¡Lutero Piensa que es Divino!

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Segundo artículo de Plinio Correa de Oliveira sobre Lutero cuando comenzaron las expresiones de benevolencia hacia él de parte de miembros de la Sagrada Jerarquía. Naturalmente, la respuesta de ésta fue el silencio.

 

Plinio Corrêa de Oliveira
Plinio Corrêa de Oliveira

 

No comprendo cómo hombres de Iglesia contemporáneos, incluso de los más cultos, doctos o ilustres, mitifiquen la figura de Lutero, el heresiarca, en el empeño de favorecer una aproximación ecuménica, de inmediato con el protestantismo, e indirectamente con todas las religiones, escuelas filosóficas, etc. ¿No disciernen ellos el peligro que a todos nos acecha al fin de este camino, o sea, la formación, en escala mundial, de un siniestro supermercado de religiones, filosofías y sistemas de todo orden, en que la verdad y el error se presentarán fraccionados, mezclados y puestos en alboroto? Ausente del mundo sólo estaría –si hasta allá se pudiese llegar– la verdad total; esto es, la fe católica apostólica romana, sin mancha ni defecto.

Sobre Lutero –a quien cabría, bajo cierto aspecto, el papel de punto de partida en esa marcha hacia la confusión total– publico hoy algunos tópicos más que muestran bien el olor que su figura revoltosa esparciría en ese supermercado, o mejor, en esa morgue de religiones, de filosofías, y del propio pensamiento humano. Según prometí en el artículo anterior, los tomo de la magnífica obra del padre Leonel Franca S.J., “La Iglesia, la Reforma y la Civilización” (Editora Civilização Brasileira, Río de Janeiro, 3ª ed., 1934, 558 pp.).

Elemento absolutamente característico de la enseñanza de Lutero es la doctrina de la justificación independiente de las obras. En términos más llanos, de que los méritos superabundantes de Nuestro Señor Jesucristo por sí solos aseguran al hombre la salvación eterna. De modo que se puede llevar en esta tierra una vida de pecado, sin remordimientos de conciencia, ni temor de la justicia de Dios. La voz de la conciencia era, para él, no la de la gracia, sino ¡la del demonio!

Por eso escribió a un amigo que el hombre vejado por el demonio, de vez en cuando “debe beber con más abundancia, jugar, divertirse y hasta cometer algún pecado en odio y provocación al diablo, para que no le demos ocasión de perturbar la conciencia con pequeñeces (…) Todo el Decálogo se nos debe apagar de los ojos y del alma, a nosotros tan perseguidos y molestados por el diablo” (M. Luther, “Briefe, Sends breiben und Bedenken”, ed. De Wette, Berlín, 1825-1828 – cfr. op. cit., pp. 199-200).

En el mismo sentido, escribió también: “Dios sólo te obliga a creer y a confesarlo. En todas las otras cosas te deja libre y señor de que hagas lo que quisieres, sin peligro alguno de conciencia; antes es cierto que, de sí, a Él no le importa, ni siquiera si dejases a tu mujer, huyeses de tu señor y no fueses fiel a ningún vínculo. ¿Y qué le importa (a Dios), si haces o dejas de hacer semejantes cosas?” (“Werke”, ed. de Weimar, 12, pp. 131 ss. – cfr. op. cit., p. 446).

Tal vez aún más taxativa es esta incitación al pecado, en carta a Melanchton, del 1 de agosto de 1521: “Sé pecador, y peca fuertemente (esto peccator et pecca fortiter), pero con más firmeza aún cree y alégrate en Cristo, vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Durante la vida presente debemos pecar. Basta que por la misericordia de Dios conozcamos al Cordero que quita los pecados del mundo. De él no nos ha de separar el pecado, aunque cometiésemos por día mil homicidios y mil adulterios” (“Briefe, Sendschreiben und Bedenken”, ed. De Wette, 2, p. 37 – cfr. op. cit. p. 439).

Tan descabellada es esta doctrina, que el propio Lutero a duras penas conseguía creer en ella: “Ninguna religión hay en toda la tierra, que enseñe esta doctrina de la justificación; yo mismo, aunque la enseñe públicamente, con gran dificultad la creo en particular” (“Werke”, ed. de Weimar, 25, p. 330 – cfr. op. cit., p. 158).

Pero los efectos devastadores de la predicación que Lutero confesaba tan insincera, él mismo los reconocía: “El Evangelio encuentra hoy en día adherentes que se persuaden de que no es otra cosa que una doctrina que sirve para llenar el vientre y dar rienda suelta a todos los caprichos” (“Werke”, ed. de Weimar, 33, p. 2 – cfr. po. cit., p. 212).

Y Lutero agregaba, acerca de sus secuaces evangélicos, que “son siete veces peores que antes. Después de la predicación de nuestra doctrina, los hombres se entregaron al robo, a la mentira, a la impostura, a la depravación, a la embriaguez y a toda especie de vicios. Expulsamos un demonio (el papado) y vinieron siete peores” (“Werke”, ed. de Weimar, 28, p. 763 – cfr. op. cit., p. 440).

“Después que comprendimos que las buenas obras no son necesarias para la justificación, quedamos mucho más descuidados y fríos en la práctica del bien (…) Y si hoy se pudiese volver al antiguo estado de cosas, si de nuevo reviviese la doctrina que afirma la necesidad de hacer bien para ser santo, otra sería nuestra alegría y presteza en el ejercicio del bien” (“Werke”, ed. de Weimar, 27, p. 443 – cfr. op. cit., p. 441).

Todas esas demencias explican que Lutero llegase al frenesí del orgullo satánico, diciendo de sí mismo: “¿Este Lutero no os parece un hombre extravagante? En cuanto a mí, pienso que él es Dios. Si no, ¿como tendrían sus escritos y su nombre el poder de transformar mendigos en señores, asnos en doctores, falsificadores en santos, lodo en perlas?” (Ed. Wittemberg, 1551, t. 4, p. 378 – cfr. op. cit., p. 190).

En otros momentos, la opinión que Lutero tenía de sí mismo era mucho más objetiva: “Soy un hombre expuesto y envuelto en el mundo, en la crápula, en los movimientos carnales, en la negligencia y en otras molestias, a las que vienen a juntarse las de mi propio oficio” (“Briefe, Sendschreiben und Bedenken”, ed. De Wette, 1, p. 232 – cfr. op. cit., p. 198). Excomulgado en Worms en 1521, Lutero se entregó al ocio y la molicie. Y el 13 de julio escribió a otro prócer protestante, Melanchton: “Yo aquí me encuentro, insensato y endurecido, establecido en el ocio, ¡oh dolor!, rezando poco, y dejando de gemir por la Iglesia de Dios, porque en mis carnes indómitas ardo en grandes llamaradas. En suma, yo que debo tener el fervor del espíritu, tengo el fervor de la carne, de la lujuria, de la pereza, del ocio y de la somnolencia” (“Briefe, Sendscheiben und Bedenken”, ed. De Wette, 2, p. 22 – cfr. op. cit. p. 198).

En un sermón predicado en 1532: “en cuanto a mí, confieso –y muchos otros podrían sin duda hacer igual confesión– que soy descuidado tanto en la disciplina como en el celo, soy mucho más negligente ahora que bajo el papado; nadie tiene ahora por el Evangelio el ardor que se veía otrora” (“Saemtliche Werke”, ed. de Plochman-Irmischer, 28 (2), p. 353 – cfr. op. cit. p. 441).

¿Qué de común se puede encontrar, pues, entre esta moral, y la de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana?

http://tradicionyaccion.org.pe/spip.php?article410   /

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