Una cuestión moral

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Blog de Juan Ignacio Brito

@JIBrito,  JUEVES 14 DE JULIO DE 2016

La democracia está en apuros. Por todas partes surgen luces amarillas que notifican la insatisfacción. Habría que ser ciego para no advertir el desencanto que se manifiesta de manera diversa a través de fenómenos como el abstencionismo electoral o el surgimiento de grupos populistas de variado signo.

“La democracia representativa por sí sola ya no da respuesta a los anhelos de la gente de ser parte constructora de la sociedad”, dijo hace algunos días la Presidenta Michelle Bachelet en una entrevista. Tiene razón. No son casuales la votación en favor del Brexit, el juicio contra Dilma Rousseff, el auge de movimientos como Podemos en España o Cinco Estrellas en Italia o la campaña de Donald Trump en Estados Unidos.

 

En estos y otros casos, la maquinaria democrática defrauda por su falta de respuesta frente a problemas que afectan a la ciudadanía y que permanecen sin solución. Simplemente no son comprendidos por liderazgos que viven realidades ajenas a las del común de los mortales. Asuntos como la inmigración, los altos niveles de delincuencia, las crisis económicas, el desempleo o los efectos de la globalización se quedan sin respuesta satisfactoria de parte de unos políticos que no los entienden porque no los viven y carecen de empatía con sus representados. Esto genera una creciente distancia entre la gente y sus líderes, la cual se agrava cuando son descubiertos abusos.

La democracia se construye sobre algunos supuestos que son fácilmente corruptibles. Uno de ellos es que los representantes responden a los intereses de los representados y que trabajan para promover el bien común de la sociedad. Sin embargo, cuando los servidores públicos se convierten en servidores de sí mismos, el edificio comienza a tambalear. Pese a que existen leyes para sancionar las malas prácticas, ellas son incapaces de prevenir el descontento cuando quienes deben cumplirlas están dispuestos a burlarlas y a usar su influencia para salirse con la suya. En definitiva, la democracia no solo descansa en pesos y contrapesos, sino también en la buena fe. Es frágil si los que mandan no exhiben virtudes cívicas y un real interés por el bien común.

No obstante que las consideraciones institucionales, ideológicas y de política pública son muy importantes, lo que explica que democracias de diferentes latitudes, formas y colores sufran hoy problemas similares es que en todas ellas los líderes políticos han ido extraviando el compás moral. A muchos les molesta que esto se mencione siquiera, porque quieren entender que todo en política es cuestión de poder e incentivos bien puestos. Pero la experiencia demuestra que, sin un ejercicio virtuoso, el sistema democrático corre el peligro de ser manipulado y corroído hasta transformarse en el enemigo del pueblo que dice representar. La buena noticia es que las democracias son flexibles y, por ende, reformables. Pero no se producirá una auténtica renovación si quienes las dirigen no consideran la centralidad de la dimensión moral de la política y no se deciden a cumplir estándares rigurosos en este aspecto.

http://voces.latercera.com/2016/07/14/juan-ignacio-brito/una-cuestion-moral/

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