La revolución que vivimos

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VENEZUELA

Antonio Sánchez García

“El Nacional” de Caracas 28 de mayo de 2017


¡Bravo por Venezuela, la eterna! ¡Démosle gracias a Dios por habernos permitido vivir este momento histórico! ¡Una nueva Venezuela ha nacido! ¡A dar nuestras vidas por ella! Se lo merece.

A nuestros mártires

Las revoluciones son mal educadas: no piden permiso. Ni se limpian los zapatos antes de entrar a los salones y pisar las alfombras, donde los funcionarios de los partidos del establecimiento pretenden incautarlas. Son descaradas: van a lo suyo. Que es el poder. Y en la urgencia –todas las revoluciones son urgentes y no esperan, como las parturientas– no tienen ni tiempo ni interés en aguardar las instrucciones de quienes quisieran hipotecarlas para dar a luz el nuevo tiempo que se asoma.

Es la característica única e inédita de la revolución que estamos viviendo en Venezuela. ¿De dónde sale tanta gente –niños, adolescentes, mujeres, adultos, viejitas, ancianos, paralíticos, amputados que se enfrentan a las tanquetas, a las metralletas, a las balas y a las bombas lacrimógenas de los mercenarios y hampones del viejo sistema que se desintegra y se está cayendo a pedazos–?, me preguntaba un periodista extranjero, asombrado de ver cómo brotaban de los barrios, los cerros, los callejones, las aldeas, los pueblos y las ciudades de Venezuela los millones de combatientes que somos. ¿Quiénes los han convocado, los han instruido, los han organizado?

Nadie. Es la fuerza irresistible e irrefrenable de un pueblo en estado de ebullición, como los volcanes. Una fuerza telúrica alimentada por la desesperación, la indignación, la negación y el rechazo. Y, sobre todo, y allí radica su característica esencial, brotada de la dignidad ofendida de un pueblo saqueado, esquilmado, estafado, engañado, manipulado, ofendido y humillado. Una revolución profundamente asentada en las reservas morales de un pueblo que agotó todas sus fuerzas de resistencia. Pues las revoluciones auténticas –y Venezuela y posiblemente ningún otro país de América Latina, ni siquiera el cubano, habían vivido una auténtica revolución, pues la independentista se la sacaron los mantuanos de Bolívar y Sucre de sus chisteras de jóvenes aristócratas con ambiciones magisteriales, la cubana la impuso con el poder del engaño y la seducción una camarilla golpista y la cacareada revolución bolivariana, esta farsa de ladrones, estafadores y narcotraficantes, fue pergeñada en los regimientos de la ambición y el saqueo que llevan doscientos años pudriendo el espíritu de Venezuela desde los cuarteles de la infamia.

Nadie se la esperaba. Hasta ayer, asesores asépticos y pundonorosos insistían en recalcar que este pueblo era apático, aguantador, pacifista y sufrido hasta lo indecible. Cómodo y electorero. Sensual y veleidoso. Hedonista y gozador. Y que la única salida posible a este cruento impasse –que se han empeñado en desconocer o minimizar, en reducir a los añejos parámetros de una democracia decadente, discutidora y subvencionada– era agacharse y esperar por el derrumbe y elecciones.

Sin despertar al monstruo uniformado. Nada de lo cual era falso. Pero nada de lo cual era cierto. Porque los pueblos se miden en las horas amargas, las más difíciles, las más duras. Y es de agradecer, así suene a paradoja, que esta dictadura –zafia, brutal, estúpida, inútil, corrupta, uniformada, mentirosa y sanguinaria– haya llevado las cosas hasta sus últimos extremos.

Acuciada por las urgencias de una tiranía proxeneta, viciosa, exangüe y esclavista como la cubana, que quisiera despedazarnos y devorarnos hasta los huesos, han creído que el plato con las sobras ya estaba servido. Que los hampones que se apoderaron del Poder bajo el mando y la complicidad de la fuerza armada podían hacer lo que les viniera en ganas.

Que los partidos de una oposición cataléptica y paralizada por sus prejuicios, sus ideas fijas, su pusilanimidad, sus abonos, mezquindades y granjerías seguirían engarzadas al mangoneo cubano psuvista por las narices de negociados y componendas, como los bueyes rumberos. Que el mandado estaba hecho y el matrimonio narcotraficante y sus militares vendidos nos arrearían como bestias hasta el matadero castro-comunista.

¡Qué maravillosa, qué extraordinaria, que colosal equivocación! Ahora, ante esta revolución arrolladora, impulsada por niños y jóvenes que nacieran luego del último vómito del golpismo militarista y caudillesco sobreviviente del siglo XIX, el del 4 de febrero de 1992, que no conocieron de los tejemanejes, corruptelas y traiciones de éste y del otro pasado y se mueven por los instintos liberadores que llevan en sus genes, los de la generación del 28 y nuestros mejores demócratas venezolanistas, se atoran, no salen de su asombro y reaccionan agotando las existencias de sus arsenales y su infinita y estúpida crueldad o pretendiendo capitalizar lo que fueron incapaces de promover.

¡Bravo por Venezuela, la eterna! ¡Démosle gracias a Dios por habernos permitido vivir este momento histórico! ¡Una nueva Venezuela ha nacido! ¡A dar nuestras vidas por ella! Se lo merece.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/revolucion-que-vivimos_184453

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