Los profetas de desgracias y los falsos profetas

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Néstor  Martínez                                                                                      InfoCatólica                                                                                                 15.05.20

Un reciente artículo de la “Civiltá Cattolica” habla de los que sostienen que el coronoavirus es un castigo divino como de “profetas de desgracias”.

Normalmente los profetas bíblicos anuncian desgracias futuras, que vendrán si el pueblo no se convierte de sus malos caminos.

Véase por ejemplo el libro de Amós (2, 6 – 16):  “Así ha dicho Yahveh: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos.  Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes; y el hijo y su padre se llegan a la misma joven, profanando mi santo nombre.  Sobre las ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar; y el vino de los multados beben en la casa de sus dioses.  Yo destruí delante de ellos al amorreo, cuya altura era como la altura de los cedros, y fuerte como una encina; y destruí su fruto arriba y sus raíces abajo.  Y a vosotros os hice subir de la tierra de Egipto, y os conduje por el desierto cuarenta años, para que entraseis en posesión de la tierra del amorreo.  Y levanté de vuestros hijos para profetas, y de vuestros jóvenes para que fuesen nazareos. ¿No es esto así, dice Yahveh, hijos de Israel?  Mas vosotros disteis de beber vino a los nazareos, y a los profetas mandasteis diciendo: No profeticéis.  Pues he aquí, yo os apretaré en vuestro lugar, como se aprieta el carro lleno de gavillas; y el ligero no podrá huir, y al fuerte no le ayudará su fuerza, ni el valiente librará su vida.  El que maneja el arco no resistirá, ni escapará el ligero de pies, ni el que cabalga en caballo salvará su vida.  El esforzado de entre los valientes huirá desnudo aquel día, dice Yahveh.”

Hoy día, en cambio, las desgracias son presentes y palpables. Es cierto que el profeta también puede interpretar calamidades presentes y actuales como castigo divino por los pecados del pueblo. ¿No hacen eso los profetas bíblicos a veces?

Véase por ejemplo el comienzo mismo del libro de Isaías (Is. 1, 1 – 8): “Visión de Isaías hijo de Amoz, la cual vió sobre Judá y Jerusalén, en días de Uzzías, Jotham, Achâz y Ezechîas, reyes de Judá. Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Yahveh: Crié hijos, y engrandecílos, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor: Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento. Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Yahveh, provocaron a ira al Santo de Israel, tornáronse atrás. ¿Para qué habéis de ser castigados aún? todavía os rebelaréis. Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa ilesa, sino herida, hinchazón y podrida llaga: no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite. Vuestra tierra está destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida de extranjeros, y asolada como asolamiento de extraños. Y queda la hija de Sion como choza en viña, y como cabaña en melonar, como ciudad asolada.”

No lo digo para decir que los que hoy día sostienen que el coronavirus tiene alta probabilidad de ser un castigo divino sean profetas, sino para decir que no es posible que los grandes profetas bíblicos sean “profetas de desgracias” en el sentido peyorativo en que lo usa el artículo en cuestión.

Porque en efecto, ¿quiénes en la Escritura son los “profetas de desgracias” y quiénes son los “falsos profetas”?

Hablando de los libros de los Profetas que integran la Sagrada Escritura, no creo que haya uno solo de los Profetas bíblicos, mayores o menores, que no haya anunciado desgracias.

Véase este ejemplo tomado de Isaías (Is.30, 8 – 17): “Ve ahora, y escríbelo en una tabla delante de ellos, y regístralo en un libro para que quede hasta el día postrero, eternamente y para siempre. Porque este pueblo es rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quieren oír la ley de Yahveh; que dicen a los videntes: No veáis visiones; y a los profetas: No nos profeticéis lo que es recto; decidnos cosas halagüeñas, profetizad engaños; dejad el camino, apartaos de la senda, quitad de nuestra presencia al Santo de Israel. Por tanto, el Santo de Israel dice así: Porque habéis desechado esta palabra, y habéis confiado en la opresión y en la iniquidad, y en ellas os habéis apoyado, por tanto, os será este pecado como muro agrietado que va a caer, y como un alto muro, cuya caída viene súbita y repentinamente. Y lo quebrará como se quiebra un vaso de alfarero, que sin misericordia lo hacen pedazos; tanto, que entre los pedazos no se halla tiesto para sacar fuego del hogar o para sacar agua del pozo. Porque así dijo Yahveh el Señor, el Santo de Israel: En arrepentimiento y en reposo seréis salvos; en la quietud y en la confianza estará vuestra fortaleza. Pero no quisisteis, sino que dijisteis: No, antes huiremos en caballos; por tanto, vosotros huiréis. Y sobre corceles veloces cabalgaremos; por tanto, serán veloces vuestros perseguidores. Un millar huirá ante la amenaza de uno solo; ante la amenaza de cinco huiréis vosotros todos, hasta que quedéis como mástil en la cumbre de un monte y como bandera sobre una colina.”

