La entrevista

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Semanas atrás vi en la televisión una entrevista a dos senadores a propósito de

una ley sobre el aborto. Uno de los entrevistados, partidario de despenalizar el aborto en determinadas circunstancias, utilizaba, como base de su argumentación, el caso de una niña violada a la que no se le podía castigar dos veces, puesto que, además de haber sufrido la agresión sexual, se le encarcelaba por haberse “liberado del embarazo no deseado”. Según él, debía aumentarse la pena del violador y liberar de culpa a la madre abortiva.

De esa forma, el senador en cuestión parecía ignorar que estaba hablando de dos distintos delitos: el de violación y el de asesinato de un niño indefenso. La solución de aumentar la penalidad del primer delito a cambio de exonerar al segundo es de una inconsistencia casi infantil. Con ese criterio, se podría argumentar que debería exonerarse al padre que, por venganza, mata al asesino de su hijo.

Hubo sociedades que, en etapas muy primitivas, adoptaron el sistema de compensación de delitos. El asesinato exonerado de un agresor por parte de cualquier miembro de la tribu agredida fue practicado por las tribus árabes anteriores al Islam y hasta por las tribus que, tras siglos de evolución, formaron la Grecia Clásica. Pero ver proponer ese principio por parte de un legislador de una república supuestamente civilizada, ya bien entrado el siglo XXI, no deja de ser sorprendente y extraño.

Todavía lo es más si se recuerdan los argumentos con que en Chile se abolió la pena de muerte. Miembros de los mismos partidos que hoy abogan por la despenalización del aborto argumentaron entonces, con general aplauso, que la pena de muerte era inhumana y aberrante y que, en definitiva, el Estado no tenía derecho a disponer de una vida, aun del peor de los monstruos asesinos que desgraciadamente existen.

Escuchar ahora a los partidarios de dotar al Estado del derecho a otorgar patentes de verdugos a ciertos individuos en ciertas circunstancias no sólo es un increíble contrasentido, sino que es una burla al más elemental sentido de la justicia. Si el Estado chileno se considera con derecho a otorgar la patente de verdugo a la madre de un hijo indeseado, o al doctor que la atiende, ¿por qué no extender esa patente al padre de un hijo asesinado o al cónyuge de un adúltero? Si estamos viviendo en un Estado para el que la vida es sagrada, siempre y en todas las circunstancias, discutamos leyes para apoyar a la madre en embarazos problemáticos y rechacemos con indignación las iniciativas para convertirla de madre desafortunada en asesina de su propia descendencia. Eso es lo que corresponde; lo otro es pura demagogia e invalidez moral.

Pero el debate televisivo que generó estas reflexiones deja otro sentimiento, esta vez de nostalgia de un Chile que parece haber fallecido irremediablemente. Esa nostalgia surge del recuerdo del Congreso Nacional, y particularmente del Senado, de antes de la dictadura. De ese Senado en que se encontraban lumbreras del pensamiento, la pluma y la erudición, de todos los colores y de todas las tendencias. Donde se tenía desde un Premio Nobel de Literatura a personalidades como los Alessandri, Eduardo Frei, Julio Durán, Raúl Ampuero, Exequiel González Madariaga, Francisco Bulnes, Patricio Aylwin, etcétera. Donde la mayoría de los de ahora no habrían sido dignos de escuchar siquiera desde las tribunas.

En ese Senado del recuerdo, jamás se habría discutido una ley del aborto, ni se habría producido el circo de la reforma educacional y el sainete de la tributaria. Eran los tiempos en que desde el propio sillón de O’Higgins emanaba respeto, sabiduría, dignidad y hasta majestad.

Orlando Sáenz R.

http://impresa.elmercurio.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-04-25&dtB=26-04-2015%200:00:00&PaginaId=2&bodyid=1

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