De Mattei califica el concilio de “catástrofe de dimensiones históricas” en la presentación de su libro

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Ayer, jueves 27 de septiembre, Roberto de Mattei presentó en Madrid su libro Concilio Vaticano II. Una historia nunca escritaAdemás del autor, intervinieron Francisco José Fernández de la Cigoña, autor del blog La cigüeña de la torre, y el sacerdote   Gabriel Calvo Zarraute.

A continuación, la intervención de De Mattei:

La Iglesia no tiene miedo a la Verdad

Madrid, 27 de septiembre de 2018

Los escándalos en la Iglesia

La Iglesia no tiene miedo a la Verdad. Este principio nos sirve de orientación para guiarnos a través de la tempestad que ha surgido a raíz del explosivo testimonio del arzobispo Carlo Maria Viganò, y también constituye una clave de lectura de mi historia del Concilio Vaticano II.

La Iglesia no teme la Verdad, porque la Iglesia es la Verdad. La Iglesia es la Verdad porque es divina y porque anuncia al mundo la Verdad de su Cabeza y fundador, Jesucristo, que dijo de sí mismo: Ego sum via, veritas et via (Jn 14, 6). La verdad sobre la Iglesia es la verdad sobre Cristo y de Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre.

La historia de la Iglesia, explica León XIII en una carta del 8 de septiembre de 1889 al episcopado francés, es como un espejo en el que su vida resplandece a través de los siglos. “El historiador de la Iglesia –afirma León XIII–, será tanto más eficaz en hacer reconocer su origen divino, cuanto más leal haya sido en no disimular nada de los sufrimientos que los errores de sus hijos, y a veces también de sus ministros, han causado durante siglos a esta Esposa de Cristo. Estudiada de esta manera, la historia de la Iglesia, por sí sola, constituye una magnífica y convincente demostración de la verdad y de la divinidad del cristianismo”.

La Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo, está formada por una parte divina, santa e inmaculada, y por una parte humana constituida por sus miembros, hombres heridos por el pecado original y que pueden caer en el vicio y en el error. Esto ha sucedido y sucederá, pero no debe desalentarnos; al contrario, como dice León XIII, es “una magnífica y convincente demostración de la verdad y de la divinidad del cristianismo”: una prueba del carácter indefectible de la Iglesia, que atraviesa los siglos como una barca que surca las olas y la tempestad. Por esto, no tenemos ningún interés en negar las culpas de esos hombres de Iglesia indignos, porque negarlas significa atribuir dichas culpas a la Iglesia; en cambio, nosotros tenemos que afirmar con fuerza que todo el bien que existe en la Iglesia deriva de su naturaleza impecable, y que todo el mal que está presente en ella procede de la naturaleza imperfecta de los hombres que la forman.

Los pastores de la Iglesia no sólo pueden pecar, sino también ejercer mal su gobierno, incumplir su misión e incluso caer en el cisma y la herejía. Cuando esto ocurre, el historiador católico no debe permanecer callado o encubrir los hechos, sino que tiene la obligación de reconstruir los acontecimientos y formular un juicio, siempre que se atenga a la verdad y le mueva el amor a la Iglesia y no el deseo de denigrarla. Si los hechos históricos plantean problemas teológicos, el historiador no puede ignorar estos problemas y tiene que someterlos al juicio de la Iglesia. Del mismo modo, cada fiel, cualquiera que sea su posición y su función, tiene el derecho a plantear preguntas, como hicieron en 2016 los cuatros cardenales con sus dubia sobre la exhortación Amoris laetitia; en casos excepcionales, el fiel también tiene la facultad de reprender a las autoridades eclesiásticas, siempre que esto se realice de manera reverente y devota, como hicieron, en 2017, 250 estudiosos con la correctio filialis que le dirigieron al Papa Francisco.

Santo Tomás dedica toda una pregunta de la Summa Theologiae a la corrección fraterna y explica que esta es un acto de caridad, superior a los cuidados de las enfermedades del cuerpo y a las limosnas, “porque con ella combatimos el mal del hermano, es decir, el pecado”[1]. La corrección fraterna pueden dirigirla también los inferiores a los superiores, y los laicos a los prelados. Sin embargo, dice el Doctor Angélico, “en las correcciones que los súbditos hacen a sus superiores se deben respetar las formas y no deben ser presentadas con insolencia o dureza, sino con mansedumbre y respeto”[2]. Cuando hay peligro para la fe, los súbditos están obligados a reprender a sus prelados, incluso públicamente: “Por eso Pablo, que era súbdito de Pedro, le reprendió públicamente ante el peligro de escándalo en la fe”[3].