Y este otro de Jeremías 4, 5 – 9: “Anunciad en Judá, y proclamad en Jerusalén, y decid: Tocad trompeta en la tierra; pregonad, juntaos, y decid: Reuníos, y entrémonos en las ciudades fortificadas. Alzad bandera en Sion, huid, no os detengáis; porque yo hago venir mal del norte, y quebrantamiento grande. El león sube de la espesura, y el destruidor de naciones está en marcha, y ha salido de su lugar para poner tu tierra en desolación; tus ciudades quedarán asoladas y sin morador. Por esto vestíos de cilicio, endechad y aullad; porque la ira de Yahveh no se ha apartado de nosotros. En aquel día, dice Yahveh, desfallecerá el corazón del rey y el corazón de los príncipes, y los sacerdotes estarán atónitos, y se maravillarán los profetas.”

Y las veces que se habla de los falsos profetas, curiosamente, no son los “profetas de desgracias”, sino al contrario, los “profetas” de la buena ventura, los que dicen “paz, paz”, y no hay paz.

Véase Jeremías 6, 13 – 15: “Porque desde el menor hasta el mayor, todos ellos codician ganancias, y desde el profeta hasta el sacerdote, todos practican el engaño. Y curan a la ligera el quebranto de mi pueblo, diciendo: “Paz, paz, pero no hay paz. ¿Se han avergonzado de la abominación que han cometido? Ciertamente no se han avergonzado, ni aun han sabido ruborizarse; por tanto caerán entre los que caigan; en la hora que yo los castigue serán derribados–dice el Señor.”

Y Jeremías 23, 16 -17: “Así dice el Señor de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan. Ellos os conducen hacia lo vano; {os} cuentan la visión de su propia fantasía, no de la boca del Señor. Dicen de continuo a los que me desprecian: “El Señor ha dicho: `Tendréis paz‘”; y a todo el que anda en la terquedad de su corazón dicen: “No vendrá calamidad sobre vosotros.””

Después dice que se manipula los textos bíblicos sacándolos de contexto. Con todo, hay el riesgo de que el arte de los contextos sea utilizado para hacer que un texto ya no diga lo que efectivamente dice.

Por eso las “aclaraciones” que hace el artículo de la “Civiltá Cattolica” tampoco es que aclaren mucho, como veremos enseguida.

Por otra parte, el articulista da por supuesto que todo el tema del coronoavirus y el castigo divino se basa en dos (solamente dos) textos bíblicos sacados de contexto además, tal vez porque en los dos se menciona la peste.

A nosotros nos parece que no es así. Más bien, lo que vemos es toda la Escritura atestigua 1) que Dios castiga el pecado 2) que no lo hace solamente en el Infierno, sino también en esta vida.

Y sobre esa base, vemos 1) que el mundo actual parece embarcado en una carrera de desafío a la ley de Dios que no tiene precedentes y que parece solazarse en contradecir las nociones morales más básicas y elementales del sano sentido común de la humanidad, carrera que no ha dejado además de salpicar a muchos católicos, incluidos miembros de la Jerarquía eclesial, que han protagonizado escándalos repugnantes y a una escala que también se la podría ver como sin precedentes en la historia de la Iglesia  2) que sobre ese mundo, precisamente, cae el desastre inaudito y sin precedentes en la historia de la humanidad de una paralización planetaria, en buena medida también eclesial, debida a un virus contagioso.

Nos parece que a la luz de esos cuatro datos básicos y elementales la conclusión de que se trata de un castigo divino goza de una alta probabilidad, por lo menos, y que poco pueden hacer los “contextos” ante semejante hecho.

