Pasión por la SANTIDAD.

0 149

José Luis Aberasturi                      InfoCatólica                    11.01.21

La SANTIDAD es la GRAN pasión del Señor: ¡Él es SANTO! ¡Si la Tercera Persona de la Santísima Trinidad se llama, precisamente, Espíritu Santo, el Santificador, que nos ha sido enviado por el Padre y el Hijo!

Por tanto, Él es Santo y nos quiere santos, a nosotros sus hijos: no en vano, y por la Gracia bautismal, participamos de su misma naturaleza divina: consortes divinae naturae, se nos revela en el Nuevo Testamento. Para nosotros, no hay nada más grande en este mundo, ni en el otro: porque perdura por toda la Eternidad.

Ya en el Antiguo Testamento Dios nos había dicho y escrito en repetidas ocasiones por mano de sus Profetas: Seréis santos para Mí, porque Yo, Yahweh, soy santo. (Lev 11, 44-47; 20: 26; 21: 8; Num 6: 5; 15: 40). En una traducción más “cercana” e “íntima” de la expresión griega y/o latina, pero sin perder un ápice de su intensidad, podríamos también decirlo así: Seréis “mis santos”, porque Yo, Yahweh, soy santo.

Como es lógico, natural y sobrenaturalmente hablando, Jesucristo, no deja de levantar, bien visible y muy en concreto esta “bandera”: Sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto, nos dirá. Y, por cierto, no podría señalar nada más excelso. Pero también aquí podríamos traducirlo de este modo: Sed “santos”, como vuestro Padre Celestial es “santo”, sin que cambie un ápice ni su sentido ni su fuerza.

Esa misma “pasión” divina la quiere Dios para todos nosotros, sus hijos. Por eso, esta debe ser nuestra primera PASIÓN: debemos vivir APASIONADAMENTE nuestra vida cristiana en toda su plenitud.

San Pedro, como primera Cabeza de la Neo-Iglesia, no se olvidará en absoluto -como no podía ser de otra manera-, de estas palabras del Señor; y se remitirá, intencionadamente, al AT: No os conforméis a los deseos que antes teníais en vuestra ignorancia; sino que, así como Aquel que os llamó es Santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: “Sed santos porque Yo soy santo” (I Ped 1, 14-16). Lo “viejo” ha pasado: surge lo “nuevo”: CRISTO, y la VIDA CRISTIANA; que denominamos SANTIDAD.

Como va de suyo, san Pablo nos lo escribe encarecidamente: Nos ha escogido el Señor, desde antes de la creación del mundo -¡con qué fuerza lo proclama!-, para que fuéramos santos e inmaculados en su presencia por el Amor (Ef 1, 3-4). Finalmente, san Juan, en su Apocalipsis, rematará: …y el que es santo, siga guardándose santo (22, 11).No son las únicas citas que podemos aportar; pero supongo que son más que suficientes para ilustrar y fundar convenientemente, y con la propia Palabra de Dios, la Verdad que consideramos.

¿En qué ha quedado esta “pasión”, tanto en su Iglesia como en sus hijos?

Como tantas otras realidades dentro de la Iglesia Católica, ésta -la SANTIDAD, la VOCACIÓN, lo que se designa con el nombre de “LLAMADA de Dios”-, también se ha desvirtuado: se ha aguado. Como mínimo, se ha desdibujado. Y, a estas alturas y con la que está cayendo, ni se sabe ya de qué va el tema, en grandes sectores de bautizados que aún se llaman, y se tienen, por católicos. Incluidos los eclesiásticos. No digamos los religiosos.

