La prematura suspensión de los bombardeos del Ejército a la guerrilla colombiana

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Juan Manuel Santos parece haber olvidado demasiado pronto la masacre de Buenos Aires (Cauca), y apostando en la mesa sus restos (que para estos efectos comprometen también los de la Fuerza Pública) anuncia que se suspenderán nuevamente los bombardeos contra los campamentos de las FARC.

En esa declaración sabatina que produjo enorme alegría en tales campamentos y evidente angustia en extensos sectores del país, el Presidente incluye una salvedad advirtiendo que sólo él podría ordenarlos en el futuro, al mejor estilo de un mandato que ha convertido la reculada y la ambigüedad en herramientas permanentes de gobierno.

Por eso, una nueva reculada no es lo que sorprende. Lo que sorprende es la oportunidad, el momento, justo después de que las FARC proclamaran a los cuatro vientos que De la Calle le había mentido al país cuando afirmó en el Congreso que esa guerrilla entregaría sus armas.

Las FARC pintaron a De la Calle, que es un hombre respetable, como alguien que no dice la verdad sobre lo que sucede en Cuba, después de haber administrado con gran habilidad en el debate senatorial el extraño híbrido “3 en 1” que hoy encarna el jefe negociador, entre constitucionalista emérito, negociador de paz y precandidato presidencial de Piedad Córdoba.

Y las FARC, en vez de convalidar el reporte de De la Calle, lo desmintieron y se llevaron por delante lo que había avanzado. El debate fue el martes. Hasta Álvaro Uribe, al oír que las FARC entregarían sus armas dijo que surgía un asomo de confianza. Entre miércoles y jueves sonó el nombre de De la Calle para el 2018 entre quienes lo vieron actuando más como candidato que como negociador, lo que, digo yo, es muy dañino para el proceso.

Entre viernes y sábado por la mañana, las FARC negaron la veracidad de lo dicho por De la Calle y reiteraron que no entregarán las armas. El sábado por la tarde, Santos premió la desmentida con el anhelado anuncio para las FARC del cese de los bombardeos en medio de los entusiastas aplausos del ya desescalado Ministro de Defensa y de su corte sumisa.

Como a estas alturas no sabemos si De la Calle nos dijo la verdad completa o no, la información sobre la realidad de la negociación es esquiva e incierta. Por eso, sólo podemos rogar al Altísimo que Santos no se esté equivocando otra vez, afanado por su Nobel, o angustiado por el desbarajuste de su gobierno y el deteriorado panorama económico o, simplemente, engañado por las FARC.

Debería el Presidente escuchar las voces críticas con sentido constructivo. Debería excluir de esta suspensión aquellos campamentos que protegen laboratorios de estupefacientes y corredores de narcotráfico. Debería montar una verificación seria y cotidiana del cese de hostilidades con entidades independientes y confiables (no, gracias, UNASUR) para evitar que las FARC encuentren una nueva oportunidad de fortalecer su capacidad de guerra.

También debería Santos evitar que a De la Calle le aparezcan colmillos de candidato tras su máscara de negociador. Y, sobre todo, debería exigir hechos reales que demuestren la voluntad de paz de las FARC como, por ejemplo, insisto, el retorno inmediato de los menores reclutados y el cese de esa práctica brutal, crimen de lesa humanidad castigado por la Corte Penal Internacional, del que se derivan, entre otras atrocidades, la violación sistemática de niñas y niños campesinos, como lo confirman múltiples testimonios.

Es claro. Con bombardeos o sin ellos, la misma rigurosidad que se exige para con el llamado Monstruo de la Sierrita debería aplicarse a aquellos monstruos que desde las filas guerrilleras han repetido este crimen no en 4 ó 5 oportunidades, sino en decenas de casos a lo largo de los años. Vaya paradoja, mientras las FARC insisten en no entregar las armas, Santos depone las del Estado y suspende los bombardeos.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/la-prematura-suspension-de-bombardeos-juan-lozano-columnista-el-tiempo-/16152919

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