Ahora bien, la explicación que da el articulista sobre esos dos pasajes, como suele suceder lamentablemente con algunas sesudas explicaciones contextuales, parece crear más problemas de los que resuelve, si resuelve alguno.

Respecto del texto del libro de Samuel, se resume en decir que la intención del autor sagrado, ante realidades dolorosas como la invasión babilónica, la destrucción del templo de Jerusalén y el exilio del pueblo a Babilonia, es invitar a al pueblo a asumir su responsabilidad en los males que han caído sobre Israel y convertirse, incluso, de pedir perdón a Dios.

Pero no decir que Dios castiga al pueblo.

Dice en efecto (traducimos nosotros): “Toda la tradición narrativa deuteronomista se escribió en un contexto de devastación: todo se perdió. La gente tuvo que releer su historia para asumir la responsabilidad y pedirle perdón a Dios. La página bíblica no pretende afirmar que la peste es un castigo divino, sino la necesidad de que la gente, como David, se responsabilice de los eventos que llevaron al ‘exilio”.

Pero ¿cómo esos “eventos” de los que tiene que responsabilizarse Israel “llevaron al exilio”?

¿Por qué debería haber una relación entre esa catástrofe y el arrepentimiento y el pedido de perdón por los pecados? ¿Por qué debería haber una relación entre los males que sufre Israel y sus pecados?

¿Y cuál sería esa relación? ¿Es que parte de los pecados de Israel ha consistido en ir a llamar a Nabucodonosor para que venga a invadir la Tierra Prometida? ¿O en no prepararse suficientemente para la guerra?

¿No ha sido más bien ese pecado el de adorar ídolos y seguir a otros dioses distintos del Dios de Abraham, Isaac y Jacob?

¿Cómo los pecados de Israel han traído sobre Israel la catástrofe, y por qué Israel debería mirar en dirección de sus propios pecados para entender esa catástrofe, si ésta no es un castigo de Dios por esos mismos pecados?

Es decir ¿qué clase de explicación es ésta?

Luego agrega: “Por supuesto, de acuerdo con la comprensión de Dios en las Escrituras, que siempre está en devenir, todavía hay una mentalidad religiosa aquí que tiende a referir todo a Dios como la causa principal y a conectar cada adversidad con un pecado anterior cometido, por el individuo o por otros.

¿Está diciendo que es un error, en realidad, debido a la mentalidad religiosa del autor bíblico, que Dios esté, por volición o permisión, en el origen de absolutamente todo cuanto sucede en la Creación?

Pues no, es una verdad de fe, por la que profesamos la Providencia infalible de un Dios Omnipotente y Omnisciente.

Por otra parte, eso de la comprensión de Dios en la Escritura que está siempre en devenir, y que no está restringido, tampoco, en la frase, al Antiguo Testamento, no parece compatible con la inmutabilidad de la verdad revelada por Dios y de la fe dada “de una vez para siempre a los santos” (Jud. 1, 3)

Y continúa: “Después de la subsiguiente “corrección” de los textos proféticos (por ejemplo, Ezequiel), por los cuales cada uno paga sólo (“soltanto”) las consecuencias de su propio pecado, será Jesús quien contradiga esta lógica religiosa de dependencia estricta entre la culpa y el castigo (como en el caso de los episodios de la torre de Siloé y el ciego de nacimiento).”

Ante todo, y hablando en general ¿está diciendo que en el Nuevo Testamento se afirma en alguna ocasión que los males de esta vida pueden no tener conexión alguna con un pecado previo de alguien?

Pues no es así, pues sin duda que no hay contradicción entre el Nuevo Testamento y la fe católica, para la cual, sin el pecado original no habría habido para la humanidad ni muerte ni enfermedades ni sufrimientos, dado el estado preternatural de “justicia original” en que habían sido constituidos por Dios, gratuitamente, los primeros seres humanos.

Es preocupante que el articulista presente el texto de Ezequiel como conteniendo la afirmación según la cual “cada uno paga sólo (soltanto) las consecuencias de su propio pecado”, y punto.

Sin duda que aquí falta algo, a saber, el pecado original, y tampoco podemos sacar lo que dice Ezequiel de ese contexto tan importante que es el de toda la Revelación divina y la fe católica tal como la trasmite la Iglesia, para las cuales sí pagamos las consecuencias del pecado de otro, a saber, el pecado de Adán.

