“Piedras vivas. Piedra de contradicción. Piedra de escándalo” (Cf. I Pe 2, 5-7).

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José Luis Aberasturi                    InfoCatólica                    9.02.20

Es el “signo” de la Iglesia Católica: la más perseguida siempre; pero, en los tres últimos siglos -del XIX a lo que llevamos del XXI-, con enorme diferencia y especial saña: casi podríamos decir, sin exagerar lo más mínimo, que es la única perseguida ¡a muerte!

Pregunten a los masones y a sus bien comprados/bien pagados mariachis -la progrez de todo signo- que, con la Revolución Francesa y sus múltiples secuelas, y con las muy poco diversas y muy aunadas masonerías como sal de todo plato -liberalismo, socialismo, anarquismo, marxismo, republicanismo, nacionalismos, etc.- se han dedicado a perseguir a la Iglesia y a los católicos, como la única salida válida a lo suyo. Y los métodos han acabado siendo siempre sangrientos: unas veces más, otras menos, pero siempre con derramamiento de sangre.

¿Por qué? ¿Qué hemos hecho? No es un problema de que hayamos hecho algo que nos merezca esto, y menos como castigo, y menos aún como venido directamente del Señor. Nada más contrario a la realidad.

El Santo Evangelio recoge exactamente estas palabras del mismo Jesús que nos lo aclaran todo y de una vez por todas: Si a Mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. También en esto, y no solo en el tema de la Caridad, se nos conoce y se nos reconoce como discípulos de Cristo, como auténticos cristianos: llevamos entonces, y bien a la vista, y muy bien certificada la “denominación de origen”, la verdadera autenticidad. O llevábamos… Y sí, la siguen llevando y con la cabeza bien alta, en África y en Asia. Con mártires, claro.

Pretender sacudirse voluntariamente este “signo de predilección divina” y, además, al precio que sea  -da igual un plato de lentejas que una púrpura-, es, exactamente y por la fuerza de la lógica -moral e intelectual-, signo de rechazo del Reino de Cristo. Reino que “tiene estas cosas”: Si alguno me ama, tome su Cruz cada día, y sígame. Y esta otra: No es el discípulo más que su Amo.

Por tanto, todo lo que está pasando en la Iglesia Santa, en sus miembros más encumbrados y en sus Instituciones, tiene un sentido. Y, desde Dios, es un sentido sobrenatural, de purificación, de “purgación pasiva” si se quiere; más de definición “personal”, porque la “colectiva” o “institucional” está como está. Y, si lo queremos aprovechar, hemos de transitar por ahí necesariamente, acogiéndolo como un don divino.

También, todo este descalabro tiene una enseñanza humana: cuando nos creemos que la Iglesia es “nuestra” y, por tanto, podemos “hacer y deshacer a nuestro antojo”, pasa lo que pasa. Vamos: lo que está pasando a ojos vistas, día sí y día también. Y, entre otras muchas cosas, es un desastre.  Para qué nos vamos a engañar.

Únicamente los que se ciegan a sí mismos; o los que se tapan las orejas; o los que se dedican -por lo intelectual y lo moral- a los “solitarios”; o los que se engolfan en “lo de siempre”, como la perfecta “coartada” para no aterrizar nunca “en lo de hoy y ahora”, dejando de paso vendidas a las almas y a los pies de los “signos de los tiempos y de sus profetas”…, no se enteran de nada. Y, si se enteran y callan: peor nos lo ponen a todos, porque a todos traicionan.

Y ahí están los resultados para comprobarlo: iglesias vacías, casas religiosas que echan el cierre, desbandada de posibles vocaciones; amén las defecciones de muchos miembros más que cualificados, especialmente por pérdida del “alma” de la “primera caridad“.

Con todo este desbarajuste, muchas gentes buenas abandonadas de este modo, han ido y van a llenar y a engrosar las filas de las instituciones, católicas o pseudo-católicas, que, con mayor o menor acierto, aún ofrecen eso precisamente. O eso les parece.

¿Cómo justificar el miedo a ser -y que se vea, porque se demuestra- “piedra de escándalo”, hoy y ahora? ¿No lo fue el Señor? ¿No nos ha dejado dicho Él que también nos perseguirían? ¿Entonces?

¿Cómo se puede compaginar ser “discípulo de Cristo” -la “imitación de Cristo”, “pisar donde Cristo ha pisado”-, con quitar el hombro a la hora de la Cruz, y “ocultarse y desaparecer”: no por humildad -que sería más que excelente, santo- sino para “pasar desapercibido” y no ser “perseguido”?

Y ¿cómo se ha llegado a estas cosas?

Voy a poner un ejemplo “visual” que a algunos -o a muchos- les puede parecer intrascendente, pero que, para mí, es la “anécdota” que adquiere categoría de “icono”. Para el que lo quiera ver, claro.

