Idilio mediático entre el Papa y China, mientras Hong Kong arde.

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Sandro Magister                Espresso                  3 de junio de 2020

En defensa de los últimos espacios de libertad para los ciudadanos de Hong Kong, prohibidos por ley por el Gobierno de Beijing, los gobiernos democráticos de todo el mundo se pronuncian gradualmente. Pero no las autoridades vaticanas y el Papa.

Sin embargo, tendrían todas las razones para romper su silencio, tanto más ahora que los canales de comunicación entre Roma y China son abiertos y navegables como jamás aconteció en el pasado.

Sobre el espacio que se concede a los medios de comunicación extranjeros Beijing decide cómo y cuándo quiere, incluso brutalmente. El 17 de marzo, expulsó de un golpe a trece periodistas de los principales periódicos estadounidenses, el New York Times, el Wall Street Journal y el Washington Post.

Pero a los medios de comunicación del Vaticano Pekín les está ofreciendo puentes dorados. En los setenta días de bloqueo por la pandemia de coronavirus, durante los cuales el Papa Francisco transmitió por televisión a todo el mundo sus Misas matutinas en Santa Marta, «la voz y el rostro del obispo de Roma entraron diariamente en los hogares de innumerables católicos chinos», informó la agencia vaticana Fides. Con la posibilidad de disfrutar del «sonido de la traducción simultánea al chino de las palabras del Papa», gracias a la aplicación de mensajería más utilizada — y controlada — en China, llamada WeChat, con mil millones de usuarios activos.

A WeChat está conectada también la página web de la nueva edición en chino de La Civiltà Cattolica, la histórica revista de los jesuitas de Roma, dirigida por Antonio Spadaro, que se imprime cada vez con la autorización previa de las autoridades vaticanas y refleja plenamente el pensamiento del Papa Francisco.

El primer número de la edición china de La Civiltà Cattolica se puso en la red el 20 de abril, y su dirección web se compone de las letras iniciales de las dos palabras que traducen el encabezado: Gōngjiào Wénmíng:

La presentación de la edición china de la revista fue acompañada por una carta de exaltación del secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, con el habitual conjunto de reivindicaciones «de respeto, estima y confianza hacia el pueblo chino y sus autoridades».

Pero naturalmente no hay espacio en la revista ni para el cardenal Joseph Zen Zekiun, obispo emérito de Hong Kong y héroe de la protesta pacífica de la ciudad, ni para el cardenal birmano Charles Maung Bo, en el pasado mes de abril autor de una dura acusación contra «las mentiras y propaganda» con la que las autoridades chinas «han puesto en peligro millones de vidas en todo el mundo», falsificando los orígenes de la epidemia del coronavirus.

Mientras que, por otro lado, contra acusaciones similares hechas por Mike Pompeo, el secretario de Estado de Estados Unidos, el Global Times, expresión del Partido Comunista Chino, curiosamente ha llamado en apoyo a la propia religión del Papa, acusando a Pompeo de ser «un traidor del cristianismo», en cuanto desobedece al «noveno mandamiento» (contra el falso testimonio, el noveno para algunas corrientes protestantes, pero para los católicos el octavo).

La represión de la libertad religiosa siempre es enervante en China, y en Hong Kong no se cuentan las detenciones de figuras democráticas de alto perfil, incluidos los cristianos. Pero todo sucede en medio del silencio de las autoridades vaticanas y del papa Francisco, que parece tener más bien otras fijaciones. En el video mensaje de un minuto difundido por él en marzo para invocar una oración por la Iglesia en China — pronunciada en español con la traducción simultánea en mandarín — encontró tiempo para advertir a los católicos chinos «que no hicieran proselitismo», como si éste fuera su vicio capital.

En el terreno mediático, el Vaticano se ha distinguido en China, en los últimos meses, por sus obras de misericordia. Comenzando con el envío desde Roma a principios de febrero, cuando la epidemia parecía todavía confinada en Wuhan y sus alrededores, de 700.000 tapabocas colgados en sobres con el emblema de la limosna pontificia. Quien dio cuenta por primera vez de esto, con énfasis, fue el Global Times, el tabloide del oficialista Diario del Pueblo.

En marzo, el cardenal secretario de Estado anunció el envío de un regalo del papa Francisco a la organización de beneficencia china Jinde Charities, que se ocupa de las ayudas humanitarias y cuya sede general se encuentra en Shi Jia Zhuang, a 300 kilómetros de Beijing. El regalo fue de 200 mil euros.

