¡El lujo no es lujo!

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Romaric Sangars, periodista literato y co-animador del Círculo Cosaco

Parece que hoy día se pierde de vista una cierta idea del lujo, bajo la influencia nefasta de dos puritanismos. Sumariamente, existen puritanos de izquierda para los cuales la Belleza misma siempre ha sido un poco sospechosa; y puritanos de derecha que pretenden que el lujo recompensa el mérito personal, pero no obedece a una vocación superior. Los segundos deberían verse prohibidos de poseer cualquier cosa, y los segundos deberían ser declarados enemigos de la humanidad. Estas dos visones restrictivas no son en el fondo, más que una misma blasfemia contra el indispensable brillo de la pompa y de la púrpura.

La fealdad de las arquitecturas comunista lo ha demostrado suficientemente: parece que para las utopías igualitarias, toda forma de Belleza es un insulto al proletariado y, en nombre de una moral encogida, aquellos temen la expresión de cualquier tipo de lujo como los cristianos escrupulosos temen a Satanás detrás de cualquier felicidad humana. La “alta costura”, ella misma, llamada “burguesa”, por muchos marxistas no aparece más como una vía de elevación personal, sino como una frivolidad culpable, un marcador de castas, un medio de opresión, entre otros. Finalmente, estas ideologías defienden, en nombre de una igualdad abstracta, los medios concretos, para una mera sobrevivencia animal. Dicho de otro modo, la única posibilidad para la especie, de perpetuarse integralmente es en el seno de bloques uniformes. Al precio de la dignidad del hombre, porque la dignidad del hombre es un poema en crepúsculo, como (o) las plumas acariciantes y erizadas sobre el cráneo de un guerrero cherokee. Y también, sin duda, como la aptitud de verter su sangre por principios superiores.

La vulgaridad de muchos de los « poseedores » actuales, que estimula de modo comprensible el resentimiento de los igualitarios, viene probablemente del hecho que ellos olvidaron que la riqueza implica una gran responsabilidad. Las antiguas aristocracias eran (estaban) muy educadas, y en el sentido de educación general, en vistas a estar prontos para asumir su herencia, tanto simbólica cuanto material; predominaba en ellos, bien o mal, la noción de la responsabilidad. Las nuevas clases dominantes, una vez que ellas se consideran creadores de sus propias fortunas, piensan a menudo que esto es la prueba de su valor y, en consecuencia, los autoriza a todo. Así, la chusma de abajo y la de arriba pueden comunicarse en esta moral de jefes de gangs, de padrinos. Para unos y otros, el lujo es antes de todo la expresión de su vanidad y traiciona su total falta de cultura, porque es difícil de encontrar el tiempo para afinar su gusto cuando se está requerido por las necesidades del bajo comercio (ya se trate de vender yogur o excrementos). La nulidad de gran parte del arte contemporáneo viene de la nulidad de los mecenas. Por otra parte, las buenas maneras y el escrúpulo del honor no van más de la mano con la fortuna. Esta tiene siempre menos posibilidad de desarrollarse en una base espiritual suficiente, Ahora, en un mal terreno, la fortuna no hace más que engrosar la suciedad.

No se trata, por lo tanto, de olvidar que el lujo verdadero es la prueba sensible de la alta dignidad del hombre. No es el oro el que compensa la miseria interior, pero el oro hace notorio la riqueza que el hombre lleva en sí. Por esto, la pompa es una necesidad social, Los medievales lo comprendieron, cuando los mendigos podían contemplar, como todas las personas, los vitrales de las catedrales. Hay un esplendor en el hombre, hay una grandeza y una munificencia, hay una orgía de colores y de oro; comprendida aquella que se disimula bajo los harapos, y esta riqueza debe ser defendida.

Georges Mathieu, el gran pintor del abstracto lírico que nos dejó en el 2012, defendió toda su vida una tal visión. Virtuoso y pródigo, el practicó la pintura como el lujo más urgente para ofrecer, y transformó, entre otras cosas, las antiguas monedas de 10 francos en talismanes futuristas. Su arte reveló la dinámica de la Belleza, un aparente derroche de energía, una saturación de signos que no tienen fin sino en ellos mismos, pero que manifiestan con fuerza la riqueza encerrada en los seres y en las cosas. Una riqueza no utilitaria, un esplendor puro, un lujo arrogante parecido a la pompa ortodoxa o católica que hace siempre temblar los beatos y los espíritus espesos.
En el fondo, las clases más “ricas” no son decentes sino en la medida en que ellas están unidas a esta riqueza (interior). Sin ella, el hombre no merece ni siquiera de ser alimentado. Esta riqueza pertenece a todos.

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