Por último, es lícito sacar a la luz los escándalos cuando la corrupción llega a los vértices de la Iglesia y se difunde de manera intolerable.

Cuando los escándalos representan una excepción, es justo extender sobre ellos un velo, para evitar el riesgo de que se piense que es un comportamiento generalizado de los prelados. Pero cuando los escándalos son la norma, o por lo menos un modo de vivir extendido y aceptado como normal, denunciarlos públicamente es el primer paso hacia la reforma necesaria de las costumbres. Es lo que ha hecho el arzobispo Viganò con su testimonio del 22 de agosto. Por eso, hacemos nuestras sus palabras cuando escribe:

 “Para devolver la belleza de la santidad al rostro de la Esposa de Cristo, terriblemente desfigurado por tantos delitos abominables, y si queremos sacar de verdad a la Iglesia de la fétida ciénaga en la que ha caído, tenemos que tener la valentía de derribar esta cultura de omertà y confesar públicamente las verdades que hemos mantenido ocultas. Es necesario derribar el muro de omertà con el que los obispos y sacerdotes se han protegido a ellos mismos en detrimento de sus fieles; omertà que, a los ojos del mundo, corre el riesgo de hacer aparecer a la Iglesia como un secta, omertà no muy distinta de la que encontramos vigente en la mafia. “Lo que digáis en la oscuridad… se pregonará desde la azotea” (Lc 12, 3)“.

Cuando alguien tiene la valentía de denunciar el mal, la respuesta de la máxima autoridad eclesiástica no puede ser el silencio. El silencio significa admisión de culpa y demuestra, además, una actitud de arrogante desprecio hacia quien, por amor a la Iglesia, denuncia estas culpas.

Por consiguiente, no debemos tener miedo a decir la verdad sobre la profunda crisis doctrinal y moral que vive hoy en día la Iglesia. Y no debemos tener miedo a decir la verdad sobre el Concilio Vaticano II, que tiene una relación evidente e innegable con la crisis hodierna.

La verdad sobre el Concilio Vaticano II

¿Cuál es la naturaleza y cuáles han sido las consecuencias históricas del Concilio Vaticano II? La capacidad del historiador estriba en comprender la esencia de un acontecimiento, intentando localizar las causas y las consecuencias del mismo en las ideas y en las profundas tendencias de una época.

Se presenta al Concilio Vaticano II -que no formuló ningún dogma-, como un hecho dogmático que no puede ponerse en discusión. Y sus documentos se consideran intocables.

Sin embargo, para comprender la naturaleza del Concilio Vaticano II y su relación con la crisis actual, antes de juzgar sus textos debemos valorar históricamente sus hechos. El conocimiento histórico no tiene, como fin, la interpretación de los documentos, sino la verdad de los hechos.

Atengámonos, por lo tanto, a los hechos. Juan XXIII, en el discurso con el que inauguró el Vaticano II el 11 de octubre de 1962, explicó que el Concilio no había sido convocado para condenar errores o definir verdades, sino para proponer, con un lenguaje adecuado a los nuevos tiempos, la enseñanza perenne de la Iglesia. Por esto el Vaticano II ha sido definido un evento lingüístico. Hay que juzgar su lenguaje antes que sus documentos. Y este lenguaje hay que explicarlo dentro de una nueva pastoral, de una nueva relación que, a partir de los años sesenta del siglo XX, se estableció entre la Iglesia y el mundo moderno. El mundo moderno estaba caracterizado por un proceso de secularización que agredía a la Chiesa. La nueva pastoral aceptó dicha secularización como un fenómeno irreversible, por lo que se adueñó de ella y la bendijo. La consigna era no buscar la confrontación, sino el diálogo. La Iglesia dejó de combatir al mundo moderno, y la “mundanización” penetró en la Iglesia. La valorización de la sexualidad formaba parte de esta “mundanización” y el ejercicio de la sexualidad, como forma de realización humana, era su consecuencia.

Los escándalos actuales son hijos de este proceso de “mundanización” de la Iglesia, que tiene su magna carta en la constitución Gaudium et Spes, el último documento oficialmente promulgado por el Concilio Vaticano II, que quiso volver a definir las relaciones entre la Iglesia y el mundo, escrutando “los signos de la época” (nn. 4, 11). La fórmula era la de vivir la verdad del cristianismo dentro del pensamiento del mundo para hacerla más comprensible y aceptable al hombre contemporáneo.

