ahora parece que solo importa acabar con el lucro, el copago y la selección…” Domingo 14 de septiembre de 2014

Desde hace veinte años viajo a Chile por estas fechas, en el verano europeo, para hacer clases en diferentes universidades. Disfruto el reencuentro con amigos y colegas y el contacto con alumnos inquietos y deseosos de aprender. En esta ocasión noto enrarecido el ambiente político en general y educativo en particular. Es normal que el nuevo gobierno se ponga con energía a la tarea de implementar su programa, pero me preocupa el rumbo de su política educativa.

Uno de los pocos inconvenientes del sistema democrático es que los gobernantes no suelen mirar más allá del horizonte de los cuatro años que restan hasta las próximas elecciones. Pero en la educación adquiere especial vigencia el lema clásico ars longa, vita brevis . El arte -en este caso, el debate sobre la reforma y su consiguiente aplicación- puede hacerse interminable: los gobiernos y sus expertos se suceden, y hacen y deshacen en función de sus respectivas ideologías y programas. La vida breve es aquí la de los alumnos, que no dispondrán de una segunda oportunidad si el experimento de turno fracasa. De ahí que se requiera una especial prudencia al plantearse cambios en la enseñanza. Jugar alegremente con la educación y con las vidas de cientos de miles de estudiantes resulta criminal.

Cuando en los últimos años asistía a las movilizaciones de los estudiantes chilenos, veía con simpatía su reivindicación de una enseñanza de calidad -exigencia que incluso se pretendía incorporar al texto constitucional-. Me inquieta que ya no se hable más de ese objetivo tan razonable. Ahora parece que solo importa acabar con el lucro, el copago y la selección.

De repente me siento retrotraído a la Suecia de hace cuarenta años. “El sistema educativo debe parecerse a un prado cortado de modo completamente uniforme; ninguna brizna de hierba debe sobresalir lo más mínimo”. Así se expresaba el ministro sueco de Educación a mediados de los sesenta. “Elitismo” y “excelencia” eran las palabras malditas para la socialdemocracia de la época. El modelo sueco, paradigma del Estado del Bienestar, se admiraba en todo el mundo y era referente obligado para la izquierda no revolucionaria.

 

Pero el igualitarismo impuesto desde arriba tuvo un efecto paralizador de las mejores energías sociales, y acabó sumiendo al país en una profunda crisis. En los noventa vino el necesario y radical cambio de rumbo, fruto de un acuerdo de todas las fuerzas políticas. La izquierda sueca, nada dogmática, supo reconocer la inevitabilidad de esa rectificación, y hoy el país vuelve a prosperar. El Gobierno chileno podría preguntar a tantos compatriotas que se exiliaron en Suecia en los setenta, huyendo de Pinochet, y que han sido testigos privilegiados de esa notable metamorfosis.

Europa vivió en su momento el furor de la reforma igualitarista. La “comprehensividad” buscaba una educación pública, gratuita y sin esfuerzo, igual para todos. Nadie iba a quedar excluido, se prohibía reprobar y repetir curso (había que evitar traumas a los alumnos). Se decretó que el aprendizaje dejaba de costar esfuerzo y se convertía en algo lúdico. La plastilina sustituyó a los antiguos libros de texto. El profesor reducía su papel al de un mero animador, mientras que los alumnos aprendían solos -eso sí, en grupo-. El experimento se ha saldado con un clamoroso fracaso. Los países antaño pioneros de la reforma -por ejemplo, Suecia, Inglaterra y Francia- están ya de vuelta, y recuperan los valores y métodos tradicionales: enseñanza frontal, esfuerzo, memoria, exámenes, lenguaje y matemáticas.

Me duele que España todavía no acabe de dar este paso. La LOMCE de Rajoy, recién aprobada, no es más que un tímido paliativo de la LOGSE socialista. Y me da mucha pena que Chile esté a punto de subirse a un tren que lleva a ninguna parte. Cuando visitó España durante su primer mandato, la Presidenta Bachelet declaró que la agenda de Zapatero era la suya. Zapatero dejó tanto al país como al Partido Socialista hundidos en una profunda depresión. Ojalá que Bachelet deje aquí un legado bien distinto. ¿Será capaz de rectificar, como hicieron los socialistas suecos en su momento? Einstein decía que cuesta más trabajo romper un prejuicio que romper un átomo. El bien que hay en juego merecería ese esfuerzo.

Alejandro Navas
Profesor de Sociología
Universidad de Navarra

http://www.elmercurio.com/blogs/2014/09/14/25195/Una-inquietante-reforma-educativa.aspx

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