Viaje al interior. Temucuicui, el enclave “quemante” de La Araucanía

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El Mercurio – Reportaje domingo 30 de abril de 2017


“El Mercurio” entró a la comunidad que el Instituto Nacional de Estadística no pudo censar el 19 de abril y comprobó que se obstaculiza el acceso de los afuerinos a ciertas áreas públicas, argumentando “restricciones”, y que prohíben, incluso, hablar por celular, lo que se vería facilitado por un aparente repliegue de las fuerzas policiales en el sector.

Marcelo Pinto.

“¿Qué es la violencia contra…”. La pregunta no se puede leer completa. La hoja en que está impresa -en un folleto del Gobierno- se encuentra embarrada y quemada en los extremos, al interior de un furgón del Ministerio de la Mujer y Equidad de Género que encapuchados emboscaron e incendiaron, el 22 de noviembre de 2016, en el camino que lleva a Temucuicui.

El asentamiento indígena, ubicado en plena “zona roja” del conflicto de La Araucanía, volvió a cobrar notoriedad el 19 de abril pasado, cuando algunos de sus vecinos derribaron árboles y bloquearon rutas para impedir que el INE los censara. Previamente, sus líderes habían advertido, en tono vociferante, que no estaban dispuestos a ser “contados como animales”.

Cinco meses después del atentado incendiario contra el vehículo del Ministerio de la Mujer, que acudió a la zona para atender a una integrante de la comunidad indígena, los restos de la van permanecen aún en el lugar de la emboscada. Como una prueba elocuente del perfil controversial que se ha granjeado el asentamiento desde 1999.

¿Territorio “independiente”?

Solo seis kilómetros separan a Temucuicui de la localidad de Ercilla y de la Panamericana Sur. El viaje en vehículo toma, a lo más, unos 10 minutos, a través de un camino ripiado en buen estado. Pero la comunidad parece, por momentos, un mundo aparte. Una especie de “territorio independiente”, como proclaman amenazantes distintos grafitis garrapateados a uno y otro lado de la ruta.

La peculiar atmósfera que se respira en el asentamiento se adivina ya en Ercilla: cabecera de la comuna homónima, que registra la mayor cantidad de delitos vinculados al conflicto indígena. Incluso, en el respaldo de los asientos de la sala de espera del municipio es posible encontrar rayados con consignas alusivas a la “nación mapuche”.

A un par de cuadras de ahí, frente a la Plaza de Armas, hay una oficina con un cartel manuscrito, en el que se lee: “Censo”. Allí, en dos horarios, se atiende a quienes no se sometieron al catastro del INE. Entre ellos, comuneros de Temucuicui, en su mayoría mujeres, que han ido voluntariamente frente al temor de perder subsidios estatales tras la “rebelión” del 19 de abril.

Furgón incendiado es parte del paisaje

Desde la salida de Ercilla se divisa el camino a Temucuicui. En varios tramos está flanqueado por vegetación tupida. Pero también hay claros que dejan ver parcelas y casas desperdigadas. Mismo cuadro que apreciaron los censistas la semana pasada. Antes de dar la media vuelta y volver al municipio, con sus formularios en blanco, después de encontrar los caminos bloqueados. Y de oír, supuestamente, algunos disparos.

Los árboles talados por los violentistas para cerrarles el paso ese día están todavía en el camino, aunque en los costados. El jueves en la mañana había por lo menos cinco lugares con pilas de troncos en las vías adyacentes a Temucuicui.

La ruta que lleva al asentamiento tiene poco tránsito. Y quienes pasan, ni siquiera miran el furgón calcinado del Ministerio de la Mujer, como si formara parte del paisaje. El día de la emboscada, antes de prenderle fuego, los extremistas gritaron consignas a favor de la machi Francisca Linconao, imputada por el homicidio de los Luchsinger.

Agujeros de bala

Unos cientos de metros más allá hay otro indicio de la violencia que durante los últimos años ha golpeado al sector. Y que le da al camino un aspecto digno de una película bélica: un paradero de microbuses cuyas paredes presentan una cantidad considerable de agujeros de bala y perdigones.

