La igualdad social
¿un sueño o una pesadilla?

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Alfredo MacHale E.

El hall de acceso a la Casa Central de la Universidad Católica de Chile, en Santiago, ya se encontraba, a la hora del crepúsculo, desierto y en penumbras, siendo apenas cruzado de vez en cuando por algún funcionario rezagado, que se retiraba a su casa, o por uno u otro alumno que caminaba rápido, tratando de compensar, con la rapidez de su caminar hacia la salida, la excesiva tardanza del fin de la actividad diaria.

De pronto, no obstante, comenzó a escucharse un vocerío animado de personas que caminaban en grupo hacia el hall por uno de los corredores del claustro, ora conversando de modo animado, ora más bien discutiendo en forma un tanto acalorada, quizá por prever que el coloquio llegaba a su fin, porque se separarían en breve, queriendo dar, antes de dispersarse, un último argumento concluyente.

La escena daba la impresión de que estaba en curso una especie de epílogo de lo que había sido una clase en la Facultad de Derecho, o más bien que un tema tangencialmente tocado en el curso del aula había derivado, al final, en una conversación sobre un tema conexo.

Sin embargo, al llegar al hall, sea porque la disposición de dar la ‘palabra final’ era más o menos común a todos, sea porque algunos de los argumentos dados por unos abrieron flanco a ciertas objeciones de otros de los presentes, la conversación se prolongó, deteniéndose el grupo y formando un círculo. Todos pensaron que esto duraría pocos minutos, mas en realidad no fue así.

 

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En el círculo, había cinco personas, tres hombres de edades variadas, y dos mujeres más bien jóvenes. Entre los varones había uno de edad avanzada, con porte altivo y voz sonora, que sin duda era un catedrático. Sus palabras despertaban ecos que resonaban en las bóvedas del hall y que daban a su discurso un tonus docente muy notorio y un tanto deliberado. Era don Enrique, ex magistrado de justicia, profesor durante varias décadas y una reconocida autoridad en Filosofía del Derecho, que la enseñaba en forma docta y casi con pasión, con notoria nostalgia de una época en que se reconocía a los principios un papel verdaderamente rector.

A su derecha, estaba Juan Ignacio, sin duda un alumno de los primeros años, que, a pesar de eso, ya parecía disfrutar por anticipado de la profesión que había elegido. Diestro en argumentar y en sacar conclusiones coherentes tanto de sus propias afirmaciones cuanto de las ajenas, adhería con entusiasmo a los argumentos de su maestro. A la izquierda del catedrático, Sofía, también alumna, vibraba con las razones de aquel, pero en sentido inverso a Juan Ignacio: cuando éste afirmaba, ella más bien discrepaba, y cuando él negaba, ella casi automáticamente asentía.

Completaban el círculo otros dos alumnos, Blanca y Diego, que más bien guardaban silencio, salvo en algunos monosílabos ocasionales y sin mayor trascendencia. Diríase que ambos ponían todos sus esfuerzos en seguir el curso de la discusión sin perder nada, y que esto ya representaba para ellos un trabajo más que suficiente.

El tema que discutían era la igualdad social. Don Enrique y Juan Ignacio impugnaban incisivamente la igualdad total, pero a Sofía ésta le parecía fundamental. Los primeros daban argumentos, pero su contradictora explicitaba sobre todo sentimientos. A ellos les importaba la realidad, a ella ésta sobre todo ésta le producía pena.

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Don Enrique: Para entender el problema, es indispensable hacer una distinción clásica: es verdad que los hombres, en esencia son iguales, porque son hijos de Dios, todos tienen alma y cuerpo, todos están llamados al Cielo, todos deben cumplir los Mandamientos del Decálogo y todo lo que de ellos se deduce; todos tienen derecho a la vida, al trabajo y a lo que con éste se obtiene; todos tienen derecho a formar una familia y a decidir cómo educan a sus hijos, etc., lo cual siempre debe serles reconocido y respetado.

No obstante, en los accidentes, los hombres son diferentes, tienen capacidades y cualidades desiguales, que tienen efectos en la situación social en que viven. Eso corresponde a derechos que también son vitales y que deben ser acatados, pues lo contrario sería injusto. En la parábola de los talentos, el señor confió a algunos de sus súbditos más talentos que a los otros, y también aquellos debían dar un fruto mayor.

