Defensa del lucro

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Pablo Rodríguez Grez

Mucho esfuerzo se ha invertido con el propósito de corregir o eliminar algunos caracteres naturales del ser humano. En cierta medida, ideólogos y doctrinadores han planteado la necesidad de sustituir nuestra progresiva evolución, más allá de los frutos de la educación, imponiendo la adopción de rasgos positivos (solidaridad, caridad, humildad), y erradicando otros negativos (egoísmo, avaricia, codicia). Todo ha sido en vano o de muy pobre o insignificante resultado.

Señalo lo anterior a propósito del “lucro”, concepto que ha servido para proclamar atractivas consignas que satanizan la mayor parte de las actividades productivas. El “lucro” es consustancial a nuestra especie, y un incentivo insustituible para trabajar, producir y empeñarse en ascender. Si bien eliminar el “lucro” es imposible, limitarlo y orientarlo, en ciertos casos, contribuye al progreso y el enriquecimiento de la comunidad toda. Dígase lo que se quiera, pero la empresa privada -basada en el lucro- es y seguirá siendo infinitamente más eficiente que la empresa estatal, y los países capitalistas, más ricos, libres y progresistas que las naciones subyugadas por un poder central.

La reglamentación del lucro es, sin duda, función del Estado. Llevar a cabo esta política demanda un tratamiento equilibrado por parte de los gobernantes. Lo anterior, atendiendo al hecho de que una sobrerregulación puede debilitarlo mucho, al extremo de paralizar todo influjo positivo; a la inversa, admitir sus efectos sin restricciones implicaría hacerlo operar en detrimento del interés mayoritario. El principio rector en esta materia es la prevención y corrección de los abusos a que el lucro da lugar, entendiendo como tales aquellas conductas en que injustificadamente unos -los más fuertes- sólo en razón de su poder y situación privilegiada someten a otros -los más débiles.

Es aquí donde surge el conflicto, ya que corresponde a la autoridad medir la tolerancia del lucro (controles, reglamentos, tasas tributarias, sanciones corporales y pecuniarias, etcétera), y precisar los factores que justifican su exclusión (servicios de salud pública, resguardo del medio ambiente, subsidios a los sectores marginales, y otros). Por lo mismo, el lucro es un arma de doble filo, que debe manejarse con extremo cuidado.

Para evitar la discrecionalidad del Estado y el arbitrio de los gobiernos con proyectos a veces delirantes, existe un mecanismo cuyo buen funcionamiento permite el adecuado tratamiento del “lucro”: el mercado. Es allí donde confluyen los intereses en juego y en donde se articulan las expectativas de unos y otros. La gran ventaja que ofrece este instrumento es su impersonalidad y su objetividad. El “lucro” que se satisface corresponde a la actividad más eficiente, y aprovecha al que actúa respetando las normas que imperan, no a aquel que trabaja con el apoyo de las instituciones del Estado o se vale de influencias indebidas.
Surgen a este respecto dos cuestiones esenciales: en primer lugar, el mal funcionamiento del mercado, expuesto, como es obvio, a vicios y fuerzas negativas (acuerdos monopólicos, carteles, barreras de entrada, defraudaciones, engaños, etcétera), todo lo cual causa un daño irreparable a la población; y, en segundo lugar, la determinación de aquellas fuentes productivas excluidas de la competencia mediante la prohibición del “lucro”.

En relación con lo primero, una economía libre debe ser inflexible para sancionar las lacras del mercado e imponer el cumplimiento de las reglas del juego por encima de toda otra consideración. De aquí la importancia de una legislación moderna, que sancione aquellas desviaciones, y un cuerpo profesionalizado de supervisión y control, que impida la impunidad y el quebrantamiento de los deberes asumidos. Respecto de lo segundo, sólo debe eliminarse el “lucro” tratándose de actividades en que los beneficios obtenidos sean un incentivo perverso y moralmente condenable. Eliminar el lucro en áreas como la educación, la investigación, la tecnología, el arte o la ciencia importa frenar los mejores ímpetus de la comunidad y condenarnos a la mediocridad y el subdesarrollo.

Todos los experimentos realizados hasta la fecha para formar un “hombre nuevo” no han sido más que el sueño de ilusos y demagogos. Si no, que lo digan los socialismos reales y su estruendoso fracaso histórico.

Pablo Rodríguez Grez

http://www.elmercurio.com/blogs/2015/03/22/30359/Defensa-del-lucro.aspx

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