No es casual. Desde que los comuneros iniciaron las “hostilidades” para reclamar “tierras ancestrales”, a fines de los 90, los tiroteos e incidentes con armas de fuego se han multiplicado en el sector. Entre las víctimas se cuenta Juan Cruz, un anarquista que fue a Temucuicui para solidarizar con la “causa” y que terminó asesinado de un balazo en el rostro, al interior de la casa de un mapuche. En la nómina figuran igualmente carabineros que resultaron heridos con munición de distinto tipo y calibre, en sucesivos choques con los indígenas.

Un poco más allá del paradero agujerado por los proyectiles se divisa Temucuicui. Que no es un pueblo como tal, sino un área en la que la mayor parte de las casas están desperdigadas. Pero donde los mapuches hacen sentir su “autoridad”. Tanto, que definen hasta dónde pueden llegar los afuerinos, aun en caminos públicos. O prohíben el uso de celulares.

No hay claridad sobre cuántas personas habitan la comunidad. Menos todavía después del frustrado censo, como admiten en el entorno del municipio de Ercilla.

Algunos hablan de unos 200 habitantes. Otros elevan la estimación a unos 400. Pero sí hay consenso en cuanto a que todos ellos serían indígenas. Porque en el sector los “huincas” (no mapuches) generan “anticuerpos”, como previene un agricultor que conoce la zona.

Werkén Carbone: “Hay restricciones”

A la bajada del lugar desde donde se visualiza el asentamiento hay una bifurcación. Y un letrero metálico, instalado por Vialidad, que dice Temucuicui. Pero que los lugareños doblaron a golpes, quizás para evidenciar su rechazo a la autoridad. Y al Estado.

Es jueves al mediodía y “El Mercurio” ya está en la comunidad. Unos dos kilómetros más allá del punto al que pudieron llegar los censistas antes de encontrarse con las barricadas.

“La población”, como la llama Carabineros, está formada por unas 20 casas emplazadas a uno y otro lado del camino. Ahí se encuentran también los tres servicios públicos presentes en el lugar: un jardín infantil, la escuela municipal G-816 y una posta. En este sector viven el lonko Juan Catrillanca y el werkén (mensajero) Mijael Carbone, líderes de la comunidad Temucuicui Tradicional, uno de los dos grupos en que se dividen los indígenas del asentamiento.

Desde el ámbito judicial explican que Catrillanca y Carbone tienen un perfil más “político”. Sin perjuicio de que ambos se han visto envueltos en controversias.

El primero, por ejemplo, sufrió un ataque a tiros por parte de otros indígenas, en su casa, a fines de 2008. La agresión fue atribuida en su minuto a rencillas con la comunidad Temucuicui Autónoma: el otro núcleo de mapuches que hay en el lugar.

Carbone, en tanto, registra cinco condenas, por delitos o faltas, entre ellos desórdenes y amenazas. En otra ocasión, además, fue sentenciado por un homicidio frustrado contra Carabineros, pero en un segundo juicio resultó absuelto.

Fuera de la propiedad de Carbone hay dos autos, unas motos y un generador en funcionamiento. Con el ruido como telón de fondo, el werkén entra en escena. Se acerca lentamente, y en un primer momento mira con desconfianza.

Es el vocero de su comunidad, pero prefiere no hablar. Entonces remite al lonko Juan Catrillanca. Cuando se le piden indicaciones para llegar, dice que no es posible permitir el paso hacia allá. Porque en la zona “hay restricciones”, que no precisa. Se compromete, en todo caso, a servir de puente e instruye que se le contacte en una hora.

Banderas mapuches en el jardín infantil

Las “restricciones” de las que habla Carbone apuntan a las dificultades que, en los hechos, hay para recorrer Temucuicui, pese a que los caminos son públicos. Incluso, carabineros y detectives evitan adentrarse en la comunidad, según revelan en el entorno judicial de Temuco (ver recuadro).

Los comuneros miran con recelo a los afuerinos. Y mediante gestos, advierten que no están disponibles para hablar. Ni siquiera un hombre que se identifica como profesor de la escuela acepta preguntas. “No estoy autorizado”, explica con visible embarazo, sin detallar de dónde proviene la “prohibición”.

Aparte de unos niños que corretean en la parte delantera del colegio, no hay movimiento en las edificaciones vecinas: la posta abre únicamente los miércoles y el jardín infantil parece cerrado. Fuera de este último establecimiento, que es público, se observan dos grandes banderas mapuches (azules con la estrella de seis puntas al medio) que flamean desafiantes. Pabellón chileno, en cambio, no hay.