Esas desigualdades accidentales se refieren a las cualidades del alma, a las condiciones de la propia familia, a la educación que se recibió, a la forma como la persona vive y a muchos otros aspectos. El respeto a esas desigualdades hace que el orden social sea jerárquico, con grados diferentes de importancia, con subordinaciones y dependencias.

Sofía: Pero ¿cómo entender, profesor, que algunos nazcan privilegiados, ricos y poderosos, mientras otros nacen pobres y débiles? ¿No es una injusticia? ¿No tienen éstos perdida de antemano la partida?

Don Enrique: ¡De ninguna manera! Los pobres pueden progresar, si trabajan con esmero, si son de buenas costumbres y, naturalmente, si se les ayuda, porque, de un lado, el Estado debe actuar para que todos tengan lo indispensable, a pesar de lo cual siempre habrá pobreza. Además, los ricos deben, por caridad, ayudar a los pobres, pero esto no se puede imponer por ley.

Las clases sociales no deben ser como las castas de ciertos pueblos paganos, que estaban separadas por abismos imposibles de trasponer: quien nacía en una casta moría inevitablemente en ella.

En las naciones cristianas no es así, hay una cierta permeabilidad social, que permite que algunos progresen mucho y que otros decaigan mucho, los primeros por causa de sus esfuerzos, los segundos en razón de una vida desordenada, de gastos y diversiones excesivos, por ejemplo.

Obviamente, sólo en casos muy excepcionales una persona puede pasar de la extrema pobreza a una inmensa riqueza, pero progresos más moderados son muy comunes; es más, estos progresos moderados pueden ser el comienzo de progresos mucho mayores.

Juan Ignacio: Es decir, las desigualdades deben ser proporcionadas, no desmedidas. Sin embargo, que alguien sea muy rico, por ejemplo, no significa que necesariamente sea demasiado rico ni que sea legítimo desposeerlo de aquello que los demás juzgan excesivo. Así, el Estado no debe arrogarse la facultad de sistemáticamente desposeer a unos para dar a otros, porque eso rompe la estabilidad que el país necesita.

Conviene al país que todos sepan que, trabajando mucho, por mucho tiempo y llevando una vida ordenada, es posible progresar mucho, porque si no, o sea, si se crea la sensación de que, a partir de cierto punto, los esfuerzos adicionales no representarán ventaja alguna, entonces muy pocos los harán, y el país entrará en decadencia; o sea, serán coartadas la libre iniciativa y la inversión, lo que será gravemente perjudicial y ese daño demorará en ser curado.

Muchos hablan, con razón, contra la sed inmoderada de lucro, y la Iglesia también lo hace, pero la razón de la crítica está en la intemperancia, y no en el lucro en sí, porque éste es el fin inmediato con el cual la persona trabaja, el cual de suyo es totalmente legítimo; más allá de él, está el fin mediato de mantener a la familia, educarla y darle estabilidad, proporcionarle una vida digna, etc.

Cuando alguien trabaja y acumula un patrimonio, éste en principio debe ser dedicado a aquello que la persona tuvo en vista, lo cual conduce al derecho de herencia. Pues legar ésta es el   más legítimo derecho y deseo: dejar la mayor parte de sus bienes a su familia para proveer a su futuro.

Blanca: Yo creo que pretender la igualdad total es, de hecho, un absurdo, porque es evidente que hay desigualdades, pero hallo que debe haber igualdad de oportunidades.

Sofía: ¡Claro! Por lo menos eso, porque si no, los pobres están perdidos..

Don Enrique: Vamos con calma. Que algunos de nosotros crean que, sin igualdad de oportunidades, los pobres están perdidos, no quiere decir que de hecho lo estén. Muchos pobres de hecho no quieren igualdad, casi puede decirse que quieren la desigualdad, pues se sienten en una situación agobiante  – en un verdadero pantano, del cual no consiguen surgir, porque hay muchos obstáculos ‒  y ven que esa situación es compartida con cientos de miles de otras familias, de modo que quieren sobresalir de ese conjunto. Y eso representa una desigualdad, o sea, a pesar de la propaganda de la igualdad, ellos intuyen que ésta es un disparate.

