Felices contra el modelo

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 Escribe Axel Buchheister: “La Concertación ha jugado siempre un doble juego: por una parte, aplicó el modelo y nunca trató de modificarlo realmente, porque fue la base del éxito mientras gobernó”.

Ideas y debates 30/08/2012

Un reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo concluye que los chilenos (77%) se declaran individualmente felices, pero disconformes con la sociedad en que viven, ya que un 59% opina que ésta no respeta la dignidad de las personas.

Es decir, somos felices pero también estamos en contra del “modelo”, que ordena —cual camisa de fuerza— las relaciones en la sociedad. Una paradoja, porque es difícil entender cómo se puede ser ampliamente feliz en lo personal viviendo en una sociedad que nada menos que no respeta la dignidad de las personas.

No sólo eso: si el modelo se ha venido aplicando desde hace unos 35 años, no puede sino concluirse que todo lo que hoy hace felices a los chilenos es fruto de él. Por lo demás, el grado de felicidad que tenemos difícilmente lo podríamos haber logrado de haber aplicado otro, si comprobamos cuánto nos hemos alejado de las sociedades que no lo aplican o no lo han adoptado con igual coherencia. Tanto, que somos la envidia de muchos en el barrio, y cuando uno conversa con extranjeros, no logran entender de qué nos quejamos.

Entonces, ¿qué explica la dicotomía? La respuesta está en que el ambiente político se ha dedicado en las últimas dos décadas, por acción u omisión, a demoler la sustentación del modelo, al tiempo que lo usa. Una especie de esquizofrenia: como sirve se aplica, no obstante que no es justo; que si ha producido bienes, induce a un mal reparto; que aunque todos están mejor, hay mucha desigualdad. Ha estado vigente, pero bajo sistemático cuestionamiento. Y eso afecta la cultura, lo que se piensa y se cree, a pesar de que los logros han sido tangibles para todos, disociando la sensación de felicidad del sistema que ha contribuido sustancialmente a producirla.

La Concertación ha jugado siempre un doble juego: por una parte, aplicó el modelo y nunca trató de modificarlo realmente, porque fue la base del éxito mientras gobernó, pero, por otra, en el discurso, siempre se dio el lujo de hablar de transformarlo, con la conciencia de que estarían los votos de la derecha para impedirlo y, de paso, cargarle los costos de no hacerlo. Esta última, escondiendo sus propias ideas —porque es “su” modelo—, se niega a defenderlo públicamente, pero ha votado para salvarlo, pagando así todos los costos y sin obtener el beneficio de hacerlo.

Ahora que la Concertación perdió el poder, ganan espacio los grupos más radicales que quieren borrar de verdad el modelo. La forma de zafar sin costo de sus políticos supuestamente más sensatos es echar mano a la vieja táctica: proclaman que ha llegado la hora de una asamblea constituyente, pasaporte seguro al desorden y el asambleísmo, sabiendo que para tal cosa se requiere de una reforma constitucional y que —derecha mediante— no están los votos. Es jugar con fuego, porque un día pueden estar: para qué seguir pagando costos.

Pero el modelo se niega a morir, probablemente por la sensatez instintiva de la gente, que dice querer que todo cambie, según el discurso ambiente, pero —claro— sin perder lo que tiene, lo que provoca una suerte de inmovilismo de facto. La incógnita es qué será más fuerte a la larga: la sensatez básica o el discurso prevaleciente.

Axel Buchheister
Abogado

La Tercera 26 08 2012

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