Es más, el mismo Señor Nuestro Jesucristo habría contradicho, según esta interpretación del articulista, sin duda sacada de contexto, a los Concilios de Cartago, Orange, Trento, etc., cuando éstos enseñaron como dogma de fe el pecado original y su transmisión a partir de Adán a toda su descendencia.

Porque según lo que da entender el articulista, Nuestro Señor habría dicho que los males del ciego de nacimiento no tenían nada que ver con ningún pecado anteriormente cometido por alguien.

Cuando en realidad, Nuestro Señor se limita a hablar ahí del ciego y de sus padres, en respuesta a lo que le preguntaron los discípulos (“¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?”)

Y ciertamente que incluir en “sus padres” a los primeros padres, Adán y Eva, para poner a Nuestro Señor como sosteniendo la tesis de que “cada uno paga solamente (“soltanto”) las consecuencias de su propio pecado”, sin más, en contradicción con San Pablo y con el Concilio de Trento cuando hablan del pecado original, sería sacar a ese pasaje no solamente del contexto de la Escritura, sino de todo el contexto de la Revelación divina tal como la trasmite la Iglesia.

Nuestro Señor no pudo haber dicho “ni éste pecó ni sus padres”, incluyendo en “sus padres” a Adán y Eva, por razones obvias.

En cuanto al pasaje evangélico relativo a la torre de Siloé, ¿es verdad que allí Nuestro Señor “contradice la lógica religiosa de la dependencia estricta entre culpa y castigo?

Que no haya dependencia estricta entre culpa y castigo puede querer decir cosas: 1) que puede darse culpa sin castigo 2) que puede darse castigo sin culpa.

Lo segundo sí que suena bastante injusto. En cuanto a lo primero, obviamente que no hay dependencia estricta entre culpa y castigo, desde que Dios puede perdonar y perdona a veces los pecados.

Pero eso no quiere decir que los perdone siempre, tampoco en esta vida.

Véase si no en este texto del Evangelio de San Juan, lo que Jesús le dice al paralítico recién curado por Él:

Después de esto Jesús lo halló en el templo y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor.”

De este texto, decimos, se desprende que hay males de esta vida que son castigos por el pecado.

En todo caso, en ese pasaje evangélico se afirman dos cosas: que los que sufrieron esas desgracias no eran más pecadores que los que no las sufrieron, y que si no se convierten, todos morirán igualmente.

¿Dice allí en alguna parte que los que sufrieron esas desgracias no eran pecadores, o que no las sufrieron en pena por sus pecados? No creo que eso pueda obtenerse de ese pasaje.

La frase “si no os convertís, todos pereceréis igualmente”, con que termina esa perícopa evangélica, puede entenderse según dos sentidos distintos de “igualmente”: o que todos los que no se conviertan perecerán de un modo que será el mismo para todos ellos, o que todos los que no se conviertan perecerán del mismo modo en que perecieron los galileos bajo Pilatos o los jerosolimitanos bajo la torre de Siloé.

Parece claro que el ritmo natural del pasaje lleva más bien a la segunda interpretación. En ese caso, sin embargo, se plantean dificultades. No está diciendo obviamente el Señor que todos serán muertos junto al altar de los sacrificios, como los galileos, o que a todos les caerá una torre encima, como a los de Siloé.

Por otra parte, sin duda que hay una referencia a la condenación eterna implícita en ese “todos pereceréis”, pero entonces ¿está declarando ahí el Señor que todos los que sufrieron esos dos accidentes se condenaron eternamente?

Si esa es la interpretación, sin duda que ha sido un castigo entonces para ellos morir de ese modo.

En efecto, incluso en esa hipótesis no hay que olvidar que el perecer eterno va unido a la muerte física, que es como la puerta de entrada para el mismo, cuando éste tiene lugar.

Si no lo interpretamos así, entonces debemos buscar alguna particularidad común a todas esas muertes con las que tenga sentido amenazar a los que no se conviertan, y que por tanto, sean distintas de la mera muerte, que nos ha de alcanzar a todos, nos convirtamos o no.

Algunos comentaristas hacen referencia al carácter súbito de estas muertes, que no dio tiempo para arreglar las cuentas con Dios.

