El estatismo es incompatible con lo complejo

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Alberto Benegas Lynch (h)                Infobae                    8 de octubre de 2016

 

Frecuentemente se sostiene que la intromisión de los aparatos estatales en las esferas privadas se justifica debido a la creciente complejidad del mundo moderno. Antes, se continúa diciendo, eran comprensibles los indicadores de baja participación del Estado en la vida privada por la relativa simplicidad de las cosas, ahora, en cambio, la situación se ha venido modificando por completo y todo es mucho más complicado.

Estas conclusiones son del todo erradas, puesto que, precisamente, la mayor complejidad es la razón central para que los gobiernos no se inmiscuyan en las vidas y las haciendas de la gente. Esto es así por un motivo crucial de carácter epistemológico. Es decir, debido a la teoría más rigurosa del conocimiento. Una mente —la del planificador— no puede ni remotamente abarcar los millones y millones de transacciones y arreglos contractuales varios entre los habitantes. Y no sólo por la limitada capacidad intelectual de los humanos, sino, sobre todo, porque los datos no están disponibles antes de que ocurran los referidos intercambios, que además se llevan a cabo con base en información y conocimientos que están inexorablemente fraccionados y dispersos entre aquellos millones y millones de operadores que, como si fuera poco, son permanentemente cambiantes. Para rematarla, muchos de esos conocimientos son tácitos, es decir, no articulables por el propio sujeto que posee el talento.

Muy al contrario de lo que habitualmente se sostiene, si las relaciones sociales fueran simples, las imposiciones gubernamentales en los negocios privados serían también perjudiciales, puesto que los resultados serían otros de los preferidos por la gente, pero el daño sería muchísmo menor que el provocado en una sociedad compleja por las razones antes apuntadas.

Michael Polanyi, en The Logic of Liberty, nos explica que, dada la arrogancia y la soberbia, cuando se observa algo ordenado, se supone que alguien lo ordenó consciente e intencionalmente de ese modo. Y eso es efectivamente así en algunos casos. Por ejemplo, el autor ilustra su comentario con los ejemplos de un jardín bien arreglado o una máquina que funciona bien de acuerdo con la programación, etcétera. Dice que esta es una obviedad: el funcionamiento en concordancia con un plan preestablecido, lo cual no puede ni debe extrapolarse a todo tipo de orden, ya que hay otros tipos de órdenes que no se basan en el principio obvio que se ha mencionado.

Polanyi alude a esos otros tipos de órdenes; por ejemplo, escribe que el agua en una jarra “se ubica llenando perfectamente el recipiente con una densidad igual hasta el nivel de un plano horizontal que conforma la superficie libre”, lo que constituye una situación que ningún ser humano puede fabricar en concordancia con “un proceso gravitacional y de cohesión”.

En esta línea argumental, Polanyi llega al punto medular de su trabajo al señalar que el orden espontáneo en la sociedad o la mano invisible se logra al permitir que las personas interactúen en libertad, sujetas solamente a normas de respeto recíproco en cuanto a iguales facultades de cada uno. Esta era la idea de Adam Smith al referirse a la mano invisible en el mercado; se trata de la coordinación de las transacciones con base en precios. Se trata de personas que, al atender sus intereses particulares, están generando un sistema que no está en sus posibilidades individuales construir.

Leonard Read ha escrito un muy difundido artículo, titulado I Pencil, que ha sido muy favorablemente comentado, por ejemplo, por los premios Nobel en economía George Stigler y Milton Friedman, en el que el autor le da la palabra a un simple lápiz al efecto de recorrer los muy diversos lugares geográficos y los complicados procedimientos para su producción: desde la elaboración del caucho para la goma de borrar del lápiz, las empresas carboníferas para la mina, el barnizado, el metal y los procesos de siembra de árboles, tala, aserraderos y distribución, para no decir nada de las mismas empresas de transporte, cartas de crédito y problemas de administración y finanzas de la cantidad de emprendimientos en sentido vertical y horizontal comprometidos en la producción de un lápiz, para concluir que nadie en soledad sabe fabricar ese simple objeto. Sin embargo, en los procesos abiertos se coordinan esos conocimientos fraccionados y dispersos para contar con ese aparentemente sencillo producto que, cuando se pretende ejecutar en un sistema autoritario, nadie sabe si los procesos son económicos debido a la intromisión en los precios y de allí malas calidades, faltantes y otros desajustes y descoordinaciones.

Entonces, cuanto más compleja es la sociedad, mayor resulta el peligro de concentrar ignorancia en las mentes de los planificadores gubernamentales, puesto que se bloquea la referida coordinación para sacar partida del conocimiento, siempre distribuido en las mentes de millones y millones de personas. La soberbia y la arrogancia de los planificadores ponen al descubierto ignorancias supinas sobre el funcionamiento de una sociedad abierta.

