Las consecuencias filosóficas y políticas del cisma luterano

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Julio Llorente                InfoVaticana                3 noviembre, 2017

Lutero elimina la mediación de la Iglesia y torna la conciencia humana, iluminada por el Espíritu Santo, en soberana para ordenar su vida religiosa e interpretar los textos bíblicos.

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero publicó sus celebérrimas 95 tesis, ese documento en el que se desacredita la doctrina papal sobre las indulgencias y que constituiría la génesis de ingentes cambios políticos y filosóficos posteriores. Es por ello por lo que en las postrimerías del mes de octubre – y en los albores de noviembre – de este año 2017 han proliferado los festejos y conmemoraciones.

Unas celebraciones a las que – paradójicamente y como consecuencia del contexto de constante exaltación del ecumenismo que vivimos – no ha permanecido ajena la Iglesia católica. No en vano, después de haberle motejado el pasado año de ‘testigo del Evangelio’, el Vaticano anunciaba hace días la emisión de un sello postal de 1 euro en el que se representa al heresiarca Lutero al pie de la Cruz.

Ante estos hechos, hemos de preguntarnos si la Iglesia desatiende las perniciosas consecuencias filosóficas y políticas que la Reforma protestante ha entrañado para la civilización; consecuencias que vamos a tratar de sintetizar en este texto.

El pesimismo antropológico y la salvación por medio de la fe

El gran pilar del pensamiento de Lutero es la llamada doctrina de la justificación por la sola fe; es decir, la creencia de que el hombre, con su naturaleza devastada por la Caída, no puede sobreponerse al pecado y, por tanto, es exclusivamente salvado por la fe y por los méritos de Jesucristo en la cruz (no por sus propias obras, ya que el pecado original le ha incapacitado para hacer el bien).

Esta creencia deriva ineluctablemente en un pesimismo antropológico que rechaza la libertad humana: si el hombre no puede escapar del pecado y hacer el bien, no es verdaderamente libre. De hecho, tampoco puede aspirar a la plenitud vital, a la felicidad, ya que sólo quien obra bien – consigo mismo y con el prójimo – puede ser feliz.

La libre interpretación y el libre examen: subjetivismo

Lutero, además, elimina la mediación de la Iglesia y torna la conciencia humana, iluminada por el Espíritu Santo, en soberana para ordenar su vida religiosa e interpretar los textos bíblicos. Como escribió Castellani, ‘desde que Lutero aseguró a cada lector de la Biblia la asistencia del Espíritu Santo, esta persona del Espíritu Santo empezó a decir unas macanas espantosas’.

Todo ello implica el rechazo de la existencia de una interpretación verdadera y legítima de los textos bíblicos y la afirmación del subjetivismo, esa corriente filosófica por la cual cada uno tiene ‘su verdad’ y, en consecuencia, el individuo es criterio de ésta. Afirmar que cada uno puede extraer el mensaje que guste de las Sagradas Escrituras es negar que las Sagradas Escrituras contengan un mensaje concreto.

Escepticismo filosófico y moral

El heresiarca Lutero fue discípulo de los nominalistas Wesel y Biel, lo que se ve reflejado en su rechazo del realismo filosófico (una doctrina que se basa en la capacidad del hombre para aprehender la verdad, que está en las cosas y no en sí mismo). De este modo, juzga que la razón, atrofiada por el pecado original, es incapaz de abstraer lo universal y, en consecuencia, de discernir un orden moral objetivo.

Esta creencia lleva al hombre a olvidar la búsqueda de la verdad y el bien (si no se pueden encontrar, no tiene sentido buscarlos), a centrarse en los saberes prácticos y a cuestionar toda institución establecida. Como sostiene Belloc en Europa y la fe, ‘al negarse la realidad y hasta el ser, se crean sistemas que se mueven en un vacío atroz, para asentarse finalmente en una negación y desafío universal contra toda institución y todo postulado’.

La monarquía absoluta y la democracia despótica

Si el ser humano es incapaz de alcanzar la verdad, tampoco puede aprehender la ley natural, que es universal e inmutable y que en el Medievo limitaba el poder del monarca impidiéndole promulgar leyes positivas injustas (en palabras de San Isidoro: ‘Rey eres si gobiernas justamente’). Sin ley natural – o siendo ésta incognoscible –, el principio de autoridad queda enterrado y el poder del soberano se torna absoluto e incuestionable. Al no someter la ley positiva a una norma superior, universal, se abre la puerta a la arbitrariedad.

En la Reforma protestante se halla la semilla del absolutismo monárquico, por mucho que éste también se diese en países católicos. En cualquier caso y precisamente por el mismo motivo, el pensamiento de Lutero también constituye la génesis de la voluntad general rousseauniana y de la teoría de la democracia. Igual que en el caso de la monarquía absoluta, no hay orden moral objetivo que constriña el poder del pueblo, que decide por mayoría lo que está bien y lo que está mal, lo que es justo e injusto.

Calvino, la predestinación y el determinismo moderno.

Alentado por la rebelión de Lutero, el clérigo Juan Calvino desarrollaría su pensamiento, que estriba en la negación del libre albedrío y en una concepción sobremanera pesimista de la naturaleza. De esta manera, Calvino plantearía la doctrina de la predestinación, según la cual el hombre nada puede hacer para salvarse, pues su destino ya ha sido determinado por Dios.

Lo más pernicioso del planteamiento del clérigo es la sentencia que el hombre puede conocer anticipadamente su sino, ya que la prosperidad material y económica es signo del favor de Dios. No en vano, derivaría en la idolatría del dinero, que dejó de ser un medio para tornarse en un fin. Además, la doctrina de la predestinación ampararía el florecimiento del determinismo moderno – presente en ideologías como el marxismo – y, en cierto modo, del darwinismo social, que propugna la vigencia de la selección natural en las comunidades humanas.

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