 Además, si la igualad de oportunidades es injusta y a pesar de eso es establecida, los pobres quedarán en peores condiciones aún. Pues, si es evidente que las desigualdades existen, como dice Blanca, quienes tienen más, se esforzaron para obtener esos bienes con el fin de dejarlos a sus hijos o a sus nietos, de dar a éstos una esmerada educación, formarlos en un buen ambiente, darles una buena posición social, etc.

Establecer lo contrario es violar el derecho de herencia y dañar irreparablemente a todas las familias, pues, junto con la herencia, se eliminará uno de los estímulos más poderosos al trabajo, al ahorro, a la inversión, a la vida familiar, al acatamiento de la Moral y de la Ley, y mucha gente dejará de ahorrar, de vivir austera y ordenadamente, pues, si le van a quitar a la familia aquello que ella debería heredar, entonces podrán hallar preferible simplemente derrochar el dinero. Algo semejante sucede con los impuestos excesivos: causan un grave perjuicio al país.

Juan Ignacio: Creo, además, que la igualdad de oportunidades es un absurdo, pues las oportunidades de suyo siempre son desiguales: lo que para unos significa una oportunidad, para otros puede no significar nada. Por ejemplo, si la oportunidad requiere ciertos conocimientos de parte de quien desee aprovecharla, nada significa para quien no los tiene ni puede adquirirlos de inmediato.

E imponer la igualdad de oportunidades llevaría a atribuir al Estado facultades omnímodas de intervención en la sociedad, lo que sería nefasto, porque terminaría dejándose llevar por camarillas de aprovechadores.

Lo que de hecho es necesario es que en el país haya muchas oportunidades de progreso, pero para eso lo que el Estado debe hacer es sobre todo abstenerse de interferencias constantes y excesivas, como si fuese dueño del País; el gran resorte del progreso de una nación es la iniciativa de sus habitantes, dentro de condiciones que son las normales y están establecidas en las leyes. Obviamente, se debe combatir la corrupción administrativa, impedir el gigantismo estatal y proteger el orden jurídico, incluyendo la seguridad para las inversiones, y eso ya es una gran cosa.

Diego: ¡Claro! Por ejemplo, el gran estímulo para los inventores es que, patentando sus proyectos, pueden obtener un lucro considerable durante bastante tiempo. Si esto no ocurriera, ¿quién estaría dispuesto a perder tiempo, energías y dinero para que los frutos sean aprovechados por cualquier otra persona que nada hizo a ese propósito?

Don Enrique: Bueno, volviendo a la cuestión de la igualdad, creo que es frecuente que la gente en el fondo reconozca que la igualdad total no existe y que tratar de imponerla a la fuerza tiene siempre efectos nefastos; y que de ahí muchos pasan para lo que podríamos llamar ‘el igualitarismo avergonzado’, que es precisamente la defensa de la igualdad de oportunidades, que es tan absurda como la otra, pero quizá a primera vista de modo un poco menos notorio.

Si la desigualdad es un hecho, ¿cómo pretender que todo padre de familia rico establezca para sus hijos las mismas condiciones que el padre pobre da a los suyos? ¿O cómo consagrar como sistema que todo padre pobre dé a su prole la misma situación que un potentado da a la suya? Esto se podría solamente confiscando al rico su fortuna o estimulando al pobre a que gaste lo que no tiene, se endeude o simplemente robe.

Por lo demás, esa mentalidad igualitaria revela en quien la tiene que atribuye a los bienes materiales una importancia desmedida y que confiere a los bienes del espíritu una importancia mínima. ¿Quién no sabe de familias modestas, de recursos escasos, que sin embargo viven con cierta felicidad en su humilde situación y de familias opulentas que, por el contrario, viven frustradas en su inagotable abundancia?

Sofía: Pero, si es así, ¿no se les haría cierto bien a los ricos quitándoles una parte de sus bienes para dárselos a los pobres?

Don Enrique: No, porque quitárselos significaría un robo o una confiscación, que son actos ilícitos, y nadie tiene derecho a hacer algo ilícito, ni aunque fuere con un fin bueno; además, ninguna autoridad tiene derecho a arrogarse facultades para quitar a unos con el fin de dar a otros. ¿Y quién puede tener certeza que esa transferencia de fortunas le haría bien a los supuestos beneficiarios?