La Gaudium et Spes buscaba el diálogo con el mundo moderno creyendo que el itinerario que este había recorrido, desde el humanismo y el protestantismo hasta la Revolución francesa y el marxismo, era un proceso irreversible. La modernidad estaba a punto de entrar en una crisis profunda, que manifestó sus primeros síntomas al cabo de pocos años, en la Revolución del 68. Los Padres conciliares tendrían que haber llevado a cabo, en ese momento, un gesto profético desafiando a la modernidad en lugar de abrazar su cuerpo en descomposición como, por desgracia, ocurrió.

La pastoral cambió y las consecuencias fueron desastrosas. El derrumbe de las certezas dogmáticas y morales, el permisivismo moral, la anarquía disciplinaria, la infiltración de la herejía a través de los nuevos catecismos y la nueva liturgia, tuvieron como consecuencia el abandono del sacerdocio y de la vida religiosa por parte de miles de sacerdotes, y el alejamiento de la práctica religiosa de millones de fieles. La “primavera de la fe” que debería haber surgido tras el Concilio Vaticano II se reveló un gélido invierno.

En los años del postconcilio hubo intentos de detener esta revolución religiosa y moral. Basta pensar en la encíclica Humanae Vitae que, en 1968, confirmó la doctrina católica en materia de moral conyugal. Este año se cumple el cincuentenario de la Humanae Vitae, pero esta encíclica fue cuestionada, precisamente, por los más importantes protagonistas del Concilio Vaticano II, a saber: los cardenales Alfrink, Doepfner, Frings, Heenan, Koenig y, sobre todo, Suenens. El cardenal primado de Bélgica Lèo-Joseph Suenens (1904-1996) era apreciado y estaba protegido por los Papas del Concilio. Juan XXIII había acogido su sugerencia de dar una impronta pastoral al Vaticano II. Pablo VI le había nombrado “moderador” del Concilio, convirtiéndose en el líder de los cuatro moderadores presentes. Suenens fue también el hombre que durante el Concilio, el 29 de octubre de 1964, planteó la cuestión del control de la natalidad, pronunciando en plena basílica de San Pedro, con tono vehemente, las palabras: “¡No repitamos el proceso de Galileo!“.

 

 

Cuando el cardenal Suenens pronunció estas palabras, otro cardenal se indignó y, sin poder frenarse, dio un puño sobre la mesa. Este hombre era el cardenal Ernesto Ruffini (1888-1967), arzobispo de Palermo.

Hoy debemos preguntarnos: la voz profética, en el aula conciliar, ¿era la del cardenal Ruffini, que representaba la fidelidad al Magisterio de la Iglesia, o la del cardenal Suenens que, tras la promulgación de la Humanae Vitae, cuestionó el Magisterio y a su protector, el Papa Pablo VI?

Preguntémonos también: ¿eran profetas quienes, en el Concilio, denunciaban la opresión brutal del comunismo reclamando su condena solemne, o quienes consideraban, como los artífices de la Ostpolitik, que había que llegar a un acuerdo con el comunismo porque este interpretaba las ansias de justicia de la humanidad y sobreviviría, por lo menos, uno o dos siglos más, mejorando el mundo?

Cada vez que un Concilio Ecuménico se ha reunido –afirmó en el aula el cardenal Antonio Bacci (1885-1971)–, siempre ha resuelto los grandes problemas que acuciaban esa época, condenando sus errores. Callar sobre este punto creo que sería una laguna imperdonable; es más, sería un pecado colectivo. (…) Esta es la gran herejía teórica y práctica de nuestro tiempo. Y si el Concilio no aborda esta cuestión, ¡es un Concilio perdido!“.

El Concilio Vaticano II no ha sido un Concilio perdido; ha sido un Concilio execrable, destinado a ser condenado porque representa una catástrofe de dimensiones históricas. No estoy formulando un juicio teológico sobre los documentos; estoy formulando un juicio histórico sobre el evento en sí. Los documentos de un Concilio no son formulaciones abstractas: hay que estudiarlos en su génesis y en sus consecuencias históricas. No pueden separarse los documentos del Concilio del contexto histórico en el que vieron la luz, y de las consecuencias que han tenido. El Concilio de los textos no puede separarse del Concilio de la historia. Y el Concilio de la historia no puede separarse del posconcilio, ya que este representa su realización.

El fracaso de la hermenéutica de la continuidad

El Concilio Vaticano II establece un vínculo inseparable con el posconcilio porque es un Concilio pastoral; y la pastoral se juzga por los resultados.

