La Iglesia y los cambios

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Con las palabras del Papa recién recogidas por un documental sobre las uniones civiles de gays y lesbianas asistimos al enésimo giro de timón del actual pontificado con respecto a los anteriores, en una deriva no muy distinta a la de quien sierra la rama en la que se apoya.

El error más común hoy en torno a los rápidos y, en ocasiones, trascendentales cambios que se han ido introduciendo en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, acelerados exponencialmente en el presente pontificado, es presentar el debate como un enfrentamiento entre ‘conservadores’ y ‘progresistas’, reduciendo un verdad perenne y universal, que abarca lo esencial de las realidades humanas, a las efímeras posturas políticas de un tiempo y un lugar.

Pero el problema de los cambios no es que favorezcan una postura política sobre otra; no son preocupantes porque favorezcan una visión ‘progresista’ y quienes, desde esas posiciones, se alegran de que la Iglesia cambie sus posiciones deberían tener en cuenta lo que está en juego, que va mucho más allá que apuntarse un tanto en tan trivial terreno.

Lo primero que no parecen advertir los renovadores es que si la Iglesia se convierte en algo parecido a una secta o a una empresa, sujeta a los cambios de rumbo que juzgue oportunos su líder de cada momento, sucederán inevitablemente dos cosas.

La primera y menos importante es que si se admite la premisa de que el Papa de hoy puede cambiar las cosas en una dirección, habrá que concluir que también puede hacerlo en la contraria. Quienes hoy pretenden acallar las voces discrepantes alegando que el Papa tiene capacidad para hacerlo, tendrán, para ser consistentes, que bajar la cabeza cuando el de mañana haga justamente lo contrario. Habremos convertido la figura del Papa, no en un guardián de la doctrina perenne, sino en un caprichoso monarca que decidirá en cada momento qué es verdad.

Pero es mil veces más dañino una segunda consecuencia: la pérdida de credibilidad. Si el mensaje cristiano puede dar esos bandazos, entonces se trata de una opinión, por rica e interesante que sea, y uno no se enfrenta a los leones por una opinión.

Por otra parte, no es como si la Iglesia, enfrentándose a la opinión del mundo, haya desarrollado teológicamente una doctrina de siempre que desafíe, como ha hecho tantas veces, el pensamiento mundano. Muy al contrario, todas las innovaciones de los últimos años van en la dirección contraria, en una adoptación tardía y tentativa a la dogmática que ha establecido previamente el pensamiento secular dominante. Dicho de otra manera, son innovaciones que transmiten la imagen de una Iglesia que le dice al Siglo: “Yo me equivocaba y tú tenías razón”.

La conclusión para cualquier ente pensante es que solo es cuestión de tiempo que la Iglesia acabe adoptando en todo lo esencial la opinión predominante del mundo. En cuyo caso, ¿para qué se necesita una Iglesia? ¿Quién se queda con la copia teniendo acceso al original?

Repito: puede ser que la nueva opinión respalde nuestro ideario político, y que eso nos lleve a acogerlo con satisfacción. Pero incluso aunque nos halague la coincidencia, debería, si realmente apreciamos nuestra fe, a hacernos recelar, porque una verdad que cambia cuando nosotros cambiamos no es una verdad, es un invento.

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