O sea: ¿tampoco hay que hablar del infierno…?

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José Luis Aberasturi                     InfoCatólica                   17.01.20

El ínclito cardenal Marx, tan de buen ver como inteligente y/o viceversa, se tira de la moto -una alemana, supongo, para hacer patria-, o es “la voz de su amo”, con lo siguiente: “Allí donde alguien siembre el miedo -al infierno o a cualquier otra cosa- el Evangelio no puede tener efecto”.

Vale. Pero esto, ¿qué recorrido tiene? Dicho de otro modo, y sin que este hombre haya explicado o acotado su sentido, ¿para qué sirve? ¿Jesús dice algo de esto -o parecido- en su Evangelio? ¿Acaso pretende este buen sr. cardenal que el Evangelio solo “tiene efecto” CUANDO SE OCULTA EL EVANGELIO?

Porque no hablar del infierno -al que, por cierto y por boca de Jesucristo, hay que TEMER- es ocultar el Evangelio… tapándole la boca al mismo Dios. E, intelectualmente, viene a ser algo así como que “una fachada solo queda bien pintada cuando no se pinta”. O, “uno aprende bien matemáticas cuando no se le enseñan”. Más o menos o por el estilo.

Lo que nos lleva a la pregunta definitiva, pero necesaria: ¿estos DEMOLEDORES de la Iglesia -de la Fe y de la propia Obra de Jesucristo- van a dejar al final algo en pie? ¿O pretenden derribarlo absolutamente todo para que no quede “piedra sobre piedra”? Expresión, no hay que olvidarlo, que Jesús aplica al Templo judío como icono visible de hasta qué punto Dios los había reprobado por no quererle acoger, recibir y reconocer en su Hijo Amado: máxime después de haber visto sus obras, “obras como de Hijo de Dios“.

Vamos a intentar poner las cosas en su sitio, para dar a todas las almas en su Iglesia la seguridad y la paz que Cristo nos ha traído, y que son la garantía y el certificado de Dios -su primerísima Providencia-, para los que creemos en Él. Que nos lo paga -“es buen pagador”: no lo hay mejor-, como se ve y se experimenta, inmediatamente así.

Cristo no ha venido a traernos el miedo, y menos a Dios mismo. Todo lo contrario: Cristo ha venido para salvarnos; y, por tanto, para quitarnos todos los miedos habidos y por haber que suelen acompañar necesariamente nuestro caminar terreno.

De entrada, y como primer don, el que más miedo daba a los hombres -porque los hombres siempre han creído en un dios: los ateos son muy “modernos” (de ayer mismo) para lo que es la historia de la Humanidad-: ¡el miedo a Dios… y a “sus venganzas“! Porque los DIOSES -falsos por definición- son pero que muy vengativos.

Por cierto, tanto más pavor producían al personal cuanto más “falso”, por “inventado”, era su dios; o sus dioses: que no hacían sino multiplicar los miedos: a tanto por dios. Nos bastaría acudir al expediente de los sacrificios humanos, que se han dado por tantas partes del mundo en los cinco continentes, para certificarnos de ello. Amén, la fatalidad que instalaban en cuerpos y almas.

Un monumento a la crueldad “de los falsos dioses” fue, comprobado por la Historia y atestiguado por los descubridores de América, los miles y miles de sacrificios humanos con que se les “aplacaba”, en Méjico, y tantos otros sitios.

De hecho, una de las causas de la intensidad y la velocidad que adquirieron las conversiones de los indios en toda América, también en lo que hoy es EEUU y Canadá, fue la predicación del “¡único y verdadero Dios que, en Jesús, muere, Él, por todos nosotros!”. Y la prohibición absoluta de los sacrificios humanos y del canibalismo. Aparte el infundir en las relaciones humanas, empezando por la familia y la mujer, la caridad que Cristo nos había traído y dado como “seña de identidad”.

Cristo, el rostro visible del Dios invisible, viene a mostrarnos -para que lo podamos “ver”- que el rostro de Dios es amor. Y lo demuestra “por Él, con Él y en Él”, como rezamos -y lo “actualizamos”- cada día en la Santa Misa, con la Consagración.

Por eso, a Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, tras la venida de Cristo, no tenemos que “aplacarlo”, sino que tenemos que quererle: “Amarás a Dios sobre todas las cosas“. Así lo hemos aprendido -así nos lo ha enseñado el mismo Dios, entregándonos sus Mandamientos-, y así debemos esforzarnos en vivirlo cada día, siempre.

Esta es la esencia de la Vida Cristiana vivida en plenitud.

¿Por qué a Dios -a nuestro Dios, Uno y Trino- no tenemos que “aplacarlo” por nuestros pecados? Porque, pecadores, lo somos y de qué manera…: el justo peca siete veces cada día.