Pero en todo caso, también en esta hipótesis ha sido un castigo semejante muerte para esas personas. Y ha sido un castigo divino, porque Dios no las ha querido impedir, pudiéndolo hacerlo.

Pero la vaguedad del articulista llega a su culmen cuanto habla del Apocalipsis:

Este es un resumen de algunos de los cataclismos enumerados en el capítulo 16 del Apocalipsis. Y nuevamente podríamos deducir el claro castigo divino infligido en un mundo sin fe. Ese texto, de hecho, contiene muchas imágenes listas para ser tomadas y utilizadas para azotar ese mundo al que los profetas modernos de la desgracia se sienten tan extraños. Pero, ¿es esto exactamente lo que el texto pretende decir a nuestro mundo moderno, que sufre la pandemia actual?

Si lo saca de contexto, el texto pierde su significado principal. En el libro de Apocalipsis, como en las profecías apocalípticas veterotestamentarias, se entrelazan tres elementos: discernimiento, claridad de visión y respuesta.

El libro trata de discernir los tiempos, el pasado y el presente, delineando claramente las fuerzas desplegadas en este mundo y lo que está en juego, lo que implica ponerse del lado de Dios.

En este discernimiento, los contornos del futuro se describen con discreción. El libro ofrece una visión basada en una fe profunda en el hecho de que Cristo ya ganó la batalla y finalmente vencerá al mal, incluso si la lucha durará mucho.

Finalmente, el libro requiere una respuesta, que no resulta en una sombría profecía de desgracia. Más bien, todo depende de cómo los creyentes transforman sus vidas a la luz de la conciencia de que al final Cristo saldrá victorioso. Deben participar activamente en dar testimonio y cambiar el mundo con resolución. Es un llamado a actuar, para ayudar a construir el Reino a través de la imitación de Jesús, un cordero suave inmolado para la salvación del mundo.

El libro de Apocalipsis, colocado al final del canon cristiano, nos empuja a una fe cada vez más profunda, a una conversión cada vez más profunda, a una nostalgia cada vez más profunda por el reino de Dios.”

Nuevamente los “contextos”, dando lugar a un efecto novedoso que podríamos llamar “el bosque que no deja ver los árboles”.

Sin duda que el bosque no se identifica con ninguno de los árboles, pero sin árboles tampoco hay bosque.

Nadie pretende que el mensaje principal del Apocalipsis, en efecto (el bosque) sea el castigo divino. Pero ¿no se afirma que hay de castigos divinos ya en esta vida (los árboles) en el Apocalipsis?

Lo que efectivamente dice el Apocalipsis, a grandes rasgos, es que al autor le han sido revelados por Jesucristo resucitado los grandes designios de Dios sobre la historia, bajo la figura de un libro sellado con siete sellos, que el Cordero Degollado, Cristo Nuestro Señor, va abriendo a medida que se va desplegando esa Revelación divina, que toca principalmente a la resolución final de la historia de la humanidad y de la Iglesia.

Un dato central de esa historia es la persecución de la Iglesia por parte de las fuerzas del mal, que se valen para ello de fuerzas históricas concretas, como en ese momento era el Imperio romano pagano y perseguidor.

Y el libro habla inequívocamente del castigo de los perseguidores por parte de Dios, no reducido solamente al castigo eterno del Infierno, y del juicio que Él ha de ejercer sobre buenos y malos, antes del establecimiento definitivo del Reino de Dios en la Jerusalén celestial.

Hay una forma de buscar el “mensaje principal” de un libro que consigue transformarlo en otro libro distinto, y eso es justamente lo que hace aquí el articulista con el Apocalipsis.

Pero continúa:

En nuestros tiempos, el Apocalipsis nos recuerda que la Iglesia está llamada a no consentir una cultura dominante, imbuida de miedo, acusaciones, cierres y aislamiento. Si el mundo ofrece una visión del futuro basada en el miedo, la Iglesia, por otro lado, inspirada en la Biblia y en el libro de Apocalipsis que la concluye, ofrece una perspectiva diferente, animada y fundada en la certeza de la Buena Nueva de la victoria de Cristo.”

Es curioso que diga eso del aislamiento, los cierres, las acusaciones y el miedo.

¿Será entonces que la OMS y la ONU, que nos instan a recluirnos, aislarnos, encerrarnos y a tener miedo, y nos acusan si no lo hacemos, son algo así como la Bestia y el Falso Profeta?

