La batalla por Nuevo México y la devoción a la Virgen «Conquistadora» 1692

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«Señora de la Conquista», que había sido salvada en 1680 de la rebelión. Esta imagen, que encabezó a las tropas hispánicas en la campaña de reconquista de Nuevo México, es desde entonces conocida popularmente como «La Conquistadora» y se ha convertido en un poderoso símbolo de la identidad hispánica de Nuevo México, incluso en nuestros días. Se la venera actualmente con procesiones, oraciones y diversas fiestas. Su imagen reposa actualmente en la capilla norte de la iglesia parroquial de Santa Fe.

Rafael Molina                            InfoCatólica                              8/8/20

Entre 1680 y 1693 se produjo una importante sublevación indígena en Pueblo en la provincia hispánica de Nuevo México, en Norteamérica. La colonización y evangelización española de la zona se había establecida a principios del siglo XVII, liderada por D. Juan de Oñate, de origen vasco, (aunque algunas décadas ya la había intentado otro gran conquistador y explorador, D Francisco Vázquez de Coronado) cuya estatua por desgracia ha sido destrozada en los recientes incidentes violentos protagonizados por grupos marxistas en Estados Unidos.

En Nuevo México, como en toda la Norteamérica hispánica la presencia y el impulso religioso y misional había sido un factor clave en la conquista del territorio. Los franciscanos habían establecido una serie de misiones, en las que los indios eran evangelizados. También en Nuevo México se habían producido disputas burocráticas entre los soldados y la autoridad civil de la Corona con los misioneros franciscanos, ya que estos, en su afán de proteger a los indios impedían determinadas prácticas, más próximas a la explotación que exigían algunos colonos hispano mexicanos. Sin embargo, a pesar de todo, después de casi 80 años de presencia hispánica en Nuevo México, se produjo finalmente una gran rebelión indígena.

No fue un hecho aislado. De hecho a partir de 1684 la rebelión de los Pueblo, junto otros indígenas aliados, como los Zuñi o los Hopi, los Tewa y los Tano, en Nuevo México, desencadenó toda una serie de rebeliones indígenas en la Norteamérica hispánica, incluyendo además de Nuevo México a Arizona, y al norte propiamente de México, en lo que algunos historiadores norteamericanos han denominado «la gran rebelión del Norte». Todo los territorios en torno a la actual frontera méxico-norteamericana se sumergieron en la violencia y solo en un proceso de 20 años consiguió la Corona española sofocar las rebeliones.

La rebelión más importante fue la de los indios Pueblo de Nuevo México. En agosto de 1680 el levantamiento tomó por sorpresa a las autoridades civiles y religiosas españolas. Estando los colonos novo-hispanos dispersos en granjas y haciendas fueron muchos de ellos asesinados en ataques por sorpresa. Unos 500 colonos hispanos perdieron la vida. Otros 1500 se refugiaron en Santa Fe, la capital de la provincia de Nuevo México. En septiembre de 1680, 17000 indios Pueblo estaban en rebelión y sitiaron Santa Fe. Unos 1000 españoles se defendieron con valor a pesar de su inferioridad numérica, dirigidos por el gobernador Antonio de Otermín, quien sufrió dos heridas de flecha en el rostro y una de arma de fuego en el pecho. Finalmente los españoles lograron huir, rompiendo el cerco indígena, pero Nuevo México quedó en manos de los indios. Durante más de 10 años la provincia de Nuevo México estuvo en rebelión. Aunque no sea políticamente correcto decirlo, la revuelta tuvo un fuerte componente anticristiano por parte de los indios. Los rebeldes profanaron iglesias y objetos sagrados y asesinaron a 21 de los 33 misioneros de la provincia, humillándolos, torturándolos y golpeándolos. Incendiaron imágenes de Cristo y de la Virgen. Además hicieron ceremonias públicas de restauración de sus cultos precristianos y renunciaron públicamente a los nombres hispánicos que habían recibido.

La reconquista de Nuevo México no llegó hasta 1692, a cargo de un gran personaje, como tantos otros injustamente olvidado en España en nuestros días, D. Diego de Vargas. Natural de Madrid y siendo un noble español de mediana alcurnia, a sus 48 años, embarcó hacia el Nuevo Mundo, tras pactar con la Corona la formación de una expedición militar para reconquistar Nuevo México. La España de Carlos II, a la que se supone vivía un período de clara decadencia, sin embargo, como vemos, no descuidaba la tarea de sofocar rebeliones en provincias lejanas. Aunque eso sí se demorara en este caso, más de 10 años.

Vargas hizo una expedición preliminar a Nuevo México en 1692. Hay que decir, que junto con las tropas españolas, participaron en ella numerosos indios Pueblo que se habían mantenido leales y consiguió obtener la lealtad de otros 23 poblados indígenas. A finales de 1693 Vargas encabezó una nueva expedición más importante aún, con 800 hombres para reconquistar toda la Provincia. El momento más épico fue la lucha por la reconquista de la ciudad de Santa Fe, en la que los soldados españoles con numerosos aliados indios, tomaron por asalto su antigua capital, en una dura y difícil batalla Los españoles invocaron como siempre a Santiago, pero también dirigieron especiales ruegos a una imagen de la Virgen María de origen novomexicano, «Nuestra Señora de la Conquista», que había sido salvada en 1680 de la rebelión.

Esta imagen, que encabezó a las tropas hispánicas en la campaña de reconquista de Nuevo México, es desde entonces conocida popularmente como «La Conquistadora» y se ha convertido en un poderoso símbolo de la identidad hispánica de Nuevo México, incluso en nuestros días. Se la venera actualmente con procesiones, oraciones y diversas fiestas. Su imagen reposa actualmente en la capilla norte de la iglesia parroquial de Santa Fe.

Todavía en 1696 se produjo otra importante rebelión en Nuevo México, que fue sofocada por Vargas con una metódica guerra de desgaste. Finalmente, a partir de 1697 el dominio español de la región quedó restablecido definitivamente, aunque los combativos indios Hopi lograron mantener su independencia en su territorio. En cualquier caso la gran mayoría del territorio de Nuevo México siguió perteneciendo a la Corona española hasta 1821, cuando se produjo la independencia de México, de quien pasó a formar parte Nuevo México, pero en 1848 todos los territorios mexicanos al norte del Río Grande, que habían pertenecido durante siglos a la Corona española, como Texas, Nuevo México, Arizona, Nevada o California (colonizada por España a partir de la década de 1760) quedaron para siempre en posesión de los Estados Unidos, después de una desastrosa (para México) guerra entre México y Estados Unidos.

Un historiador norteamericano, John Kessell, fascinado por la figura de Diego de Vargas, creó lo que llamó el «Diego de Vargas Project» y publicó 5 gruesos tomos en colaboración con la Universidad de Nuevo México en los años 90, sobre esta interesante y por desgracia casi olvidada en España figura, con valiosas recopilaciones de documentos traducidos al inglés sobre su vida y sus campañas. Sin embargo, por desgracia, el alcalde de Santa Fe Alan Webber ha ordenado retirar la estatua de Diego de Vargas en la ciudad, hace pocas semanas al mismo tiempo que anunciaba la retirada de otras dos: la del oficial norteamericano del siglo XIX, Kit Carson, que luchó contra los indios y el monumento a los soldados de la Unión del siglo XIX, originarios de Nuevo México. Estados Unidos, vive por desgracia, un auténtico período de autodestrucción de su propia historia.

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