PADRONIZACION E IMITACION

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Nuestros lectores reconocerán de inmediato, en los clichés que publicamos hoy, el traje típico de la mucama bahiana y la indumentaria, también típica, de un elegante de bar (*) en los días que corren: dos trajes populares entre los cuales se puede establecer una comparación.

En el traje de la bahiana, nacido de las exigencias de la vida cotidiana, se reflejan admirablemente la índole, las dotes, la clase de encanto propio de una raza, así como las características de cierto lugar y de cierta época.

En varias de nuestras ciudades, se generalizó un tipo de elegante de taberna suburbano, con una indumentaria que, en sus líneas generales, es la de nuestros días, pero con ciertos pormenores peculiares: pantalón largo que se estrecha en el tobillo; cintura del pantalón casi a la altura del corazón; gran saco excesivamente largo, sombrero de copa baja y alas anchas.
Si el elegante es blanco, usa el famoso peinado “cola de pato”. Si es negro, se hizo planchar el pelo en un “peluquero”.
La mucama es lo que es: con toda razón se siente digna y feliz. Nuestro elegante, negro o blanco, trata de aparentar un dinero y una situación que no tiene. El traje de la mucama es la moldura de una personalidad. El traje del elegante es la moldura de una personalidad que no tiene.
Es que el traje de la mucama nació de una época en que la moda no era un padrón para todos, en que cada uno se sentía bien como estaba.
Y nuestro pobre “elegante”, rubio, moreno o negro, es hijo de una época en que la moda se estandarizó, y los trajes ya no tienen relación alguna con los individuos. De una época en que nadie vive satisfecho con lo que es, y por eso vive de imitar. ¿Cuál es la razón de lo ridículo de nuestro elegante? En último análisis, en estado agudo, el ridículo inherente a toda imitación.

Colección Ambientes, Costumbres, Civilizaciones del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira – Transcripto de “Catolicismo” nº 15 , marzo de 1952.

 

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