Los resultados de esta pastoral, cincuenta años después, son desastrosos. El 27 de enero de 2012, inaugurando el año de la fe, Benedicto XVI dijo: “Como sabemos, en vastas zonas de la tierra la fe corre peligro de apagarse como una llama que ya no encuentra alimento. Estamos ante una profunda crisis de fe, ante una pérdida del sentido religioso, que constituye el mayor desafío para la Iglesia de hoy“.

El Papa Benedicto quiso que el Año de la Fe coincidiera con el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, pues era su deseo que los textos que nos dejaron en herencia los Padres conciliares se leyeran “de manera apropiada, y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia” (Carta apostólica en forma de Motu propio Porta Fidei, con la que se convoca el Año de la Fe). Esta tesis -la tesis de la llamada “hermenéutica de la continuidad”–, es el hilo conductor de su pontificado: desde el célebre Discurso a la curia romana del 22 de diciembre de 2005, hasta el último, menos conocido pero no menos importante, del 14 de febrero de 2013 al clero romano.

En estos discursos, Benedicto XVI admite la existencia de un vínculo entre la actual crisis de fe y el Concilio Vaticano II, pero considera que esta crisis está causada, no por el Concilio en sí, sino por una mala hermenéutica, una incorrecta interpretación de sus textos.

 Pero si a lo largo de cincuenta años ha prevalecido una interpretación falsa y abusiva de los documentos del Concilio, ¿de quién es la responsabilidad? ¿Es únicamente de los malos hermeneutas, o también de los documentos que, a causa de su deliberada ambigüedad, han permitido una lectura heterodoxa? Si los textos han sido tergiversados y se ha hecho referencia indebida a los documentos conciliares para hacer cosas distintas de las que ellos establecían, ¿la responsabilidad es únicamente de los teólogos progresistas, o también de quien ha dejado que este progresismo creciera en la Iglesia sin intervenir para condenarlo y reprimirlo?

¿Qué diócesis, parroquias, seminarios o cátedras pontificias destituyeron a los malos hermeneutas? En cambio, sabemos que fueron destituidos, discriminados y perseguidos quienes permanecieron fieles a la Tradición. Y, aún hoy, los progresistas ocupan los vértices de la Iglesia, mientras que los católicos ortodoxos siguen estando marginados.

El Concilio Vaticano II no es sólo un conjunto de documentos: las dieciséis constituciones y declaraciones promulgadas constituyen el resultado teológico del Concilio, pero no lo explican y no lo concluyen del todo. La tesis de la hermenéutica de la continuidad ha sido derrotada porque la historia no la construye el debate teológico, y aún menos el debate hermenéutico. La renuncia al pontificado de Benedicto XVI el 11 de febrero de 2013 representa, en mi opinión, su confesión de impotencia ante la crisis que sacude a la Iglesia, y el fracaso de su intento de separar la praxis posconciliar del Concilio Vaticano II, aislando sus textos de la historia. Nadie conoce las verdaderas causas de la renuncia del Papa Benedicto, pero ciertamente el fracaso de la hermenéutica de la continuidad contribuyó a ella.

El Papa Francisco encarna la tesis opuesta a la ratzingeriana: no está interesado en el debate teológico, ni en el hermenéutico. El Papa Francisco representa el Concilio Vaticano II en acción: es decir, el triunfo, en su persona, de la pastoral sobre la teología.

La especificidad del Concilio Vaticano II ha sido el primado de la pastoral sobre la doctrina, la asimilación de la doctrina en la pastoral, la transformación de la pastoral en pastoralismo. Se nos está diciendo que la doctrina de la Iglesia no cambia, que cambia el modo de comunicar esta doctrina a los fieles; cambia la praxis pastoral. Es la tesis del cardenal Kasper y de otros teólogos y pastores, y que propone de nuevo la exhortación apostólica Amoris laetitia.

Amoris laetitia no niega de manera explícita la doctrina de la Iglesia en relación a los divorciados que se han vuelto a casar, pero afirma que es necesario distinguir entre la idea, que no cambia, y la realidad pastoral, en la que la aplicación concreta del principio se deja a la conciencia del fiel, o de su director espiritual. Así, la pastoral pierde las referencias absolutas de la moral y nos propone una ética del día a día, del caso por caso. La acción humana se reduce a una decisión de la conciencia de cada individuo, que ya no está arraigada en la objetividad de una ley divina y natural, sino en el devenir de la historia.