Hacia el lado contrario de “la población” viven dos figuras de la otra comunidad de Temucuicui: la Autónoma. Originalmente, los indígenas formaban un mismo grupo, pero se dividieron en 2008.

En el cisma influyeron distintos factores. Conocedores del conflicto explican que el principal se relacionó con las distintas visiones surgidas entre los comuneros respecto del modo en que debía encauzarse la reivindicación de tierras.

La escisión, en todo caso, se explica igualmente por una motivación práctica. La Ley Indígena, que regula la compra y entrega de predios a los mapuches, permite que una misma comunidad se divida en una o más agrupaciones y opte de ese modo a una mayor cantidad de campos.

Así, bajo tres “razones sociales” distintas -Comunidad Ignacio Queipul, Comunidad Ignacio Queipul II y Comunidad Autónoma Temucuicui-, estos mapuches recibieron más de 3.100 hectáreas, entre 1998 y 2014. Adquisiciones que para el Estado implicaron un desembolso de $4.056 millones, conforme a un estudio de la Multigremial de La Araucanía.

Los fundos Alaska, Montenegro, Nilontraro y La Romana se cuentan entre los campos que la Conadi traspasó a los indígenas de Temucuicui. En todos los casos, sus dueños aceptaron venderlos después de enfrentar, por años, una cadena de atentados. Sin que los tribunales, las policías ni los sucesivos gobiernos pudieran detenerlos.

Como le sucedió a René Urban, ex propietario de los últimos tres fundos, quien, junto a su esposa e hijos, terminó doblando la rodilla tras marcar un verdadero récord en materia de ataques: 250. Urban, último agricultor que colindaba directamente con la Temucuicui, sigue viviendo en Ercilla. Y con el dinero que aceptó pagarle el Estado (“muy inferior” al valor comercial, según su entorno) continúa hoy con su actividad, pero en una zona más segura.

Lonco Queipul: “Mejor no hablo”

Para llegar donde viven los líderes de la comunidad Temucuicui Autónoma es necesario pasar, precisamente, junto a los fundos que fueron de Urban. Como la Tradicional, tiene dos cabezas: un lonco, en este caso, Víctor Queipul, y un werkén, Jorge Huenchullán.

El primero vive junto al camino. Pasado el mediodía del jueves, está trabajando en un galpón, fuera de su casa. Como Carbone -de la comunidad tradicional-, saluda con desconfianza. “¿Con quién estoy hablando yo?”, pregunta. Luego hace una pausa y corta el diálogo: “Mejor no hablo”.

En la zona cuentan que él fue uno de los impulsores de la división de la comunidad original. Que la llevó adelante por diferencias con Catrillanca y para consolidar su creciente liderazgo entre una parte de los indígenas. Como otros líderes mapuches, ha estado preso. En diciembre del año pasado, por ejemplo, fue arrestado por una supuesta agresión a un detective, causa que está aún en trámite.

El werkén Huenchullán también ha tenido complicaciones. La última es reciente y se vincula con el hallazgo, hace unas semanas, de decenas de plantas de marihuana, en un invernadero de su predio. En el operativo, los carabineros detuvieron a su pareja, pero se llevaron solo una parte de la droga. En Temuco explican que lo anterior obedeció al hecho de que los uniformados se replegaron anticipadamente, ante el riesgo de que se generara una batalla campal con los comuneros. Huenchullán, que hoy está prófugo, ha enfrentado a la justicia en más de una oportunidad. A fines de 2009, por ejemplo, se le abrió una causa por amenazar al fiscal Miguel Velásquez.

Pasa del mediodía en Temucuicui, y en el sector de “la población”, el movimiento sigue siendo escaso. Al interior de los predios se ven algunos jóvenes que parecen vigilar. Ahora, del hogar de Carbone sale otra persona. Es un hombre joven. Dice que el werkén no está. Que salió. Y advierte que en el lugar no hay “permiso” para usar celulares. ¿Por qué? “Porque no se puede”, responde secamente.

De regreso en Ercilla, la oficina del “censo” sigue abierta a la espera de que aparezcan habitantes de Temucuicui y respondan el cuestionario. Más allá de que, como reflexionan en la zona, la comunidad mantendrá su perfil. Estén o no en blanco los formularios del INE.

http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=356662

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