Después se invirtieron los flujos. A principios de abril, Xinde Press, el órgano de prensa de Jinde Charities, acompañó ­— con una carta de invitación al Papa a «ponerse también un tapabocas» — el envío de tres embarques desde China a la Santa Sede con tapabocas, guantes quirúrgicos, trajes y gafas protectoras, luego remitidos por el Vaticano a varios beneficiarios en Italia.

El 10 de abril, en Beijing, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino elogió públicamente al Vaticano por su solidaridad efectiva en la «salvaguardia de la seguridad sanitaria mundial».

Es un hecho que este idilio mediático sirve de pantalla, para el Vaticano, de la grave situación que hay en Hong Kong.

Allí la diócesis sigue todavía sin un verdadero obispo desde enero de 2019, después de la repentina muerte del entonces titular Michael Yeung Mingcheung, y es dirigida provisionalmente por el cardenal John Tong Hon, que había sido su obispo hasta el 2017.

El sucesor natural sería el obispo auxiliar Joseph Ha Chishing, pero se le considera demasiado cercano al cardenal Zen y a las corrientes liberales de la ciudad, y por lo tanto demasiado impopular en Beijing como para que la Santa Sede opte por él, a pesar del hecho de que para Hong Kong no rige en absoluto ese acuerdo bozal [sic] firmado el 22 de septiembre de 2018, que asigna a las autoridades de China la primera opción de cada nuevo obispo.

Un candidato grato en Beijing sería, por el contrario, Peter Choy Waiman, actual vicario de la diócesis. Y es él a quien Roma habría elegido como nuevo obispo de Hong Kong. El nombramiento se daba como inminente en enero, pero ha permanecido pendiente desde entonces.

Pero quien no perdió el tiempo fue el gobierno de Beijing, que en febrero instaló como nuevo jefe de la oficina del Consejo de Estado para Asuntos de Hong Kong y Macao a Xia Baolong, leal al presidente Xi Jinping y su compañero de carrera en Zhejiang, donde se distinguió por su intolerancia contra las comunidades “clandestinas” protestantes y católicas. Entre 2013 y 2017, cuando Xia era vicepresidente del Partido Comunista en esa región, se calcula que fueron arrasadas 1.200 cruces y decenas de iglesias.

No sorprende que el nombramiento de Xia diera oportunidad al último gobernador británico en Hong Kong, el católico Chris Patten, para criticar severamente a las autoridades vaticanas por su subalternidad a Beijing, en una entrevista publicada en The Tablet el 28 de febrero.

Patten conoce bien la Santa Sede, por la cual fue llamado en 2014 para presidir una comisión para la reforma de los medios de comunicación del Vaticano. Su entrevista en The Tablet fue inmediatamente posterior al encuentro — el primero en la historia y, por lo tanto, muy publicitado — que tuvo lugar en Múnich el 14 de febrero entre el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, y el de la Santa Sede, Paul Richard Gallagher. Patten señaló que el nombre del ministro chino es el mismo que el de un pastor cristiano condenado en diciembre a nueve años de prisión por subversión contra los poderes del Estado, en realidad por haber expresado críticas a la política de Xi Jinping: el pastor Wang Yi, de la Iglesia de la Alianza de la Lluvia de la Mañana.

El domingo 24 de mayo, después del rezo del Regina Coeli, el papa Francisco dirigió palabras de saludo y apoyo «en las pruebas de la vida» a los católicos chinos, con ocasión de la fiesta de Nuestra Señora de Sheshan.

Pero no dijo nada ni de la represión que arrecia en Hong Kong, ni de otro santuario mariano, el de Donglu, donde la iglesia fue demolida debido a la negativa de sacerdotes y fieles de adherir a la asociación de la Iglesia Patriótica, brazo represivo del Partido Comunista.

Ni el Papa dijo una palabra, ni esta vez ni nunca, del hecho de que precisamente en Sheshan, junto al santuario, el obispo de Shanghai, monseñor Thaddeus Ma Daqin, está desde el 2012 en arresto domiciliario, por la única culpa de haber renunciado a la asociación de la Iglesia Patriótica el mismo día de su ordenación episcopal.

https://es.corrispondenzaromana.it/idilio-mediatico-entre-el-papa-y-china-mientras-hong-kong-arde/

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