El antipiñerismo como programa de gobierno

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“Hoy, hasta Guillier y Lagos, también Goic, Insulza y Atria, y Mayol, Sánchez y Navarro, trascienden a menudo más por sus críticas a Piñera (no a los logros de su gobierno), que por planteamientos propios sobre el país con que sueñan. Y a ratos, varios destinan hasta más tiempo a los déficits de Bachelet…”

Roberto Ampuero

El anuncio del ex Presidente Sebastián Piñera, de estar dispuesto a postular a La Moneda, ha tenido la virtud de dejar en evidencia no solo la disyuntiva -continuismo o cambio de rumbo- que enfrentaremos en las próximas elecciones, sino también la falta de visión programática de la mayoría de los candidatos. ¿Optaremos para el 2018-2022 por una Nueva Mayoría con otro maquillaje y nuevos aliados o por la revitalización del país? ¿Votaremos por alguno de los candidatos que se definen principalmente por sus críticas a Piñera o por éste, que propone un itinerario para rescatar a Chile de la inquietante mediocridad en que cayó?

En sus años de gloria, la Concertación descollaba planteando la visión del país que anhelaba y las vías para lograrlo. Soñaba sabiendo que soñaba, como diría Nietzsche, y por eso eludía el populismo y se ocupaba de que las cifras calzasen. Hoy, hasta Guillier y Lagos, también Goic, Insulza y Atria, y Mayol, Sánchez y Navarro, trascienden a menudo más por sus críticas a Piñera (no a los logros de su gobierno) que por planteamientos propios sobre el país con que sueñan. Y a ratos, varios destinan hasta más tiempo a los déficits de Bachelet que a sus propios objetivos. Como aseveró el senador Lagos Weber, es fácil golpear a un gobierno con 20% de popularidad. En rigor, lo difícil, extenuante y complejo como presidenciable es detallar qué se piensa hacer y cómo se hará.

En la segunda campaña de Bachelet se vio ya el vacío programático: la Nueva Mayoría apostó por su carisma y la incorporación de las demandas de “la calle” a un programa general e improvisado, que ni siquiera leyó el principal partido de esa alianza. Se ofrecieron sueños sin asegurarse de contar con los recursos para financiarlos. La magra cosecha actual lo prueba. El surgimiento del Frente Amplio, a la izquierda de la Nueva Mayoría, que puede convertirse en el Podemos chileno, emerge, en gran medida, de esas promesas frustradas. La Nueva Mayoría pierde atractivo ante el Frente Amplio, porque este ofrece un menú más utópico y un stil nuovo más “ciudadano” que Bachelet en 2013.

Todo indica que el legado de este gobierno devino en lastre para cualquier candidatura. Los candidatos de la Nueva Mayoría tendrán que dejar en algún momento el antipiñerismo como esencia programática, y aclarar si son continuadores o rupturistas con respecto al bacheletismo y pasar a plantear sus propuestas para el país. Si escoges la ruptura, te abandonarán los escasos fieles a la Nueva Mayoría; si optas por el continuismo, no crecerás. Si te inclinas a la izquierda, te abandonarán por la derecha muchos que entonces preferirán a Piñera, y si a la derecha, te dejarán quienes verán en el Frente Amplio una auténtica alternativa de izquierda. Ante el legado de Bachelet, el candidato de la Nueva Mayoría exclamará como el apuñalado del poema de Rubén Darío: “¡Si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata!”.

En su radicalidad y espíritu refundacional, el Frente Amplio se asemeja a quienes superaron por la izquierda a Salvador Allende y lo catalogaron de reformista, ingenuo y obstáculo para la toma del poder total. La ventaja en esos tiempos era que tanto la izquierda que se identificaba con Allende como la que lo condenaba, contaba con modelos realmente existentes, que les servían de inspiración y de prueba de que soñaban con modelos que la práctica histórica probaba viables, como en la URSS, la RDA, Cuba, China, Corea del Norte o Vietnam.

La crisis de identidad y de modelos de la izquierda chilena se inscribe dentro de la crisis de la izquierda mundial, que carece de alternativas frente al capitalismo. Por ello, tiende a definirse por lo que no quiere y rechaza, no por lo que considera superior y genuino. En rigor, en el último siglo ella ha cosechado grandes fracasos: ¿Qué queda hoy de la revolución rusa, encabezada por Lenin en 1917? ¿Qué de las “democracias populares” de Europa oriental, la Yugoslavia y Albania incluidas? ¿Cuánto se puede salvar de 58 años del castrismo para Chile? ¿O del régimen de Corea del Norte? ¿Qué del socialismo chino o vietnamita, países donde prima hoy la economía de mercado bajo regímenes de partido único? ¿Y qué rescatar del Socialismo Siglo XXI, de Chávez y Maduro, de Ortega, Correa o Morales, o de los Kirchner? ¿Y qué decir del viraje de la socialdemocracia europea hacia la derecha en los últimos decenios? Paradójicamente, lo único inspirador para la izquierda criolla lo arrojó por la borda el 2010: sus 20 años de colaboración en la Concertación.

No es un tema menor volver a entregar el país a una alianza dividida, sin modelos inspiradores y que no logra coincidir en algo tan esencial como la defensa universal de los derechos humanos, que se halla desconcertada, y que hoy ignora hacia qué puerto zarpar bajo las azarosas circunstancias mundiales. El ingreso del ex Presidente a la arena electoral puso en evidencia que este año nos aguarda una disyuntiva decisiva y que muchos presidenciables reducen su mensaje al país fundamentalmente a una estrategia facilista y a la larga estéril: criticar a Piñera, el favorito en todas las encuestas.

Su irrupción esta semana servirá también probablemente para que los adversarios en su sector destinen más tiempo y energía a difundir sus propias propuestas que a atacarlo. No es fácil para un político con ambiciones presidenciales aceptar que no siempre coincide su legítimo deseo de alcanzar La Moneda con las preferencias ciudadanas. Es hora de escuchar lo que se proponen los presidenciables para Chile y saber cómo piensan gestionarlo y financiarlo. 

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