Asimismo, se dirá que en términos de principio la enseñanza de la Humanae Vitae sobre la anticoncepción sigue siendo válida, pero que a nivel práctico el Espíritu Santo iluminará la conciencia de los esposos y de sus confesores. El mismo principio de la praxis se aplicará a la intercomunión con los protestantes, que deberán resolver, caso por caso, las conferencias episcopales y cada obispo individualmente. Este es el “nuevo paradigma” del Papa Francisco. La doctrina se disuelve en la praxis. El papel de la Iglesia queda reducido a bendecir todo lo que surja de la realidad sociológica. El teólogo se transforma en pastor, y el pastor en sociólogo.

Detrás de este modo de pensar hay una concepción del mundo que sustituye el orden inmutable de los principios metafísicos y morales con el primado del devenir, convirtiendo la experiencia subjetiva del hombre en el único criterio de la realidad.

El pastoralismo aparece como una transposición teológica de la filosofía marxista de la praxis. El principal teórico de la filosofía de la praxis en el siglo XX fue el teórico comunista Antonio Gramsci; pero el origen de esta ideología se remonta a las Tesis sobre Feuerbach del joven Marx, publicadas por Friedrich Engels en 1888, como apéndice a su volumen sobre Ludwig Feuerbach. En la segunda tesis sobre Feuerbach, Karl Marx afirma que el hombre debe encontrar la verdad de su pensamiento en la praxis; y en la decimoprimera tesis sostiene que la tarea de los filósofos no es interpretar el mundo, sino transformarlo. Para los comunistas, el verdadero filósofo no es Karl Marx, que es el teórico de la Revolución, sino Lenin, que la puso en marcha, verificando en la praxis la verdad del pensamiento de Marx. Para el neomodernismo, el verdadero teólogo no es Karl Rahner, el teórico príncipe del progresismo, sino el Papa Francisco, que no ha teorizado la revolución en la Iglesia, pero que la está llevando a cabo, verificando en la praxis pastoral la verdad del pensamiento de Rahner y de la Nouvelle Théologie.

Domini canes

El Papa Francisco utiliza hacia quienes le critican el mismo lenguaje feroz que Lenin utilizaba contra sus opositores.

El 3 de septiembre, en Santa Marta, el Papa Francisco ha definido a sus críticos como “una jauría de perros salvajes“. El escritor Marcello Veneziani ha escrito este comentario en Il Tempo del 5 de septiembre: “No, Santidad, un Papa no puede llamar ‘perro salvaje’ al prójimo y, sobre todo, cuando se trata de católicos, cristianos, creyentes. Perros es la definición despreciativa que los islámicos dan de los infieles y los cristianos. Incluso los más despiadados terroristas han sido definidos por los pontífices que han precedido a Francisco ‘hombres de las Brigadas Rojas’, ‘hombres del Isis’. Nunca perros. Bajar a estos niveles de rencor no es digno de un Santo Padre“.

Que nos llamen “perros” no nos turba. En la Sagrada Escritura, los pastores infieles son llamados perros mudos que han dejado de ladrar y se duermen (Isaías 56, 11). Nosotros nos gloriamos de ser domini canes, perros del Señor, que ladran para rasgar el silencio de la noche. San Gregorio Magno escribe en la Regla pastoral  que los malos pastores “por temor de perder el favor de los hombres, no se atreven a hablar libremente de lo que es justo, y, según expresión de la eterna Verdad, no desempeñan el oficio de buenos pastores en la guarda de sus rebaños, sino el de mercenarios, pues, al ver llegar al lobo, huyen a esconderse en un culpable silencio. A estos tales reprende el Señor por boca del Profeta, llamándolos ‘perros mudos que no saben ladrar’ (Is 56, 10); y de nuevo se queja de ellos, cuando dice: ‘Vosotros no habéis hecho frente, ni os habéis opuesto como muro a favor de la casa de Israel, para sostener la pelea en el día del Señor’ (Ez 13, 5).