Lo recordaréis. Después del Concilio Vaticano II, prácticamente desde Roma se obligó, institución eclesial tras institución eclesial, a cambiar sus Constituciones. Y una de las cosas a las que prácticamente también se les obligó, fue a “cambiar el hábito”. Cambio que, al poco tiempo, se había cambiado tanto… que desapareció.

Y esto trajo un problema “mayor”, deseado o no: con la desaparición del “hábito” -religioso o clerical- desapareció a los ojos de todos, lo que “eso”, exactamente “eso”, representaba visiblemente; y, en primer lugar y como primera provisión, para los mismos que lo llevaban: una forma de “vida entregada”, de “vida de perfección”, de vocación en la Iglesia, que siempre es compromiso y segregación. Y se “desvirtuaron” personas y carismas. Y pasó lo que pasó y lo que pasa: que ya ni se sabe de qué va esto, a tenor de las largadas al uso.

¿Qué creían? ¿Que no iba a pasar nada? Se está viendo ahora en todo su desgraciado descarrío.

¿Razones para quitarse los hábitos? No asustar, no separarnos, no aparecer como mejores y por encima, ponernos al mismo nivel, ser “normales”… y demás chorradas al uso; que las hubo. Y pasó lo que pasó.

De inmediato y como primera consecuencia, deseada o indeseada, insisto: una desbandada, en la misma Iglesia como jamás se había conocido y padecido: cientos de miles de sus miembros más comprometidos “colgaron los hábitos”: expresión que vale su peso en oro, porque ha retratado la realidad.

Y luego, una vez que se quedaron los que se quedaron -y muchos de ellos se quedaron para instalar esa deriva que, al final, no les va a quedar sino apagar la luz-, han visto ante sus ojos cómo han ido muriendo de inanición, y se han quedado en nada: han ido viendo vaciarse sus casas, como antes se han vaciado por dentro. Lógico: no han tenido “generación” y, “sin hijos”, ninguna familia se perpetúa.

Porque esa pérdida de visibilidad -para sí mismos y para los demás- les trajo lo que se llamó, con verdadero y malhadado acierto, “crisis de identidad”: se habían quedado tan desarraigados, se habían distanciado tanto de sus únicas raíces que, en el fondo y por eso mismo, ya estaban “muertos”. Y lo siguen estando. Eso sí: con grandes, hueras y públicas alharacas apelando a “la esperanza” y “al futuro”. Como si lo tuvieran.

¿Por qué este “complejo de inferioridad” ante el mundo? Teniendo a Dios -en Cristo- ¿no lo teníamos todo? ¿Nos faltaba algo? ¿Estábamos defraudados/engañados, por parte de Dios y de su Iglesia, en algún tema específico? ¿No poseíamos -y poseemos; si la mantenemos, claro- la Verdad que salva?

¿Entonces?

¿Cómo hemos podido “tragar”, especialmente a los miembros de la Jerarquía Católica, el miedo a proclamar la Verdad de Cristo y de su Iglesia; y, en consecuencia, la verdad más profunda -real- sobre el hombre, en todos los horizontes de su ser  de su vida?

El cardenal Sarah nos lo explica con su denuncia -“irreverente”, para tantos “acomodados”- en la que no se muerde la lengua precisamente:

“¡No tengamos miedo! ¿Se puede ofrecer a la humanidad mejor regalo que la Verdad del Evangelio? Es cierto: Jesús es exigente. ¡Sí, seguirle exige tomar su Cruz cada día! La tentación de la cobardía ronda por todas partes y acecha en particular a los pastores. La enseñanza de Jesús se nos hace demasiado dura. ¡Cuántos de nosotros tenemos la tentación de pensarEs dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? (Jn 6, 60)! El Señor se vuelve hacia aquellos a los que ha escogido, hacia nosotros, obispos y sacerdotes, y nos pregunta de nuevo¿también vosotros queréis marcharos? (Jn 6, 67). Clava sus ojos en los nuestros y nos pregunta uno a uno: ¿me vas a abandonar? ¿Vas a renunciar a enseñar la Fe en su integridad? ¿Tendrás valor para predicar mi presencia real en la Eucaristía? ¿Tendrás valor para llamar a esos jóvenes a la vida consagrada? ¿Te atreverás a decir que sin la confesión regular la comunión sacramental corre peligro de perder su significado? ¿Tendrás la audacia de recordar la verdad de la indisolubilidad del matrimonio? ¿Tendrás caridad para recordárselo incluso a quienes es posible que te lo reprochen? ¿Tendrás valor para invitar con delicadeza a cambiar de vida a los divorciados comprometidos en una nueva relación? ¿Prefieres el éxito a querer seguirme? Dios desea que, como san Pedro, llenos de amor y de humildad, seamos capaces de responderle: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68)” (Se hace tarde y anochece, pp. 17-18. 2ª ed. Palabra. Madrid, 2019).

Lo dejo aquí, aunque es posible una segunda parte.

Y seguimos con lo más nuestro: rezar, Al Señor, y a su Madre Santísima. Todo lo que podamos.

http://www.infocatolica.com/blog/nonmeavoluntas.php

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