Juan Ignacio: Eso fácilmente conduciría a la formación de una especie de ‘Ministerio de la Transferencia Patrimonial’, que sería un organismo socialista más, nefasto como todas las iniciativas de reparto o redistribución agraria o urbana que ha habido ‒ verdaderos cataclismos ‒ que significaron injusticias, despojos, ilusiones colectivas y las consiguientes frustraciones.

Inspirados en ilusiones como ésas ciertos gobiernos han empezado a practicar la llamada “ingeniería social”,  o sea, a poner en práctica planes quiméricos con el objetivo de modificar todo en la sociedad, arrasando derechos ciertos con el fin de alcanzar ventajas inciertas. Así se dieron procesos demoledores, a menudo concebidos en un laboratorio, al margen de la vida real.

Don Enrique: Hay que decir que la mentalidad igualitaria produce, en quien la tiene, una desconfianza aguda  –cuando no envidia –  en relación a quienquiera tenga alguna notoriedad, sea de fortuna, de inteligencia, de cultura o de lo que sea. Lo que es necesario, por el contrario, es saber apreciar las cualidades ajenas e incluso admirarlas, porque esas cualidades a menudo benefician no sólo a quien las tienen, sino a todos los que los rodean.

Juan Ignacio: ¡Claro! Quien convive con personas inteligentes o refinadas, sin tener envidia, sino admiración, termina adquiriendo un poco esas cualidades. Además, da gusto convivir con gente así, mientras que convivir con un envidioso es un verdadero tormento.

Don Enrique: ¿Se imaginaron Uds. qué pasaría si un envidioso consumado llegase un día al Cielo? ¡Tendría envidia de los santos, de los ángeles y del propio Dios! ¡Querría destronarlos, pensando que es una injusticia que ellos tengan tanta gloria, mientras que él, tan envidioso, no tiene ninguna! Por así decir, huiría rápidamente hacia otro lugar de índole parecida a la suya. El Cielo es eminentemente jerárquico, los ángeles están agrupados en coros de diferentes categorías, los santos tienen importancia diversa, la Virgen es la Reina del Cielo y de todo lo creado. En el Cielo, por decir así, no hay lugar para la envidia, y quien la tiene no se prepara para llegar a él.

Sofía: Pero la igualdad, ¿no es más afín con la humildad, mientras el orgullo es afín con la superioridad?

Don Enrique: De ningún modo, ésa sólo es la idea que desean dar los igualitarios.

Santa Teresa de Jesús decía que la humildad es la verdad, es decir, reconocer la propia realidad, sea pequeño, mediano o grande, inteligente o limitado.

Si se trata de un personaje superior, no es humilde que se declare “el último de los hombres”; eso puede ser falsa humildad, salvo que ese personaje esté comparando lo que es con aquello que debería ser, pero eso es otra cosa.

Una consecuencia de la humildad es la gran facilidad para reconocer y admirar las cualidades ajenas. Por el contrario, el orgulloso se siente casi ofendido con la mera vecindad de alguien superior.

Juan Ignacio: En la Iglesia, las dignidades importantes tienen gran realce, y esto no es motivo para envanecerse, pues las dignidades son tales por causa sobre todo de la grandeza de la Iglesia, en proporción con la cual las cualidades personales no desaparecen, pero resultan pequeñas al lado de la Iglesia, a cuyo servicio están.

Por eso hubo Papas, Cardenales y Obispos santos, como también hubo monjes, sacerdotes o simples seglares.

La Sagrada Escritura dice que en la Iglesia “no todos son doctores, no todos pastores”, no todos mandan, gobiernan o enseñan, hay muchos que son mandados, gobernados y enseñados. O sea, es una sociedad eminentemente jerárquica.

Don Enrique: La sociedad jerárquica puede ser comparada a un inmenso mosaico, formado por una infinidad de trozos de esmalte de colores, formas y brillos más diversos. En él la belleza está dada por la unidad en la variedad. ¿Se imaginan qué sucedería si alguien quisiese uniformizar los colores, destellos, formas y realce de todos esos trocitos de esmalte? ¡Simplemente acabaría con gran parte de la belleza del mosaico!

Blanca: Y pensar que yo creía que la igualdad total era un sueño irrealizable, pero sueño al fin. Ahora estoy viendo que más bien es una pesadilla, que es parcialmente realizable, mas puede bastar eso para lanzar a la sociedad al abismo.