Y ¿qué otra cosa es para un pastor sino volver afrentosamente las espaldas al enemigo, el callar la verdad por temor?  Al contrario, si presenta su pecho a favor de su rebaño, es como si opusiera un muro a los enemigos en defensa de la casa de Israel.  Y amonéstale el Señor por medio de Isaías diciéndole: ‘Clama, no ceses, haz resonar tu voz como una trompeta’ (Is 58, 1)”.[4]

A su vez, mons. de la Bouillerie (1810-1882), obispo de Carcasona, en sus Etudes sur le Symbolisme de la nature [Estudios sobre el simbolismo de la naturaleza], observa: “¡Ay de mí! ¿Acaso no se puede considerar que, cada vez que la herejía y el cisma han separado de la Iglesia a países enteros, entre los pastores muchos han imitado la conducta de los escribas y los fariseos? ¡Las tropas se han dispersado!… ¿Por qué? Porque los perros han enmudecido. De todos los males que pueden devastar, en esta tierra, a la Iglesia de Jesucristo, nada es más temible que el mutismo de los pastores (…)“[5].

Cuando los pastores callan, cuando olvidan la virtud del temor de Dios, cuando eliminan el pensamiento del infierno y relativizan la noción de pecado, ¿cómo no asombrarse de la explosión de concupiscencia y de la glorificación del pecado dentro de la Iglesia?

Los pastores mudos amenazan, hoy, a los perros que ladran diciéndoles: “Acusando al Papa Francisco vosotros acusáis a los Papas que le han precedido, porque a ellos se remontan las culpas que atribuís al pontífice reinante”.

La acusación no nos asusta; y si se tuviera que demostrar la responsabilidad de Juan Pablo II y de Benedicto XVI en la decadencia moral y en la difusión de los errores de las últimas décadas, no nos causaría temor reconocerla, porque ante todo buscamos la verdad.

Es el amor a la verdad el que nos empuja a afirmar que limitar los escándalos a la pedofilia, como harán los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo reunidos en Roma con el Papa Francisco el próximo 21 de febrero, es una hipocresía, porque ignora la plaga de la homosexualidad, que no sólo es un vicio contra natura, sino que es también una estructura de poder dentro de la Iglesia. Y es hipócrita limitarse a denunciar los escándalos morales sin aludir a sus raíces doctrinales, que se remontan a los años del Concilio y del posconcilio. Criticamos el Concilio Vaticano II en nombre de la verdad, con la convicción de que este evento histórico inició el proceso de autodestrucción de la Iglesia que, hoy, llega a sus últimas consecuencias.

Un escritor católico americano, no tradicionalista, Philip F. Lawler ha escrito que el pontificado del Papa Francisco es un desastre. “The Papacy of Francis has been a disaster for the Church” [“El papado de Francisco ha sido un desastre para la Iglesia”][6].

Lawler tiene razón. Se trata de una verdad de hecho que muchos observadores, incluso no católicos, admiten como evidencia. El pontificado de un Papa es un hecho histórico que incluye palabras, actos, omisiones, espíritu y documentos. Pero si los cinco años de pontificado del Papa Francisco pueden ser juzgados un desastre -y muchos hoy lo afirman-, sobre la base de los hechos, ¿cómo se le puede negar al historiador el derecho de expresar el mismo juicio sobre el Concilio Vaticano II, considerado también un evento histórico que incluye palabras, actos, omisiones, espíritu y documentos de lo que sucedió en Roma a partir de ese funesto mes de octubre de 1963? Si un Papa puede ser un desastre, ¿acaso no puede ser un desastre un concilio de la Iglesia, por muy solemne y legítimo que sea?

Por esta razón muchos de nosotros no tememos hacer un juicio negativo sobre el Concilio Vaticano II y el Papa Francisco, su último producto histórico.

No tememos la verdad, ni en lo que concierne al presente, ni en lo que concierne al pasado. El tiempo de la verdad ha llegado. Y la hora de la verdad es también la del próximo e irreversible renacer de la Iglesia, que confiamos plenamente al Corazón Inmaculado de María y a san Miguel Arcángel, del que celebraremos su festividad dentro de dos días.

[1] . Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 33, a. 1.

[2] Ibidem, a. 4, ad 3.

[3] Ibidem.

[4] S. Gregorio Magno, Regola pastorale, II, 8, pp. 95-98 Lib. 2, 4 .

[5] François-Alexandre Roullet de La Bouillerie, Etudes sur le Symbolisme de la Nature Interprété d’après l’Ecriture Sainte et les Pères, Martin-Beaupré Frères, Paris, p. 300-301

[6] Philip F. Lawler, Lost sheperdHow Pope Francis is misleading his Flock, Regnery Gatewau, Washington 2018, p. 190.

Traducción de Elena Faccia Serrano para Infovaticana

https://infovaticana.com/2018/09/27/de-mattei-califica-el-concilio-de-catastrofe-de-dimensiones-historicas-en-la-presentacion-de-su-libro/

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