El papel de los violentos: engañar los incautos

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En estas últimas dos semanas la violencia ha venido aumentando en un verdadero espiral. Autos quemados, atentado en el Metro en horario de circulación de público, las puertas de la Iglesia Santa Ana quemadas, el aeropuerto recién terminado de Temuco rayado impunemente;  hasta un atentado en un jardín infantil, y un suma y sigue de otros menores que están dejando al público preocupado.

De acuerdo con información de prensa, “La recurrencia de atentados explosivos en el país -desde  2008  a  la  fecha  se contabilizan un total de 320-, y la escasa cantidad de personas sancionadas por estos hechos -apenas tres condenados, ninguno por conducta terrorista- revela debilidades en toda la cadena institucional, que incluye a las policías, el Ministerio Público, el Poder Judicial y el Ministerio del Interior”.

La pasada interpelación al Ministro del Interior no aclaró las cosas. Peñailillo se limitó a criticar al Gobierno anterior y asegurar que trabajarán para cambiar la ley antiterrorista y para asegurar una “participación indígena en el poder legislativo”. El Ministro no quiso comentar medidas concretas que frenen la espiral de la violencia.

Es natural preguntarse por qué tanta parsimonia en relación a quienes delinquen, matan y hieren la sana convivencia nacional.

El Gobierno de la Nueva Mayoría está empeñado en una misión “refundacional” del País. Para poder alcanzar este objetivo,  es indispensable “tranquilizar” a sus naturales oponentes, es decir a los sectores conservadores.

La existencia de los grupos y de las acciones violentas le permite al Gobierno aparecer como una garantía de seguridad para la mantención del Estado de Derecho. Tal apariencia le otorga, frente al público menos adepto a sus posiciones, una credencial de “moderación”; credencial con la cual el Gobierno puede avanzar en su programa “refundacional”.

Así, la violencia, que a primera vista puede parecer como un obstáculo para la imposición del Programa de la Nueva Mayoría, puede terminar siendo un elemento importante para que éste no aparezca demasiado radical.

Lo que nos lleva a pensar que los violentistas probablemente se mantendrán en el panorama lo suficiente para que el Gobierno no parezca permisivo; pero, por eso mismo, no tan activos que asusten al público.

Ahora, jugar con los violentos es como jugar con el fuego. Muchas veces quienes  lo hacen terminan  quemados.

¿Conseguirá el Gobierno manipular la violencia para su provecho? ¿Se quemará en el intento?

Es prematuro para responder a esta pregunta, pero debemos desconfiar de la auténtica oposición  “izquierda  vs. extrema izquierda”. En la mayoría de los casos ella sólo sirve para engañar a los incautos.

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