Un principio que la modernidad abolió

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Un  principio que la modernidad abolió

Plinio Correa de Oliveira

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Esta primera fotografía de la década de los años sesenta nos muestra una sala común y corriente que bien podría servir para prestar primeros auxilios, como para la administración de una cooperativa, o…  para dictar una clase a un grupo escolar.

 

Por la presencia de pupitres aptos para tomar apuntes y notas, por la disposición de los muebles y por el hecho de notarse que algunas de las personas de la primera fila tienen a mano libros y cuadernos, se percibe que lo que nos está mostrando es una sala de clases. Pero en el momento en que la foto fue tomada uno se podría preguntar si se trata de una clase que está siendo dictada, o si el hombre en mangas de camisa con un pie sobre una silla es un alumno que aprovechó un intervalo para decir algún chiste. La segunda hipótesis parece la más probable, pues la actitud medio cómica y vulgar del personaje, y las caras de contenida hilaridad de los que lo oyen, podrían llevarnos a esta conclusión.

 

 

imagen1706Digamos sin embargo que se trata de una clase. ¿Clase? ¿De qué? ¿Para un curso de adultos de nivel secundario? ¿Una auto-escuela?  o ¿Se trata de un curso universitario donde el profesor guía a sus alumnos a los más altos parajes del análisis y del pensamiento?

 

Es bien difícil responder con precisión si intentamos basarnos en la foto. Puede ser cualquier tipo de clase o también algo muy diferente. Lo que sí podemos resaltar al analizar ese ambiente inexpresivo y sin ningún significado específico, es que -si se trata de un profesor dictando clase- el mencionado ambiente en nada ayuda a la mentalidad de los que allí escuchan para realizar con toda riqueza de alma el trabajo específico de pensamiento y análisis al que supuestamente están siendo convidados por el hombre en mangas de camisa, lo que es enteramente contrario a las naturales solicitudes del espíritu humano, y por lo tanto es inhumano.

 

Observaciones no muy distintas se podrían hacer respecto a la segunda foto. Los personajes parecen un poco más jóvenes aunque no se percibe mucha hilaridad en la sala. El personaje que está hablando no se ve muy cómico. La sala y los muebles podrían corresponder a un promedio un poco más elevado. Pero una pequeña nota de algo indefinido flota sobre el ambiente. ¿Se trata acaso de un curso de vacaciones en algún hotel de playa? ¿Un sermón de alguna secta protestante en una sala moderna? El mueble sobre el que está medio relajadamente apoyado el conferencista se parece a un atril. Sin embargo nada se opondría a hacernos pensar que en esta sala se está dando una charla sobre ajedrez o bridge.

 

En las dos fotos se nota lo mismo: total carencia de relación específica y definida entre la naturaleza de lo  que allí se piensa y realiza, con la sala, los muebles y la vestimenta de los que allí se encuentran reunidos.

 

Las dos fotos muestran unas clases -con profesor y alumnos- tanto en la Universidad Estatal de Waine como en el Springfield College, en los Estados Unidos.

 

imagen17061El principio subyacente al error psicológico que hace estas salas de clase simplemente inhumanas, es el igualitarismo. Y decimos “inhumanas” no porque ellas tengan cualquier cosa opuesta a las conveniencias del cuerpo humano sino porque, destinadas a ayudar a desarrollar actividades del espíritu, le niegan a él cualquier tipo de apoyo, aliento e inspiración para un trabajo tan lleno de sutilezas e imponderables como el que deben realizar el intelecto y la sensibilidad humanas. Y con negarle esto al alma humana, se complace el igualitarismo, adversario irreductible de la jerarquización y las diferenciaciones claras entre espíritu y materia, entre actividad intelectual y actividad manual. Sí, el igualitarismo que, odiando las desigualdades más justas y armónicas se opone a todo cuanto es peculiar, característico, orgánico. El igualitarismo que ansía un mundo trivial, monótono, sin nada de típico y expresivo; un mundo en el que se licuen y desaparezcan todos los matices de clase, de función, de lugar e incluso de edad.

 

La sabiduría de todas las generaciones que precedieron el surgimiento de este espantoso error preconizaron todo lo contrario. Veamos.

 

Nuestra tercera foto nos presenta un antiguo grabado de una sala de clases de la Universidad de París en la Edad Media. Los alumnos desarrollan una discusión escolástica bajo la dirección de su maestro. Toda la seriedad y la nobleza de una actividad  intelectual se encuentran ahí muy bien representadas con admirable riqueza de expresión. Todo ahí ayuda tanto al maestro como a los alumnos a concentrarse y compenetrarse de una elevada misión que es la de llevar el pensamiento a altas y nobles cumbres de contemplación. La luz entra al recinto suficientemente pero los vitrales aíslan el ambiente de las distracciones del mundo exterior. Los alumnos colocados frente a frente tienen mucha facilidad para discutir un tema y opinar. Los pupitres o muebles de estudio y trabajo intelectual que utilizan tienen toda la dignidad y la solemnidad de unas cátedras de Cabildo. El traje característico de la Universidad les facilita asumir una actitud interior digna y compenetrada. La nobleza del oficio de enseñar está espléndidamente expresada en la silla-cátedra donde se sienta el profesor que parece un pequeño trono. Los bedeles o ayudantes de la clase que están al servicio del maestro y los alumnos, ayudan a mantener la disciplina. Sus trajes y actitudes hacen de ellos no unos vigilantes sino auténticos funcionarios casi tan solemnes como si fueran unos magistrados. En sus bastones de autoridad generalmente ellos colocaban reliquias de santos. La sacralidad del ambiente está fuertemente presente en todo el lugar. En el atril donde se encuentra el libro que el maestro está consultando hay unas figuras que representan una escena religiosa que parece ser la Anunciación. La enseñanza y la disciplina se elevan a lo que hay de más estimulante en las actividades intelectuales, esto es, la Fe. A este título este salón contrasta con el ambiente glacialmente laico de los dos salones de clase de las otras dos fotografías que hemos analizado.

 

El salón de clases medieval de la Universidad de Paris contrasta con sus congéneres modernos estadounidenses porque está construido y decorado con base en un principio enteramente católico: el ambiente de un local debe coincidir con la finalidad, atendiendo así lo que pide el espíritu humano en cada actividad. Es este un noble principio de las sociedades orgánicas, armónicamente jerarquizadas y sacrales que el espíritu revolucionario del modernismo de hoy repudia cada vez más con odio y radicalidad. 

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Ambientes Costumbres y Civilizaciones. O Catolicismo, Nos. 198/199 – Junio/Julio de 1.967

 

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