No se debe dar a los perros el pan destinado a los hijos

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05a¿Qué decir de esa “facies”? Piel horriblemente gruesa y rugosa, boca vulgar y desmesuradamente rasgada, hocico chato y casi sin naríz, pelos escasos, sin belleza, formando un remedo de barba al mismo tiempo hirsuta y pobre. Y… en medio de toda esta disformidad, una cierta semejanza que hace pensar en el hombre. Semejanza terriblemente acentuada por los ojos. ¡Y qué ojos! En ciertos momentos parecen pensativos y llenos de melancólica expresión. En otros momentos se nos figuran vacíos, anodinos y sin ninguna significación.

Así es el reino animal. Dios puso en él especies admirables en las que el hombre viese la sabiduría, la gracia y la bondad de quien las creó, pero al mismo tiempo dejó ver de forma patente toda la rudeza de la naturaleza irracional en seres como éste. Contemplando a unos nos elevamos hacia Dios. Observando a otros, sentimos, por el contraste, nuestra dignidad natural, comprendemos perfectamente la jerarquía que el Señor puso en el Universo, y amando nuestra propia superioridad y la santa desigualdad de la creación, nos elevamos también hasta El.

Quizá nunca sintamos tan vivamente el abismo que nos separa del mundo animal como cuando contemplamos precisamente aquellas especies que más se parecen a nosotros.

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Los animales puestos por Dios para convivir con el hombre son precisamente aquellos en los que la rudeza natural está velada por apariencias hermosas e incluso espléndidas. Por ejemplo, los pájaros, con sus brillantes plumas y melodiosos cantos; los gatos, con sus actitudes elegantes y sedosos pelos; los perros su compañía, veló con esas apariencias magníficas la rudeza natural propia de todo ser no espiritual. Y así, en el reino animal, estos seres son para el hombre lo que las flores en el vegetal. En el reino vegetal las flores parecen hechas para nuestro hogar.

Según las reglas de la buena tradición, hay modos ordenados para que el hombre aprecie las flores hermosas o conviva con los animales bonitos, sin tener por qué pasarse de la justa medida, dedicando a esos seres un afecto o concediendoles una intimidad que solo se debe dar a las criaturas humanas.

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Los animales pueden, por tanto, tener un lugar en una sensibilidad cristiana bien formada, pero con límites.

05bAsí como hay plantas que sirven de adorno para la vida del hombre y otras de una tosquedad incompatible con tal fin, así también ocurre con de noble porte e imponente catadura, o los peces que reflejan brillos preciosos en la placidez de sus acuarios. Todos ellos son, en resumen, factores de belleza distracción y reposo en nuestra existencia diaria. Dios respeta la nobleza del hombre y por eso, en los animales destinados para los animales. Una dama no se rebaja al mirar una flor, apreciar su perfume y tomarla como adorno. Pero …¿ y si hiciese lo mismo con una coliflor ?

Por esta razón, el hombre, al cual le es tan beneficiosa la convivencia con el perro, no fue hecho para besar sus hocicos como quien besa a su esposa o su hija, ni tampoco para intimidades con monos, ratas, jabalíes o jirafas. La inferioridad de la naturaleza animal, patente en estos seres, es incompatible con tales actitudes.

05cY el hombre se degrada cuando ahoga en sí la natural repugnancia que causa la intimidad con esas criaturas, en las cuales la rudeza animal no fue velada por ninguna apariencia. Ahogando esta repugnancia, el hombre abotarga el sentimiento de su propia superioridad y, por así decirlo, acepta y asume en sí lo que en el animal hay de inferior.

Actitud de espíritu frecuente en una época como la nuestra, en la cual todos los igualitarismos, incluso los más degradantes, encuentran un clima de comprensión.

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No se debe dar a los perros el pan destinado a los hijos (Marc 7, 27), advierte Nuestro Señor, ni tirar perlas a los cerdos (Mat 7, 6).

Es lo que hace quien, llevado por un estúpido sentimentalismo de fondo igualitario, concede a los animales cariños e intimidades que el orden de la Providencia reservó para las relaciones entre los seres humanos.

Catolicismo Nº 81 – Septiembre de 1957 (www.catolicismo.com.br)

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