Porque hay muchos en la Iglesia, además, que se hacen eco de tales llamados, y no sería extraño que algunos de ellos escribiesen también en la “Civiltá Cattolica”.

Además, no creemos que a los así llamados “profetas de desgracias” les interese ante todo producir miedo. Más bien, ha de darles miedo la insensibilidad del mundo actual ante el pecado, porque la ausencia del sentido del pecado es ausencia del sentido de Dios.

Continúa: “Esto significa que nuestra lectura de la Palabra de Dios en la Biblia debe traducirse en un mensaje de Buenas Nuevas que llama a la conversión a un mundo en crisis, no en un juicio moralista o en una profecía de la desgracia.”

Sin duda que el moralismo es malo, pero ¿la “conversión” no tiene estrecha relación con la moral y con el pecado?  Si decimos que el mundo actual tiene que convertirse y arrepentirse de sus pecados ¿estaremos necesariamente haciendo un “juicio moralista” o una “profecía de desgracia”?

Porque además, la plaga no la han provocado esos “profetas de desagracias”, para darse la razón a sí mismos. Simplemente ha sucedido, y luego de la escalada abominable de pecados que ha caracterizado las últimas décadas, fuera y dentro de la Iglesia, llegó.

No es culpa de ellos si es inmensamente más difícil interpretarla como un premio que como un castigo.

Termina el artículo con una cita del Papa Francisco, que habla dirigiéndose a Dios: “«Nos llamas para tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de Tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir lo que importa y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no es. Es el momento de restablecer el curso de la vida hacia Tí, Señor, y hacia los demás” (cf. 1 Cor 14, 3).”

Ahora bien, ¿cómo podría haber un juicio nuestro, que no estuviese fundado en el juicio de Dios? ¿Qué valor tendría?

Como dice San Pablo: “En cuanto a mí, es de poca importancia que yo sea juzgado por vosotros, o por cualquier tribunal humano; de hecho, ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque no estoy consciente de nada en contra mía; mas no por eso estoy sin culpa, pues el que me juzga es el Señor…” (1 Co. 4, 3 – 4)

Y también San Juan: “…En esto sabremos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de El en cualquier cosa en que nuestro corazón nos condene; porque Dios es mayor que nuestro corazón y sabe todas las cosas.” (1 Jn. 3, 19 – 20)

Además, ese juicio nuestro sobre nosotros mismos ¿será un juicio sobre nuestros pecados? Parece obvio que así debe ser. Y entonces ¿cómo puede no depender del juicio de Dios mismo sobre nuestros pecados?

Y si se trata de restablecer el curso de nuestra vida hacia Dios, sin duda que debido a que nos hemos apartado del camino por el pecado ¿podemos hacer eso por nuestro propio juicio, no apoyado en el juicio divino?

Es de temer, además, que el significado del coronavirus como castigo divino no consista, tampoco, principalmente en la peste en sí misma considerada con su secuela de muertes y sufrimientos, sino sobre todo en el cambio radical a nivel personal, social, económico, político, internacional y hasta ético y religioso que se está tratando de llevar adelante con el pretexto de la plaga.

Hay muchas señales que apunta en la dirección de un totalitarismo planetario de la “nueva normalidad” que parece sacado de las pesadillas de Orwell o Huxley, y para el cual parecen habernos estado preparando por décadas tantas producciones de Hollywood de tipo “distópico”.

La actividad de las naciones detenida, su economía gravemente dañada, su soberanía supeditada a los dictámenes de la OMS y de la ONU, detrás de las cuales está la élite mundialista de los Rockefeller, Soros, Gates, Kissinger, etc., el disciplinamiento y control extremos de la población mundial, el atropello de los derechos de la Iglesia hasta la prohibición misma de la asistencia de los fieles a Misa, favorecido por la previa infiltración de la misma durante décadas por el pensamiento “progresista”, la amenaza de medidas “sanitarias” globales coercitivas que terminen de dejar a la humanidad en manos de los que ante todo quieren reducir drásticamente su número, etc., son cosas que estamos viendo hoy día delante nuestro aunque nadie venga a profetizarlas.

Pidamos a la Virgen de Fátima que interceda por nosotros para que se apresure el día del cumplimiento de su promesa: “Al final mi Inmaculado Corazón triunfará”.

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