Curiosamente éstos -los “religiosos”: anacoretas, cenobitas, monjes, vírgenes, religiosos-, nacieron para dar cauce a esta “Pasión por la Santidad”… de la gente corriente: que dejaba de ser “corriente” o “del montón”, para buscar seriamente la Santidad: solo les interesaba el Señor y la lucha por la Salvación que Él nos trae y alcanza. Hasta el punto de APARTARSE de todo lo de aquí abajo para dedicarse, en exclusiva, al Señor. Y, por y desde Él, a los demás. Oración, trabajo y caridad serán sus pilares. La “Pasión por la Santidad” venía buscada con mucha exigencia, y hasta sus últimas consecuencias: “apartarse del mundo” hasta “materialmente”: no había mejor ni mayor negocio que la Salvación, personal y ajena. Y con esto no jugaban, antes al contrario.

Enseguida vendrán también -y se sumarán- los votos clásicos de Castidad, Pobreza y Obediencia, como los compromisos específicos en su “imitación de Cristo”, y como sus señas de identidad más propias; de hecho los “significaba” y “separaba” frente al resto, dentro y fuera de la Iglesia. No es de ahora, ni mucho menos: viene de muy atrás desde bastantes siglos atrás; pero esta “grandeza” trajo consigo un efecto colateral no deseado -supongo-: porque trajo una excesiva “zonificación” del horizonte de la SANTIDAD en la Iglesia; y, en consecuencia, se “acortó” y “empequeñeció” su significado a la estricta “profesión RELIGIOSA”, como su primera cumbre; y, ya más en segundo plano, a la vocación SACERDOTAL.

¿Y los “laicos”, que aún no se llamaban así?

Los LAICOS, los cristianos “a pie de calle”, no estaban contemplados en este horizonte, ni remotamente: eran cristianos de “tercera regional”, y moraban en un “limbo” eclesial. Hasta el punto de que, de hecho, el término “vocación” quedó reducido al ámbito de los religiosos y de los sacerdotes. Así ha llegado hasta nosotros. Y, en la práctica y en tantos sitios en la Iglesia, se sigue manteniendo el esquema.

El mismo proceso -desvirtuar, empequeñecer; cuando no, denigrar- se dio con el término SANTIDAD, SANTO. “Santos” solo podían ser los “religiosos” en sus distintas modalidades; bien que eran modalidades muy exigentes, la verdad, empezando por la emisión de los votos correspondientes.

Votos que se exigían muy radicalmente: no en vano eran las señas de identidad de la vida religiosa, centrada en el comptentus mundi: el apartamiento del MUNDO -lugar “tenebroso”, en sentido espiritual pero directo-, donde nos acechan todo tipo de tentaciones. De ahí que, para amarrar la Salvación que nos trae Jesucristo, había que “salirse” de él.

Luego, pero más de un escalón por debajo, insisto, “algunos” sacerdotes especialmente modélicos y virtuosos. Los demás, los cristianos “normales”, casados en su inmensa mayoría, y precisamente por su VIDA CONYUGAL -su “vocación” y su vida específica-, estaban “contaminados”. Sin decirlo así, pero en la práctica así se consideraba: solo los “puros” estaban llamados por Dios a la Santidad. Nadie se atrevía a decir en la Iglesia que los laicos no podían ir al Cielo -a alguno que lo dijo se le tachó directamente de HEREJE-; pero, eso sí, lo tenían muy, pero que muy difícil.

De este modo, y con esta “mentalidad” los religiosos en todas sus modalidades y carismas, han sido un auténtico pilar de la vida de la Iglesia, y de la presencia real de Cristo en medio de sus hermanos, los hijos de Dios en su Iglesia en medio del mundo. Han sido TODO en la Iglesia.

Todo esto contrastaba frontalmente con la vida de los Primeros Cristianos, nuestros hermanos mayores en la Fe y en la Fidelidad al Señor: por ellos estamos nosotros en la Iglesia. Y por ellos, entre otras cosas, sigue habiendo Iglesia. Entre ellos, se llamaban y se saludaban con palabras de este nivel y con esta intensidad: “Os saludan los santos…”“saludad a los santos de all픓saludaos con el ósculo santo”. Pero esto, sin saber muy bien por qué -aunque sí se puede vislumbrar, por supuesto-, desapareció del “mapa” de la Iglesia -de su pastoral y de su vida-, anquilosándose ésta, en el horizonte descrito en los párrafos precedentes.