El estatismo también está estrechamente vinculado con una noción bastante gaseosa y muy poco calibrada de lo que significa la acción propiamente dicha de los integrantes de los aparatos estatales, que, originalmente, en la mejor tradición constitucional, pretendía traducirse en una efectiva protección de los derechos de cada uno. El estatismo, por el contrario, desvía la atención del Leviatán hacia el abandono de esas funciones clave para incursionar en todo tipo de reglamentaciones coactivas para con las pertenencias de los gobernados, hasta que resulta impropio aludir al ciudadano para más bien referirse a los súbditos. Se pierde la noción del significado del estatismo, puesto que se piensa livianamente que los recursos provienen de una fuente mágica, sin considerar que todo lo que hace el Estado lo realiza merced a que succiona los recursos de otros. Reclamar que el Gobierno haga tal o cual cosa es reclamar que el vecino se haga cargo por la fuerza, y esto es ilegítimo y contraproducente cuando se aparta de su misión de velar por los derechos de todos.

Pero más aún, en este malentendido hay algo peor y es que se estima que el gobierno, cuando recurre por la fuerza al bolsillo ajeno, está ayudando a los relativamente más pobres, al entregarles los recursos así obtenidos (incluso suponiendo que no se los quedaran los miembros del elenco gobernante). Pero, dejando de lado aspectos éticos, al proceder de este modo se está contribuyendo a aniquilar las tasas de capitalización, lo que se traduce en una mayor pobreza, especialmente para los más necesitados.

Incluso puede decirse que los ladrones privados, siendo un horror, son más sinceros que los ladrones gubernamentales, por eso recurren al antifaz o al pasamontañas: saben que lo que hacen está mal. Sin embargo, los ladrones gubernamentales arrancan el fruto del trabajo ajeno a cara descubierta y “para beneficio del pueblo”. Y no es que necesariamente el ladrón gubernamental se lleve recursos a su casa (lo cual no es extraño), sino que se confirma el robo cuando, en lugar de proteger a los gobernados, los expolian; no importa el destino cuando excede la función de garantizar la justicia y la seguridad (las dos cosas que habitualmente no hace).

Por su parte, el socialismo, en gran medida, se ha concentrado en otros tres canales para la difusión más efectiva de su ideario, al encontrar que la exposición directa del tema de la pobreza a esta altura de los acontecimientos resulta poco práctica, dado el correlato entre libertad y progreso que se ha puesto en evidencia una y otra vez. No es que se haya abandonado esta ruta, pero los más radicales descubrieron que, para cercenar derechos individuales, resulta fértil recurrir al ambientalismo, la guerra contra las drogas y los resultados de las políticas que suelen adoptarse con la idea de contrarrestar los terrorismos, temas que sólo menciono a vuelapluma, puesto que me he referido en detalle a los tres en distintos ensayos y libros de mi autoría.

Por otra parte, indico, a título de ejemplo, tres autores (uno en coautoría) que, con admirable rigor y enjundia, tratan esos temas tan cruciales que han modificado la vida de la gente en nuestra época. Primero, el tratado de T. L. Anderson y D. R. Leal: Free Market Environmentalism. Segundo, los múltiples y notables escritos que condenan la llamada “guerra contra las drogas” por parte del antes mencionado Milton Friedman. Tercero, la obra de James Bovard titulada Terrorism and Tyrany. Trampling Freedom, Justice and Peace to Rid the World of Evil.

Lo curioso y paradójico es que no pocas de las víctimas se tragan el anzuelo de aquellas políticas erradas y se comportan tal como consigna la antiutopía de Aldous Huxley en cuanto a que los mismos perjudicados piden ser esclavizados.

Anderson y Leal muestran que, con el pretexto de cuidar la propiedad del planeta, se destruye la propiedad privada a través de los llamados “derechos difusos” y la “subjetividad plural”, en el contexto de lo que, en economía y en ciencia política, se denomina “la tragedia de los comunes”. Por su parte, Friedman concluye: “Las drogas son una tragedia para los adictos. Pero criminalizarlas se convierte en un desastre para la sociedad, tanto para los que las usan como para los que no las usan” (The Wall Street Journal, 7 de septiembre de 1989). También escribió, en el prólogo aAfter Prohibition, de Timothy Lynch: “Como nación [Estados Unidos] hemos sido responsables por el asesinato de literalmente cientos de miles de personas en nuestro país y en el extranjero por pelear una guerra que nunca debió haber comenzado y que sólo puede ganarse, si eso fuera posible, convirtiendo a los Estados Unidos en un Estado policial”. Y en el tercer caso, sobre el terrorismo, es pertinente consignar una cita que Bovard hace de Benjamin Franklin: “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

De cualquier modo, aquellos tres temas están destruyendo y atropellando de la forma más brutal las libertades básicas a través de políticas gubernamentales que eliminan el secreto bancario, proceden a escuchas telefónicas; se deja de lado el debido proceso, se trata como delincuentes a inocentes que administran o transportan sus ahorros, se espían correos, con lo que se invaden privacidades y se lesionan gravemente los derechos de las personas.

En todo caso, enfatizo en que las complejidades requieren el uso más urgente de conocimiento para resolver problemas respecto a las relaciones simples. El estatismo, además de desarticular el antedicho conocimiento, inexorablemente deteriora la condición moral y material de quienes lo padecen en el contexto de complicar inútilmente la vida de los que se ven forzados a financiar los emolumentos de los complicadores.

http://www.infobae.com/opinion/2016/10/08/el-estatismo-es-incompatible-con-lo-complejo/

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