Juan Ignacio: Que el orden sea desigual es un bien, mas esto no significa que todas las desigualdades sean buenas. Cuando  hay una que es mala, simplemente hay que corregirla, pero sin alentar el espíritu igualitario.

El comunismo y el socialismo atacaron y eliminaron las desigualdades económicas. Ambos practicaron una violencia brutal para implantar la igualdad y produjeron injusticias enormes, además de una postración sin precedentes en todos los países afectados, pues esos regímenes no pueden sino fracasar, porque sistemáticamente niegan la Justicia, que es dar a cada uno aquello que le corresponde; y porque, siendo la desigualdad un hecho obviamente natural, si se quiere impedirla, es forzoso que se acabe con la libertad, aunque se quiera y diga lo contrario.

Don Enrique: Bien, ha sido una conversación fructífera, un epílogo de tantos principios dados en clase. Llegamos tranquilamente a una conclusión que a muchos otros sorprenderá, porque no pensaron mucho en el asunto, pero que es elemental: la igualdad total es una pesadilla.

Blanca: Muchas gracias, Profesor, por su paciencia en exponer y también en corregir. Sin Ud., no sé cuánto tiempo demoraríamos en llegar a esta conclusión, pero no sé si de hecho llegaríamos…

Don Enrique: Pues bien, ¿ya se imaginaron Uds. una universidad en que no hubiese profesores y sólo hubiese alumnos, algunos de ellos autodesignándose maestros? ¿Merecería el nombre de universidad?

Hasta pronto, mis amigos, buenas noches.

En realidad, la Alameda ya estaba obscura y todos los vehículos llevaban las luces encendidas. En la vereda los alumnos se apartaron de su maestro y luego se dispersaron en diversas direcciones, cada uno rumbo presumiblemente a su casa, con la convicción de que no sólo se había demostrado un principio, mas se lo había vivido. Difícilmente lo olvidarían.

 

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Documentos pontificios

 

– Corresponde a la naturaleza humana la existencia de desigualdades

“Sepan, además, que también cae dentro de la natural e inmutable condición de las cosas humanas que, aun fuera del orden de una autoridad superior, unos prevalezcan sobre otros, ya por las diversas dotes de alma y de cuerpo, ya por las riquezas u otros bienes de esta índole, y que jamás, bajo pretexto alguno de libertad y de igualdad, puede ocurrir que sea lícito invadir los bienes o los derechos ajenos o violarlos de cualquier modo. Respecto de esto hay también en las Sagradas Escrituras notables y numerosos preceptos divinos que prohíben rigurosamente no sólo la apropiación de las cosas ajenas, sino incluso su deseo”.

Pío IX, Enc. Nostis et nobiscum, N°19

 

– De las diferencias entre los talentos, la habilidad y las fuerzas, brotan las diferencias de fortuna

“Establézcase, por tanto, en primer lugar, que debe ser respetada la condición humana, que no se puede igualar en la sociedad civil lo alto con lo bajo. Los socialistas lo pretenden, es verdad, pero todo es vana tentativa contra la naturaleza de las cosas. Y hay por naturaleza entre los hombres muchas y grandes diferencias; no son iguales los talentos de todos, ni la habilidad, ni la salud, ni lo son las fuerzas; y de la inevitable  diferencia de estas cosas brota espontáneamente la diferencia de fortuna”.

León XIII, Enc. Rerum Novarum. N°10.

 

– Dios dispuso que haya diversidad de grados jerárquicos en el Cielo, en la Iglesia y en la sociedad civil

“Pues así como en el mismo Reino de los cielos [Dios] ha establecido la diversidad de los coros angélicos y la subordinación de unos a otros, y así como en la Iglesia ha instituido variedad de grados jerárquicos y diversidad de ministerios, para que no todos fuesen apóstoles, ni todos doctores, ni todos pastores (I Cor. 12, 29), así también ha determinado que en la sociedad civil haya distinción de órdenes diversos en dignidad, en derechos y en poder, para que el Estado, como la Iglesia, forme un solo cuerpo, compuesto de gran número de miembros, unos más altos que otros, pero todos necesarios entre sí y solícitos del bien común”.

León XIII, Enc. “Quod Apostolici Muneris”, N°6.