La respuesta es muy sencilla: porque, con su Pasión y Muerte de Cruz lo “aplacó”, sobreabundante y universalmente -en favor de todos los hombres de todos los tiempos-, el mismo Cristo: su “Hijo Amado, mi Predilecto”.

Sin embargo, y sin dejar por eso de ser Dios-Amor, Jesucristo no nos ocultó la realidad del demonio y del infierno: reiteradamente, como no podía ser menos dada la gravedad del tema -¡nos jugamos la Vida Eterna, ni más ni menos!-, nos advierte sobre eso desde su Corazón, que arde de Amor por nosotros de continuo. Por eso nos previene: porque nos quiere a todos con Él, para siempre.

Además, pone ejemplos clarísimos de gentes que se condenan a sí mismos, porque hacen obras contrarias a su Ley, a sus Mandamientos. Remachando además su recorrido personal con el signo de lo definitivo: ¡Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles! Y para todo el que les quiera acompañar: de fijo.

Pues, asentado esto, ¿en qué lugar queda lo del miedo, lo del infierno y demás? Porque, si hablando de estas cosas -que es lo que siempre ha hecho la Iglesia y sus predicadores-, y según el orondo parecer y entender del sr. cardenal, el Evangelio no puede prender… entonces, ¿con qué nos quedamos? ¿Por dónde tiramos?

Vamos a verlo. Si el sr. cardenal tuviera razón, como la Iglesia -incluso en Alemania, al menos hasta hace cuatro días- ha ido por el mundo entero sin callarse lo del infierno, ¿cómo se explica que hoy, el mundo, sea más católico que nunca, más que cualquier otra cosa además? Según este “presi” de la CEA sería imposible tal “éxito”. Vamos: ¡inexplicable!

La pregunta del millón: ¿se equivoca él, o Jesucristo y la realidad histórica de la Iglesia? ¿Qué carga de ideología, o de desencanto, o de vacío espiritual hay que tener para que todo un sr. cardenal llegue a contradecir, públicamente y desde su posición jerárquica, las mismas Palabras del Señor, recogidas en su Evangelio? Solo el insondable misterio del alma humana nos lo podría aclarar…, y no lo va a hacer

¿Estos señores, podrían decirnos de una vez -y ¡ya!: porque nos urge para saber dónde estamos y dónde queremos, o no, estar-, qué cosas podemos seguir manteniendo de los Evangelios? ¿O hay ya que tirarlos, y encargarles a los “mafiosos de san galo” -por ejemplo; o a los “amazónicos, con máster en Alemania”- otros evangelios “nuevos”, como hicieron los anglicanos con su “libro de oraciones”, que arrasó -mártires incluidos- con la Iglesia Católica en Inglaterra y demás lugares? ¿Vamos a poder seguir hablando de algo, citando a Jesucristo como fuente de autoridad?

¿Cómo pueden llegar a creerse investidos de “autoritas” para echar todo abajo? ¡Incluso el Credo en la Santa Misa! Y ahí está el sr. obispo de Pinarolo -otra lumbrera, lleno de celo apostólico y de amor por la Misa, por la Iglesia y por las almas- para demostrarlo. Autoridad… ¿de “quién”? ¿Por qué no aclaran esto también? Porque de la Iglesia Católica no es…, ni lo podrá ser.

En todos estos se cumple aquella profecía de Jeremías que es, a la vez, una acusación del Señor contra su pueblo; en especial, contra sus dirigentes religiosos: “Espantaos, cielos, horrorizaos y pasmaos… Porque dos maldades ha cometido mi pueblo: me abandonaron a Mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas agrietadas que no pueden contener el agua”. ¡Qué locura, Señor, qué locura!

No da la impresión de que lean mucho al papa Francisco, ni mucho menos que le hagan caso; porque, precisamente hace unos pocos días, el Papa denunciaba en concreto a “los pastores incoherentes y esquizofrénicos que no dan testimonio”. Tal cual. Porque, especificaba: “dicen una cosa y hacen la contraria”. Claro que, para este personal especializado en excavaciones y demoliciones, las palabras del Santo Padre, cuando no les convienen, siempre las dice “para los demás”: nunca para ellos. Así que ni se inmutan.

Aparte de que, si están investidos de “autoritas” para llevarle la contraria al mismo Jesús, ¿se van a detener por lo que pueda decir y diga un “mero” Papa? ¡Por favor, señores…!

Una última cuestión: ¿le van a dejar decir algo a Jesucristo, de quien se dicen “discípulos” y demás monsergas absolutamente devaluadas por corrompidas; o, exactamente NO, y “¡que se calle ya!”?

“¡Vaya tropa! ¡Vaya tropa!” (por el conde de Romanones).

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