Del desarrollo económico al desarrollo integral

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Del desarrollo económico al desarrollo integral

Fernando Chomalí: “Este nuevo ser que emerge se considera exclusivamente como titular de derechos, pero se olvida de su condición de creatura y que se debe a otros…”

Viernes 28 de junio de 2013

La ausencia de un pensar auténticamente metafísico, un gran escepticismo frente a la posibilidad de conocer la verdad de la realidad, la amputación de la dimensión trascendente de la vida de muchas personas y una concepción de la fe como experiencia privada sin relevancia pública, han marcado los últimos decenios de la vida nacional.

El siglo 21 optó por una dimensión utilitarista de la vida y del saber, por considerar la libertad y la autonomía de las personas como fundamentos de la vida personal y social, pero sin vínculo con la verdad. Lo que ayer era universalmente considerado como negativo hoy es visto como deseable por muchos, llegando incluso a sostener, por ejemplo, que la aprobación de una ley en favor del aborto sería un signo de desarrollo del país.

En el campo del desarrollo económico se han hecho grandes avances, qué duda cabe; sin embargo, se relegó a un segundo plano la dimensión humana, social, ética y estética del desarrollo. Las consecuencias las estamos viviendo. Así, hay gran debate en torno a los tributos, pero no se cuestiona la disminución de la natalidad como el gran problema del país y del que pende el primero. Hay un gran debate en torno a la reforma educacional; sin embargo, el cultivo del arte, la belleza y la dimensión religiosa del ser humano son eliminados de la esfera pública.

Este escenario ha llevado a que el hombre esté cada vez más centrado en sí mismo, generando un verdadero culto al yo, lo que ha ido en desmedro del reconocimiento de la realidad y de principios que rijan en la sociedad con carácter universal. Así, las discusiones se presentan más bien como una mera medición de fuerza o como expresiones no criticables de lo que se piensa, y no como una búsqueda sincera de la verdad. Ello ha llevado a que a veces la razón de la fuerza se imponga a la fuerza de la razón.

Este nuevo ser que emerge se considera exclusivamente como titular de derechos, pero se olvida de su condición de creatura y que se debe a otros. Y ello implica deberes que no siempre se está dispuesto a asumir.

Estos hechos han pauperizado la vida social, el trabajo y la vida familiar. El trabajo, lugar privilegiado para desarrollarse como personas y hacer un aporte a la sociedad, se presenta como una mera mercancía que se transa en el mercado. La dimensión ética del trabajo en cuanto fuente de cooperación en la consecución del bien común se percibe como un mero instrumento para competir. Ello ha implicado que la dimensión social del trabajo sea considerada pura retórica. Los signos de corrupción de los que hemos sido testigos en estos años confirman lo planteado. Este nuevo escenario de exigencia laboral ha llevado a que la familia se desintegre, al punto de que los jóvenes les reprochan a los adultos que están y se sienten solos.

En Chile, de acuerdo con los últimos datos del Registro Civil, tener un padre en la casa constituye un lujo, y la violencia intrafamiliar y social es cada vez más común. Ello debe hacernos cuestionar el estilo de vida que se ha promovido y el modelo de país que se ha ido fraguando. Cuando la Iglesia sostiene que la clave de la cuestión social está en el trabajo y en la familia, está diciendo que es en estas dimensiones de la vida humana desde donde el hombre puede ser más hombre y se puede vislumbrar una sociedad más equitativa y fraterna.

Este panorama, aunque real, no es la última palabra. En pleno siglo 21, ignorantes y doctos, y del estrato social que sea, coinciden en que la familia es un gran valor y que hay que cuidarla y promoverla, y que trabajar es una aspiración por ser fuente privilegiada de desarrollo personal. De hecho, los jóvenes, en su gran mayoría, de cara al futuro, desean formar una familia y tener un trabajo en el cual desarrollarse junto a ella.

Las políticas públicas que vayan por esa senda van a encontrar eco. Paradójicamente, en los círculos políticos se esquiva hablar claramente y sin ambigüedades acerca del valor del matrimonio entendido por el sentido común y tan bien expresado en el código civil, como fuente de la familia, así como también de hablar del trabajo como una de las dimensiones más relevantes de la vida humana y que es mucho más que pura fuerza laboral. Pero, por otro lado, es exactamente lo que los chilenos, profundamente enraizados en una visión cristiana del ser humano y la sociedad, piden y anhelan. Esa es la gran contradicción y tal vez así se explique el bajo interés por hacerse presente en las urnas y el desprestigio que lastimosamente tiene la política.

De este modo, recuperar el inmenso valor que tiene la cosa pública y política y lograr mayor participación no es una cuestión de marketing , sino que es una cuestión antropológica. Los ciudadanos piden a quien está llamado a velar por el bien común una propuesta que realmente toque el corazón de sus deseos y anhelos más profundos, que no son otros que amar y ser amado, formar una familia, tener un trabajo digno y vivir en paz y armonía con los demás. Ello se va a lograr si las políticas públicas van por esa vía.

Lamentablemente, no ha sido así y los resultados están a la vista. El vuelco que esperamos es que todo el tejido social, privado y público, gire en torno al hombre, a la mujer que encuentra su felicidad amando y trabajando. Además, ese es el camino, y no hay otro, para superar la pobreza que nos duele e interpela.

Fernando Chomalí 
Arzobispo de Concepción

http://www.elmercurio.com/blogs/2013/06/28/13023/Del-desarrollo-economico-al-desarrollo-integral.aspx

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