Esta es una de las pocas cosas que el Concilio Vaticano II, no sin inspiración del Espíritu Santo -quizá harto ya de este “recorte”, extraño y ajeno a la Iglesia de Cristo-, pretendió cortar por lo sano. Y volver, como era lógico y de la mano del Señor, a los orígenes. Otra cosa es en qué ha quedado, realmente y en la práctica, el intento.

EL Concilio trasladó casi palabra por palabra, el mensaje que, el hoy san Josemaría Escribá de Balaguer, sacerdote APASIONADO por la Santidad, Fundador del Opus Dei, predicaba y propugnaba, ante sacerdotes, religiosos y laicos, ya desde antes de 1928: todos estamos llamados por Dios a ser Santos. TODOS. Porque, en el fondo, no hay más que UNA “vocación” en la Iglesia; porque, en el fondo, solo hay UNA única “condición” dentro de la Iglesia: todos somos HIJOS de Dios, por el hecho único de recibir el mismo Bautismo. Todas las demás “vocaciones” o “condiciones” dentro de la iglesia, vienen y son sobreañadidas a esta primigenia y fundante.

Así nos lo escribía san Josemaría hace muchos años ya: “no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios”. Subrayando, desde luego que, en la Iglesia no hay santidades “de segunda categoría“. Y se remitía, como referente y ejemplo perenne, a la vida de los Primeros Cristianos: apasionados por la Santidad, hasta el punto de dar la vida, literalmente, por alcanzarla. Porque se los cargaban.

Es lo que san Pedro nos ha dejado escrito: Vosotros sois linaje escogido, clase sacerdotal, gente santa, pueblo de conquista, para publicar las grandezas de Aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros, que antes no erais pueblo, y ahora sois Pueblo de Dios; que no habíais alcanzado misericordia, y ahora la habéis alcanzado (1 Ped 2, 9-10). Al predicar estas cosas, los más “bienpensantes” afirmaban de san Josemaría que era “un soñador”. Otros, ya no tan “bienpensantes”, directamente se decantaban por el término: “hereje”. Ya digo, tuvo que venir el Concilio Vaticano II para poner las cosas en su sitio. Y, teóricamente las afirmó y las puso. Ahí están los textos. De hecho, a san Juan Pablo II no se le caía de la boca esta afirmación; que llevó a todos los rincones del mundo, de palabra y por escrito. Y elevará a los altares al hoy san Josemaría Escribá. Lo mismo defenderá, una vez y otra, Benedicto XVI.

Por contra, la vida religiosa en todos sus niveles, fue “obligada” por el Concilio, sí o también, a cambiar sus “viejos” Estatutos. Unos Estatutos que no solo los mantenían unidos, como su cordón umbilical, a sus Fundadores: sus fuentes de inspiración; además, los unían a los netos ejemplos que, con el correr de los siglos, sus antecesores, habían dado de Santidad y buen hacer eclesial, doctrinal y apostólico; amén de sus múltiples obras de caridad y de enseñanza. Todo ello con un espíritu evangelizador de primer orden, que había resistido tanto el embate de los ataques exteriores -del mundo, del demonio y de la carne-, como el paso del tiempo, que había ceñido su fidelidad y su perseverancia.

Al perder esa unión vital, se “echaron a perder”. Hoy, la vida religiosa, en su inmensa mayoría en todo el mundo, languidece. Y se está muriendo. Se ha cumplido el clásico: Corruptio optimi, pesima! La corrupción de lo mejor es lo peor. Dejamos para una próxima oportunidad esta narración, que centraremos, en exclusiva, en los laicos: los grandes “perdedores”. Contra el querer de Dios.

https://www.infocatolica.com/blog/nonmeavoluntas.php/2101030633-todos-en-la-iglesia-tenemos-v#more40601

Ayúdenos a llegar a miles de personas como usted.