 

– La lucha de clases es contraria a la justicia, a la caridad y a la recta razón

“Suelto, pues, o aflojado aquel doble vínculo de cohesión de todo cuerpo social, a saber, la unión de los miembros entre sí por la mutua caridad y de los miembros con la cabeza por el acatamiento de la autoridad, ¿quién se maravillará con razón, venerables hermanos, de que la actual sociedad humana aparezca como dividida en dos grandes bandos que luchan entre sí despiadadamente y sin descanso? Frente a los que la suerte o la propia actividad ha dotado de bienes de fortuna, están los proletarios y obreros ardiendo en odio, porque, participando de la misma naturaleza que aquellos, no gozan, sin embargo, de la misma condición. Naturalmente, una vez infatuados como están por las falacias de los agitadores, a cuyo influjo por entero suelen someterse, ¿quién será capaz de persuadirles que, no porque los hombres sean iguales en naturaleza, han de ocupar el mismo puesto en la vida social, sino que cada cual tendrá aquel que adquirió con su conducta si las circunstancias no le son adversas?  Así, pues, los pobres que luchan contra los ricos, como si éstos hubiesen usurpado bienes ajenos, obran no solamente contra la justicia y la caridad, sino también contra la razón; sobre todo pudiendo ellos, si quieren, con una honrada perseverancia en el trabajo, mejorar su propia fortuna.”

Benedicto XV, Enc. Ad Beatissimi, N°10

 

– La Iglesia  no promete la  igualdad absoluta, porque sabe que la convivencia humana produce siempre graduaciones y diferencias

“La Iglesia no promete aquella igualdad absoluta que otros proclaman, porque sabe que la convivencia humana produce siempre y necesariamente toda una escala de graduaciones y de diferencias en las cualidades físicas e intelectuales, en las disposiciones y tendencias interiores, en las ocupaciones y responsabilidades. Pero, al mismo tiempo, ella asegura la plena igualdad dentro de la dignidad humana, y también ante el corazón de Aquel que llama a Sí a todos los que están cansados y agobiados, porque su yugo es suave, y su carga ligera.

Por ello la Iglesia, a fin de tutelar la libertad y la dignidad humana, y no por favorecer a los intereses particulares de un grupo determinado, rechaza todo totalitarismo del Estado, y con las ideas del más allá no debilita la defensa justa, en la Tierra, de los derechos de los trabajadores. La verdad es que esos renovadores del mundo a que hemos aludido, mientras hacen relumbrar ante los ojos del pueblo el espejismo de un porvenir de prosperidad quimérica y de una riqueza inasequible mediante la superstición de la técnica y de la organización, sacrifican la dignidad de la persona humana y la felicidad doméstica a los ídolos de un mal entendido progreso terrenal”.

Pío XII: Discurso del 31 de octubre de 1848.

 

– Las desigualdades no son obstáculo para el auténtico espíritu de fraternidad

“Con toda razón decía nuestro mismo predecesor León XIII: Dios quiere que en la comunidad social humana haya cierta diferencia de clases, pero al mismo tiempo amistosas relaciones de equidad entre las mismas. En efecto, como en el cuerpo humano los diversos miembros se ajustan entre sí dando como resultado cierta moderada disposición que podríamos llamar simetría, del mismo modo la naturaleza ha cuidado de que, en la sociedad civil, dichas dos clases hayan de armonizarse concordes entre sí, correspondiéndose mutuamente para lograr el equilibrio. Una clase tiene absoluta necesidad de la otra; ni el capital puede existir sin el trabajo ni el trabajo sin el capital. La concordia engendra la hermosura y el orden de las cosas. Por lo tanto, quien se atreve a negar la diversidad de las clases sociales, ya por ello mismo va contra las leyes de la misma naturaleza. Mas quien se opone a la colaboración amistosa y necesaria entre las mismas clases, intenta sin duda perturbar y dividir la sociedad humana con grave peligro y daño del bien público y privado. Por lo demás muy sabiamente afirmaba nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XII, a este propósito: En un pueblo digno de este nombre, todas las desigualdades que se deriven, no del capricho, sino de la naturaleza misma de las cosas, desigualdades de cultura, de riqueza, de posición social  -sin perjuicio, naturalmente, de la justicia y de la mutua caridad-  no son, en realidad, obstáculo alguno para que exista y predomine un auténtico espíritu de comunidad y fraternidad.”

Juan XXIII, citando a León XIII y Pío XII, Enc. Ad Petri Cathedram

 

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