Una superpotencia (con el PIB de Italia)

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Rusia, un coloso con pies de barro, ante el cual Occidente se inclina porque quiere

El diario “El País” de Madrid

Las titánicas ambiciones del Kremlin viven en un cuerpo económico relativamente menudo    Andrea Rizzi 19 de Marzo de 2014 

El Presidente Putin en la entrada de un salón del Kremlin, este martes / S. I. (AFP)
El Presidente Putin en la entrada de un salón del Kremlin, este martes / S. I. (AFP)

La actuación rusa en Crimea exhala toda la firmeza, ambición y pompa de una potencia imperial. Una acción militar sin complejos; discursos grandilocuentes en el espléndido salón de San Jorge, en el Kremlin; indiferencia desafiante ante las amenazas de represalias occidentales: todas las piezas parecen encajarse en el mosaico imperial. Pero, por debajo de esas demostraciones de fuerza, yace una realidad llena de fragilidades.

El PIB de Rusia (2 trillones de dólares) es, en la actualidad, del mismo tamaño que el de Italia, un país económicamente estancado hace varios años, políticamente paralizado y substancialmente irrelevante en nivel global. Las titánicas ambiciones del Kremlin habitan un cuerpo económico relativamente menudo: una cuarta parte del PIB chino; una octava parte del norteamericano.

Naturalmente, varios elementos sitúan a Rusia en otro planeta geopolítico con relación a Italia. Un aterrador arsenal nuclear; Fuerzas Armadas vetustas en ciertos aspectos, pero poderosas y en vías de renovación; poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU; extraordinarias reservas energéticas; la profundidad estratégica garantizada por los lazos históricos con las otras ex-repúblicas soviéticas; una extensión territorial sin comparación.

Pero la llamativa equivalencia de los PIBs italiano y ruso sirve como aviso sobre las serias fragilidades internas de Rusia. Un país con un grave desafío demográfico (la población disminuyó de 148 a 143 millones en las últimas dos décadas, y la esperanza de vida para los hombres  es de sólo 64 años); una economía de monocultura, muy expuesta, por tanto, a las oscilaciones en los precios en el mercado energético (¿se acuerda alguien del nombre de alguna empresa rusa además de la Gazprom?); un claro atraso tecnológico en comparación a otras potencias; un sistema educacional con resultados mediocres, según el relatorio comparativo PISA.

No son asuntos marginales. La capacidad de influencia internacional y el poderío militar no pueden subsistir sin una subyacente prosperidad económica.

Aun así el espíritu político marca el destino de las naciones y puede dirigirlo para horizontes sorprendentes. El régimen de Putin encarna bajo ciertos aspectos el deseo de poder de matiz nietzscheano. Ese deseo parece ser o impulso primitivo de toda su política, y no tiene frenos internos. En un país no exento de dificultades sociales, el Kremlin puede invertir 4,4% del PIB en gastos militares sin que nadie discuta. En Europa, casi ningún país llega al 2%.

El sentimiento de indignación por las maniobras del Occidente después de la disolución de la URSS, el orgullo por su historia y un espíritu nacional claramente propenso a nunca rendirse, alimentan esa actitud que no está en proporción con el peso económico del país. Los rusos no abrir mano de Stalingrado. Las maravillosas páginas de Vida y Destino, obra de Vassili Grossman que relata a resistencia de los soviéticos bajo aquel asedio, revelan trazos del alma que posiblemente explican, al menos en parte, esa disposición de boxear por encima de su peso. ¿Orgullo? ¿Capacidad de sufrimiento? Difícil de definir. Pero son factores que cuentan, y no se debe olvidarlos, tampoco se debe olvidar el PIB.

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